El nombre del mundo es bosque / Capítulo 5 / Sonidos del bosque
Hola Club.
Sigo pensando en propuestas forestales, porque somos esto: un montón de intereses que se han cruzado en un club de lectura y hay casi una certeza de que en más de una cosa estamos de acuerdo.
Mientras tanto, paso a dejarles el capítulo 5 de la querida Le Guin y un obsequio. ¿Les gustan los sonidos del bosque? A mí los sonidos de fuentes de agua y pajaritos me ponen un poco nerviosa, sobre todo cuando intuyo que los crearon por computadora. Pero encuentro éste bastante tranquilo.
Espero les guste. Después me cuentan.
Debajo adjunto el capítulo de la novela. Como habrán notado, los capítulos están escritos desde el punto de vista de distintos personajes. ¿Cómo les cayó Davidson? En el capítulo anterior estuvimos dentro de su monólogo interno. ¿Alguien a favor de este personaje? Lxs leo jaj.
Un abrazo,
--
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Mientras volaba desde la aldea al lado de la colina Pase Central,
Lyubov intentaba saber por qué se había inquietado, analizaba
por qué se le habían crispado los nervios. Porque, en definitiva, uno no
se aterroriza cuando se encuentra por casualidad con un buen amigo.
No le había sido fácil conseguir que la matriarca le invitase. Tuntar
había sido su principal lugar de estudio durante el verano; había tenido
allí excelentes informadores y estaba en buenas relaciones con el
Albergue y con la matriarca, que le había permitido observar y
participar libremente en las actividades de la comunidad. Obtener de
ella una auténtica invitación, por mediación de algunos de los antiguos
sirvientes que aún permanecían en el área, le había llevado mucho
tiempo, pero al fin se la había concedido, brindándole, de acuerdo con
las nuevas instrucciones, una genuina «ocasión propuesta por los
athshianos». Él mismo, más que el coronel, había insistido en este
detalle. A Dongh le interesaba el encuentro. Estaba preocupado por la
«amenaza creechi». Le pidió a Lyubov que los observase, que «viera
cómo reaccionan ahora que ya no los molestamos». Esperaba noticias
tranquilizadoras. Lyubov no sabía si el informe que traía tranquilizaría
o no al coronel Dongh.
En las cepas del desmonte, en quince kilómetros alrededor de
Centralville, se había cumplido el ciclo completo de descomposición, y
el bosque era ahora un extenso y melancólico llano de fibrillas, grises y
ensortijadas en la lluvia. Bajo esa hojarasca hirsuta crecían en las matas
los primeros renuevos, los zumaques, los álamos temblones enanos y
las salviformes que al crecer protegerían a su vez los embriones de los
árboles. Si se la dejaba en paz, esa región, con ese clima lluvioso y
uniforme, volvería a poblarse de árboles en menos de treinta años, y
dentro de cien el bosque alcanzaría de nuevo la madurez.
Súbitamente reapareció el bosque, en el espacio no en el tiempo:
bajo el helicóptero el verde infinitamente variado de las hojas tapizaba
las suaves elevaciones y los profundos repliegues de las colinas de
Sornol septentrional.
Como les sucede en Terra a la mayoría de los terráqueos, Lyubov
nunca había caminado entre árboles silvestres, no había visto jamás un
bosque más grande que una manzana urbana. Al principio en Athshe se
había sentido oprimido y angustiado en el bosque, ahogado por la
infinita multitud e incoherencia de troncos, ramas, hojas en la perpetua
penumbra verdosa o pardusca. La compacta maraña de varias vidas
competitivas pujando y expandiéndose hacia arriba y afuera, en busca
de la luz, el silencio nacido de una multitud de susurros sin sentido, la
indiferencia total, vegetativa a la presencia del pensamiento, todo eso lo
había perturbado, y como los demás, no se había alejado de los claros y
de la playa. Pero poco a poco había empezado a gustarle. Gosse le
tomaba el pelo, llamándolo señor Gibón; en realidad, Lyubov se parecía
bastante a un gibón, la cabeza redonda, la cara morena, los largos
brazos y el pelo prematuramente encanecido; pero el gibón era una
especie extinguida. A gusto o a disgusto, como experto que era, tenía
que internarse en los bosques en busca de los esvis; y ahora, al cabo de
cuatro años, se sentía perfectamente cómodo bajo los árboles, quizá
más que en cualquier otro lugar.
