El nombre del mundo es bosque / Capítulo 8 / Ciencia ficción dura vs Ciencia ficción blanda



 Hola Club, para culminar esta obra de Le Guin (su lectura me costó casi tanto como terminar estos posteos, pero intento ser una persona ordenada) les traigo un debate que desconocía antes de leer a Úrsula.

La idea de que existe una ciencia ficción dura y en contraposición una "blanda", aunque eso no suene nada bien. También he leído la traducción "suave". Úrsula sería exponente de la segunda. 

De wikipedia extraigo esta definición y ejemplos. Los asteriscos los agregué yo.


Durante la edad de oro*, la ciencia ficción tuvo un carácter claramente divulgativo, al menos entre los escritores serios** como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke***. Entre estos autores surgió una rama del género en el que la ciencia y la tecnología eran tratados con absoluto rigor: esto es lo que se llamó ciencia ficción dura (en concreto, Clarke fue uno de los máximos exponentes de este subgénero).

Hubo, sin embargo, otros autores cuyas obras, pese a ser consideradas ciencia ficción, admitían muchas licencias en cuanto al rigor científico (Ray Bradbury y sus Crónicas marcianas serían un magnífico ejemplo). No hablamos exactamente de ópera espacial (aunque esta se tomó notables licencias en cuanto a la plausibilidad de sus «explicaciones científicas»), sino más bien de obras con un carácter literario o poético mucho más elaborado.

La nueva ola trajo consigo escritores como Ursula K. LeGuin y Philip K. Dick****, cuya ciencia ficción se alejaba definitivamente de los estándares de la ciencia ficción dura, buscando una mayor calidad literaria y, sobre todo, especular acerca del hombre mismo, abandonando toda intención divulgativa (al menos desde el punto de vista de las ciencias puras).

Este segundo tipo de ciencia ficción es el que se denomina ciencia ficción suave.


*Nótese que relaciona edad de oro con rigor científico en las novelas sci fi.

**Escritores "serios" ¿en contraposición a qué? ¿poco serios?

*** Hoy en la videollamada del club se nombró bastante a Clarke.

**** Tenemos pendiente incluir a Dick en nuestras votaciones.


Bueno, hasta ahí lo que he podido agregar o pensar en cuanto a esa definición. ¿Hemos leído más ciencia ficción dura o blanda en el Club? ¿Las distopías entran en esa clasificación?

Me quedo pensando en cuántas clasificaciones caben a nuestras lecturas y qué nos guía exactamente a la hora de elegir libros.

Les dejo por aquí el final de Úrsula.

En la videollamada dijimos que terminaba bien, pero no era un final feliz. Y hablamos mucho sobre finales felices. Buenísimo encuentro. Lxs quiero.