También había aprendido a gustar de los nombres que los
athshianos daban a sus territorios y poblados: sonoras palabras
bisilábicas: Sornol, Tuntar, Eshreth, Eshsen —que ahora era Centralville
—, Endtor, Abtan y sobre todo Athshe, que significaba el Bosque, y el
Mundo. De modo que tierra, terra, tellus significaba a la vez el suelo y
el planeta, dos significados y uno. Pero para los athshianos el suelo, la
tierra, no era el lugar adonde vuelven los muertos y el elemento del que
viven los vivos: la sustancia del mundo no era la tierra sino el bosque. El
hombre terráqueo era arcilla, polvo rojo. El hombre athshiano era rama
y raíz. Ellos no esculpían imágenes de sí mismos en la piedra; solo
tallaban la madera…
Posó el helicóptero en un pequeño claro al norte del poblado, y fue
caminando hasta más allá del Albergue de Mujeres. Los olores
penetrantes de un caserío athshiano flotaban en el aire: humo de
madera, pescado, hierbas aromáticas, sudor extraño. La atmósfera de
una casa subterránea, si un terráqueo hubiera podido de algún modo
acomodarse en ella, era una rara mezcla de CO2 y olores desagradables.
Lyubov había pasado muchas horas intelectualmente estimulantes
doblado en dos y sofocado en la nauseabunda penumbra del Albergue
de Hombres en Tuntar. Pero no le parecía que esta vez fueran a
invitarlo.
Naturalmente los pobladores estaban enterados de la masacre de
Campamento Smith, seis semanas atrás. Tenían que haberse enterado
pronto, pues las noticias corrían rápidamente entre las islas, si bien no
tan rápidamente como para constituir un «misterioso poder telepático»,
como les gustaba creer a los leñadores. La gente del poblado también
sabía que después de la masacre de Campamento Smith, mil doscientos
esclavos habían sido liberados en Centralville, y Lyubov estaba de
acuerdo con el coronel en que los nativos podrían interpretar el
segundo acontecimiento como consecuencia del primero. Eso crearía lo
que el coronel llamaba «una impresión falsa», pero probablemente no
tendría mucha importancia. Lo importante era que los esclavos habían
sido liberados.
Los daños ya causados eran irremediables, pero al menos no se
volverían a cometer.
Ahora podían comenzar de nuevo: los nativos sin esa dolorosa
pregunta sin respuesta de por qué los «yumenos» trataban a los
hombres como animales; y él sin el peso abrumador de la explicación y
el mordisco de la culpa irremediable.
Sabiendo cuánto valoraban el candor y la franqueza al tratar temas
escabrosos o alarmantes, esperaba que la gente de Tuntar le hablaría de
esas cosas en tono de triunfo, o de disculpa, o de regocijo, o de
desconcierto. Nadie lo hizo. Nadie le dirigió una sola palabra.
Había llegado a última hora de la tarde, que era como llegar a una
ciudad terráquea justo después del amanecer. En realidad los athshianos
dormían —los colonos, como solía suceder, habían pasado por alto la
evidencia—, pero en ellos el bajón fisiológico se producía entre el
mediodía y las cuatro de la tarde, en tanto que entre los terráqueos
ocurre normalmente entre las dos y las cinco de la madrugada; y tenían
un doble ciclo de alta temperatura y alta actividad, que culminaba en los
dos crepúsculos, el matutino y el vespertino. La mayoría de los adultos
dormía cinco o seis horas de las veinticuatro del día, en varias siestas
breves; y los adeptos dormían apenas dos horas de las veinticuatro; de
modo que si se descontaban como «holgazanería» las siestas y los
estados de ensoñación, se podía decir que no dormían nunca. Era
mucho más sencillo decirlo que comprenderlo. A esa hora, en Tuntar,
todos empezaban a activarse nuevamente después del reposo
vespertino.
Lyubov reparó en la presencia de muchos forasteros. Todos le
miraban, pero ninguno se acercó a hablarle; eran meras presencias que
pasaban de largo por otros senderos en la penumbra del robledal. Al
fin, una conocida, Sherrar, la prima de la matriarca, una anciana de poca
importancia y escaso entendimiento, se cruzó en su camino. Le saludó
cortésmente, pero no respondió sus preguntas sobre el paradero de la
matriarca y sus dos mejores informadores, Egath el Hortelano y Tubab
el Soñador. Oh, la matriarca estaba muy ocupada, y quién era Egath, no
decir Geban, y Tubab podía estar por aquí o por allá, o no. No dejaba a
Lyubov ni a sol ni a sombra, y nadie más se acercó a hablarle.
Acompañado por la coja, quejosa y diminuta viejecita verde,
Lyubov se encaminó a través de los bosques y los claros de Tuntar al
Albergue de Hombres.
—Allí están ocupados —le dijo Sherrar.
—¿Soñando?
—¿Qué puedo saber yo? Ven conmigo, Lyubov, ven a ver… —Sabía
que él siempre quería ver cosas, pero no se le ocurría qué podía
mostrarle para alejarlo—. Ven a ver las redes de pescadores —dijo
débilmente.
Una muchacha, una de las Jóvenes Cazadoras, lo miró al pasar: una
mirada sombría, cargada de una animosidad como nunca había visto en
un athshiano, excepto quizá en una niña pequeñita, asustada por la
estatura y la cara lampiña de Lyubov. Pero esta muchacha no estaba
asustada.
—Está bien —le dijo a Sherrar, comprendiendo que la única actitud
posible era la docilidad.
Si en verdad los athshianos habían desarrollado, al fin y
bruscamente, el sentido de enemistad de grupo, él tenía que aceptarlo, y
demostrarles simplemente que él seguía siendo un amigo leal e
invariable.
Pero ¿cómo, después de tanto tiempo, podían haber cambiado tan
rápidamente de manera de sentir y pensar? Y, ¿por qué? En
Campamento Smith la provocación había sido inmediata e intolerable:
la crueldad de Davidson hubiera incitado a cualquiera a la violencia.
Pero este pueblo, Tuntar, no había sido atacado por los terrestres, allí no
se reclutaron esclavos, ni se talaron o quemaron los bosques. Él,
Lyubov en persona, había estado allí —el antropólogo no siempre
puede dejar su sombra fuera del cuadro— pero de eso hacía ya más de
dos meses. No ignoraban los sucesos de Smith, y había entre ellos
nuevos refugiados, exesclavos, que habían sufrido en manos de
terráqueos y que hablarían de eso.
Pero ¿era posible que las noticias y rumores hubiesen transformado
de ese modo a los athshianos, que los hubiesen cambiado radicalmente?
¿A ellos para los que la no agresividad era un sentimiento tan acendrado
que constituía la esencia misma de su cultura y su sociedad, de su
subconsciente, lo que llamaban el «tiempo-sueño», y acaso de su
fisiología misma? Que la inaudita crueldad podía incitarles a matar, él lo
sabía: lo había comprobado una vez. Que una comunidad desmantelada
podía asimismo ser provocada por atrocidades igualmente intolerables,
tenía que creerlo: había ocurrido en Campamento Smith. Pero que
simples comentarios y rumores, por muy brutales y aterradores que
fu
esen, pudieran enfurecer a una apacible comunidad de athshianos
hasta el punto de que actuasen en contra de sus costumbres y de su
razón, destruyendo por completo todo un estilo de vida, eso no podía
admitirlo. Era psicológicamente improbable. El cuadro no estaba
completo. El viejo Tubab salía del Albergue en el momento en que
Lyubov pasaba por allí; detrás iba Selver.