Flor.-

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Capítulo 8


Selver no había visto a Lyubov durante mucho tiempo. El sueño lo
había acompañado hasta Rieshwel. Había estado con Lyubov
cuando le habló a Davidson por última vez, y luego Lyubov había
desaparecido, quizá durmiera ahora en la tumba de Eshsen, porque
nunca se le apareció en el pueblo de Brotor donde Selver vivía ahora.
Pero cuando la nave grande regresó, y Selver fue a Eshsen, Lyubov
se reunió allí con él. Una figura silenciosa y tenue, muy triste, que otra
vez despertó en Selver aquella pena devoradora.
Lyubov lo acompañaba, una sombra en la mente, hasta cuando se
reunía con los yumenos de la nave. Estos eran poderosos, muy
diferentes de todos los yumenos que Selver había conocido, excepto
Lyubov, pero mucho más fuertes que él.
Ya no dominaba el yumeno como antes, y al principio dejó que
hablaran ellos. Cuando supo con certeza qué clase de personas eran,
empujó la pesada caja que había traído desde Brotor.
—Aquí adentro está la obra de Lyubov —dijo, buscando a tientas
las palabras—. Él sabía más de nosotros que todos los demás. Él
aprendió mi lengua y la Lengua de los Hombres; lo anotamos todo. Él
comprendía algo de cómo vivimos y cómo soñamos. Los otros no. Les
daré a ustedes la obra, si la llevan al lugar que Lyubov deseaba.
El alto, el de la tez muy blanca, Lepennon, parecía feliz, y le dio las
gracias a Selver, diciéndole que los trabajos serían llevados adonde
Selver deseaba, y serían altamente apreciados. Esto complació a Selver.
Pero había sido doloroso para él pronunciar en voz alta el nombre
de su amigo; en el rostro de Lyubov había una tristeza amarga cada vez
que Selver se volvía a él dentro de su mente. Se apartó un poco de los
yumenos y les observó. Dongh y Gosse y otros de Eshsen se habían
reunido allí junto con los cinco de la nave. Los nuevos estaban limpios
y pulidos como hierro nuevo. A los viejos les habían crecido pelos en
las caras, y ahora parecían unos athshianos gigantescos, de pelambrera
negra.
Todavía llevaban ropas, pero estaban viejas y poco limpias. No
habían adelgazado, excepto el Viejo, que seguía enfermo desde la Noche
de Eshsen; pero todos daban la impresión de ser hombres extraviados o
locos.
Este encuentro ocurrió en el límite del bosque, en la zona donde,
por un acuerdo tácito, ni la gente del bosque ni los yumenos habían
levantado viviendas ni acampado en los últimos años. Selver y sus
acompañantes se instalaron a la sombra de un gran fresno que crecía un
poco apartado de la orilla del bosque. Las bayas del fresno eran aún
pequeños nudos verdes contra las ramas, las hojas largas y suaves,
labiadas, de color verde estío.
Debajo del árbol la luz era débil, mezclada con sombras.
Los yumenos se consultaban e iban y venían, y por último uno de
ellos fue hasta el fresno. Era el hombre duro de la nave, el comandante.
Se sentó en cuclillas cerca de Selver, sin pedir permiso, pero sin ninguna
visible intención de rudeza. Dijo:
—¿Podemos conversar un poco?
—Naturalmente.
—Ya sabe que nos llevaremos de aquí a todos los terráqueos.
Hemos traído con nosotros una segunda nave para poder
transportarlos. Este mundo nunca más será una colonia.
—Ese fue el mensaje que escuché en Brotor hace tres días, cuando
ustedes llegaron.
—Quería estar seguro de que usted lo entendía. La decisión es
terminante. No volveremos. Este mundo ha sido declarado proscrito
por la Liga. Eso significa para ustedes lo siguiente: puedo prometerles
que nadie vendrá aquí a cortar los árboles o a ocupar las tierras,
mientras subsista la Liga.
—Ninguno de ustedes volverá jamás —dijo Selver, afirmación o
pregunta.
—No por cinco generaciones. Nadie. Luego quizá algunos pocos
hombres, diez o veinte, no más de veinte, podrían venir a dialogar con
ustedes, a estudiar este mundo, como lo hicieron aquí algunos de los
hombres.
—Los científicos, los especialistas —dijo Selver. Meditó un
momento—. Ustedes deciden las cosas todos a la vez —dijo,
nuevamente entre afirmación y pregunta.
—¿Qué quiere decir?
El comandante parecía receloso.
—Bueno, usted dice que ninguno de ustedes cortará los árboles de
Athshe: y todos dejan de hacerlo. Y sin embargo ustedes viven en
muchos sitios. Aquí, si una matriarca diera una orden en Karach, ni aun
los habitantes de la aldea más próxima la obedecerían en seguida, y
nunca todos los habitantes del mundo al mismo tiempo…
—No, porque ustedes no tienen gobierno central. Pero nosotros lo
tenemos, ahora, y le aseguro que las órdenes son obedecidas. Por todos
nosotros al mismo tiempo. Aunque en verdad, tengo entendido, por lo
que me han contado los colonos, que cuando usted, Selver, dio una
orden, fue obedecida por todo el mundo en todas las islas a la vez.
»¿Cómo lo consiguió?
—En aquel entonces yo era un dios —dijo Selver, inexpresivo.
El comandante se retiró y el hombre alto y blanco se fue acercando
poco a poco y le preguntó si podía sentarse a la sombra del árbol. Tenía
tacto, este, y era sumamente inteligente. Selver se sentía intranquilo con
él. Como Lyubov, este hombre era afable; comprendía, pero era
también absolutamente incomprensible. Pues hasta el más bondadoso
de ellos era tan inaccesible como el más cruel. Por eso mismo la
presencia de Lyubov en su mente seguía siendo dolorosa, y en cambio
los sueños en los que veía y tocaba a su mujer muerta, Thele, eran
hermosos y serenos.
—Cuando estuve aquí antes —dijo Lepennon— conocí a ese
hombre, Raj Lyubov. Tuve muy pocas oportunidades de hablar con él
pero recuerdo lo que dijo; y he tenido tiempo de leer algunos de sus
estudios sobre el pueblo de usted. La obra de Lyubov, como usted dice.
A esa obra se debe principalmente que Athshe ya no sea Colonia
Terráquea. Esa libertad se había convertido en la meta de la vida de
Lyubov, creo yo. Usted, como amigo de él, verá que la muerte no le
impidió alcanzar esa meta, finalizar el viaje.
Selver estaba inmóvil. La inquietud se le transformaba en miedo.
Este hombre hablaba como un Gran Soñador.
No respondió.
—Querrá usted decirme una cosa, Selver. Si la pregunta no lo
ofende. No habrá más preguntas después… Hubo varias matanzas: en
Campamento Smith, luego en este sitio, Eshsen, y por último la de
Campamento Nueva Java donde Davidson encabezó al grupo rebelde.
Eso fue todo. Ninguna más desde entonces… ¿Es esa la verdad? ¿No ha
habido más matanzas?
—Yo no maté a Davidson.
—Eso no importa —dijo Lepennon, interpretando mal las palabras
de Selver.
Selver quería decir que Davidson no estaba muerto; pero Lepennon
entendió que era otro quien había matado a Davidson. Aliviado al
comprobar que los yumenos podían equivocarse, Selver no le corrigió.
—¿No ha habido más matanzas, entonces?
—Ninguna. Ellos podrán confirmárselo —dijo Selver, señalando
con un gesto al coronel y a Gosse.
—Entre su propia gente, quiero decir. Athshianos que hayan
matado a athshianos.
Selver guardó silencio.
Alzó los ojos a Lepennon, un rostro extraño, blanco como la
máscara del Espíritu del Fresno, que cambió de algún modo mientras
Selver lo miraba.
—A veces llega un dios —dijo Selver—. Trae una nueva forma de
hacer una cosa, o una cosa nueva para hacer. Una nueva clase de canto,
o una nueva clase de muerte. Lo trae a través del puente entre el
tiempo-sueño y el tiempo-mundo. Y una vez que lo ha hecho, hecho
está.
»Uno no puede tomar cosas del mundo y tratar de llevarlas al sueño,
encerrarlas en el sueño con muros y engaños. Eso es demencia. No
pretenderé, ahora, que nosotros no sabemos cómo matarnos unos a
otros.
Lepennon apoyó la larga mano en la mano de Selver, tan
rápidamente, tan delicadamente que Selver aceptó el contacto como si el
otro no fuera un extraño. Las sombras verdes y doradas de las hojas del
fresno revolotearon sobre ellos.
—Pero no digan que tienen razones para matarse unos a otros. No
hay ninguna razón para el asesinato —dijo Lepennon, el rostro tan
ansioso y triste como el de Lyubov—. Nosotros partiremos. Dentro de
dos días nos habremos marchado. Todos. Para siempre. Y entonces los
bosques de Athshe volverán a ser lo que eran antes.
Lyubov salió de las sombras de la mente de Selver y dijo:
—Yo estaré aquí.
—Lyubov estará aquí —dijo Selver—. Y Davidson estará aquí. Los
dos. Después que yo muera, tal vez la gente vuelva a ser como antes de
que yo naciese, y antes de que viniesen ustedes. Pero yo no lo creo.



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