Selver salió gateando por la puerta del túnel, se enderezó, parpadeó
ante la claridad grisácea de la lluvia atenuada por el follaje. Alzó los ojos
oscuros, y se encontró con los de Lyubov. Ninguno de los dos habló.
Lyubov estaba muy asustado.
En el vuelo de regreso, cuando trataba de descubrir qué fibra le
había tocado Selver, pensó ¿por qué miedo? ¿Por qué tuve miedo de
Selver? ¿Un presentimiento inverificable, o una falsa analogía?
Irracional en todo caso.
Nada había cambiado entre Selver y Lyubov. Lo que Selver había
hecho en Campamento Smith podía justificarse; y aunque no pudiera
justificarse, no importaba mucho. La amistad entre ellos era demasiado
profunda para verse rota por una duda moral. Habían trabajado juntos
intensamente; se habían enseñado el uno al otro, en algo más que en el
sentido literal, sus respectivas lenguas. Habían hablado sin reservas. Y al
afecto que Lyubov sentía por su amigo se sumaba esa gratitud que
siente el salvador hacia aquel cuya vida ha tenido el privilegio de salvar.
En verdad, hasta ese momento casi no había advertido lo fuertes que
eran los lazos de afecto y lealtad que le unían a Selver. El miedo que
había sentido ¿habría sido acaso el miedo a que Selver, luego de conocer
el odio racial, pudiese rechazarlo, despreciar su lealtad, y tratarlo no
como «a un igual», sino como a «uno de ellos»?
Después de aquella larga mirada Selver se había adelantado
lentamente y saludado a Lyubov, tendiéndole las manos.
El contacto era una forma importante de comunicarse entre los
habitantes del bosque.
Entre los terráqueos siempre puede implicar amenaza, agresión, y
por eso no conocen casi otras formas de contacto que el formal apretón
de manos y la caricia sexual. Todo ese vacío lo llenaban los athshianos
con una variada serie de hábitos de contacto. La caricia destinada a
tranquilizar era tan fundamental para ellos como entre una madre y un
hijo, o entre amantes; pero podía tener además un significado social, no
solo maternal y sexual. La caricia era parte del lenguaje. Estaba por lo
tanto reglamentada, codificada, pero era a la vez infinitamente
modificable. «Siempre andan tocándose», se burlaban algunos de los
colonos, incapaces de ver en ese intercambio de caricias otra cosa que
no fuera una imagen de ellos mismos; ese erotismo que, obligado a
concentrarse exclusivamente en el sexo, y luego reprimido y frustrado,
invade y emponzoña todo placer sensual, toda respuesta humana; la
victoria de un Cupido furtivo, de ojos vendados sobre la gran madre
que cobija en sí mima los mares y las estrellas, todas las hojas de los
árboles, todos los gestos de los hombres, Venus Genetrix…
Selver se adelantó pues con las manos extendidas, estrechó la mano
de Lyubov a la manera terráquea, y luego le tomó ambos brazos con un
movimiento acariciador justo por encima del codo. Tenía poco más de
la mitad de la altura de Lyubov, lo que dificultaba todos los gestos y los
entorpecía, pero la caricia de esa mano pequeña, de huesos menudos y
piel verde no tenía nada de inseguro ni de infantil. Era un contacto
tranquilizador. Lyubov se sintió muy feliz.
—Selver, qué suerte encontrarte aquí. Necesito tanto hablar
contigo…
—No puedo ahora, Lyubov.
Selver hablaba con dulzura, pero cuando Lyubov le oyó, la
esperanza de encontrar una amistad inquebrantable se le desvaneció
inmediatamente. Selver había cambiado. Había cambiado, desde la raíz.
—¿Puedo volver otro día —dijo Lyubov con ansiedad— y hablar
contigo, Selver? Es importante para mí.
—Me marcho de aquí hoy —dijo Selver con voz aún más dulce,
pero soltando los brazos de Lyubov, y desviando la mirada.
Con este gesto se ponía literalmente fuera de contacto. La cortesía
exigía que Lyubov hiciese lo mismo, y diese por terminada la
conversación. Pero entonces no tendría a nadie con quien hablar. El
viejo Tubab ni siquiera le había mirado; el pueblo entero le había vuelto
la espalda. Y este era Selver, que había sido su amigo.
—Selver, esa matanza en Kelme Deva, quizá piensas que eso nos
separa. Pero no es así. Tal vez nos haya acercado más. Y tu gente en el
pabellón de los esclavos, todos han sido puestos en libertad, así que ya
no queda ningún resquemor entre nosotros. Y aun cuando quedase,
siempre, de todos modos, yo… yo soy el mismo de antes, Selver.
Al principio el athshiano no respondió. El rostro extraño, los
grandes ojos profundamente hundidos, las fuertes facciones
desfiguradas por las cicatrices y desdibujadas por la piel corta y sedosa,
que enmarcaba y a la vez ensombrecía los contornos, ese rostro se
apartó de Lyubov, cerrado, obstinado. Luego, repentinamente, miró
alrededor, como contra su propia voluntad.
—Lyubov, no tendrías que haber venido aquí. Tendrías que
marcharte de Central dentro de dos noches. No sé qué eres. Habría
sido mejor no haberte conocido nunca.
Y con estas palabras se alejó, el paso ligero como un gato de patas
largas, un revoloteo verde entre los robles oscuros de Tuntar, y
desapareció. Tubab lo siguió lentamente, siempre apartando los ojos de
Lyubov. Una lluvia fina caía silenciosa sobre las hojas de los robles y
sobre los estrechos senderos que llevaban al Albergue y al río.
Solo escuchando atentamente se podía oír la lluvia, una música
demasiado multitudinaria para que una mente pudiera captarla, un
único e interminable acorde tañido en toda la extensión del bosque.
—Selver es un dios —dijo la vieja Sherrar—. Ven a ver las redes de
pesca ahora.
Lyubov declinó la invitación. Hubiera sido descortés e imprudente
quedarse; de todos modos no se sentía con ánimos.
Trató de decirse que Selver no lo había rechazado a él, a Lyubov,
sino a él como terráqueo. Pero eso no cambiaba las cosas. Nunca las
cambia.
Siempre le sorprendía desagradablemente descubrir lo vulnerables
que eran sus sentimientos, cuánto le dolía que lo hiriesen. Esa especie
de sensibilidad adolescente era vergonzosa; a esta altura de la vida
tendría que haber desarrollado una coraza más resistente.
La viejecita, la piel verde cubierta de polvo y gotas plateadas de
lluvia, suspiró con alivio cuando él se despidió. Cuando ponía en
marcha el helicóptero, no pudo menos que sonreír al verla, brincando
bosque adentro lo más rápido posible, como un renacuajo que ha
escapado de una serpiente.
La calidad es un factor importante, pero también lo es la cantidad: la
talla relativa. La reacción de un adulto normal frente a una persona
mucho más pequeña puede ser de arrogancia, o de protección, o de
condescendencia, o bien afectuosa o intimidatoria, pero cualquiera que
sea, la mayoría de las veces actúa como si el otro fuera un niño y no un
adulto. Y si la persona de la talla de un niño es peluda por añadidura,
provocará forzosamente una segunda reacción, la que Lyubov
denominaba Reacción Osito de Felpa. Los athshianos utilizaban muy
frecuentemente la caricia, pero la motivación básica continuaba siendo
sospechosa. Y por último, la inevitable Reacción a lo Extravagante, el
rechazo de lo que siendo humano no lo parece del todo.
Pero aparte de todo eso los athshianos, lo mismo que los terráqueos,
tenían a veces un aspecto realmente curioso. Ciertamente, algunos de
ellos parecían renacuajos, búhos, orugas. Sherrar no era la primera
viejecita que vista de espaldas tenía una figura extravagante a los ojos de
Lyubov…
Y ese es uno de los problemas de la colonia, pensó mientras tomaba
altura y Tuntar desaparecía bajo los robles y los huertos sin hojas. No
hay mujeres viejas entre nosotros.
Ni hombres viejos, excepto Dongh, y solo tiene unos sesenta años.
Pero las mujeres viejas son diferentes del resto, dicen lo que piensan.
Los athshianos, si se puede considerar que tienen gobierno, son
gobernados por mujeres viejas. El intelecto para los hombres, la política
para las mujeres, y la ética, la interacción de ambos; así son las cosas
entre ellos. Tiene su encanto, y además funciona… para ellos. Ojalá la
Administración hubiese enviado un par de abuelas junto con todas esas
mujeres jóvenes, núbiles y fértiles de pechos altos. Claro que esa chica
con quien dormí la otra noche es realmente agradable, y agradable en la
cama, tiene un corazón tierno, pero por Dios, pasarán cuarenta años
antes que pueda decirle algo a un hombre…
Pero todo el tiempo, detrás de estas reflexiones acerca de mujeres
viejas y jóvenes, el sobresalto persistía, la intuición o la realidad que se
negaba a salir a la luz.
Tenía que pensar bien antes de informar al Cuartel General.
Selver: ¿qué pasaba con Selver, entonces?
Selver era sin duda una figura clave para Lyubov. ¿Por qué? ¿Porque
lo conocía bien, o porque había en su personalidad una superioridad
real que Lyubov no había valorado nunca conscientemente?
Pero la había valorado; desde el comienzo había distinguido a Selver
como una persona extraordinaria; «Sam», como lo llamaban antes,
sirviente de tres oficiales que compartían una casa desmontable. Lyubov
recordó a Benson, cómo se jactaba del excelente creechi que habían
conseguido, de lo bien que lo habían adiestrado.
Muchos athshianos, especialmente los Soñadores de los Albergues,
no podían alterar el ritmo policíclico que regía su sueño-reposo para
amoldarlo al terráqueo. Si dormían de noche, como los terráqueos, no
podían tener sueños paradójicos, REM, cuyo ciclo de ciento veinte
minutos regulaba la vida diurna y nocturna de los athshianos, y no
podían cumplir la jornada de trabajo terráquea. Una vez que uno ha
aprendido a soñar sus sueños en el estado de vigilia total, a apoyar la
salud de la mente no en el filo de navaja de la razón sino en el doble
platillo, el delicado equilibrio de la razón y el sueño; una vez que uno
ha aprendido eso, ya nunca puede olvidarse de cómo pensar. Muchos de
los hombres parecían borrachos, confusos, y hasta catatónicos. Las
mujeres, atontadas y abatidas, se comportaban con la hosca indiferencia
de los recién esclavizados. Los varones no iniciados y algunos de los
Soñadores más jóvenes lo toleraban mejor; se adaptaban, trabajaban
duramente en los desmontes o se convertían en sirvientes diestros. Sam
había sido uno de estos, un ayuda de cámara eficiente y sin carácter,
cocinero, lavandero, mayordomo, friegaespaldas y chivo emisario de
tres amos. Había aprendido a hacerse invisible. Lyubov lo había pedido
en préstamo como informador etnológico, y gracias a una afinidad de
espíritu y de naturaleza, se había granjeado inmediatamente la
confianza de Sam. Había encontrado en Sam el informador ideal,
profundo conocedor de las costumbres de su pueblo, intérprete lúcido
y rápido, que traducía para Lyubov, salvando el abismo entre dos
lenguas, dos culturas, dos especies del género Hombre.
Por espacio de dos años, Lyubov había viajado, estudiado, llevando
a cabo entrevistas y observaciones, y no había logrado dar con la llave
que abriera la mente de los athshianos. Ni siquiera sabía dónde estaba la
cerradura. Había estudiado los hábitos de reposo de los athshianos,
llegando a la conclusión de que aparentemente no los tenían, que no
dormían. Había conectado incontables electrodos a incontables cráneos
verdes peludos, sin que llegara a sacar nada en limpio de los trazos que
le eran tan familiares, los husos y lazos, las alfas y las deltas y las thetas
que aparecían en el encefalograma.
Fue Selver quien le hizo comprender, por fin, el significado
athshiano de la palabra «sueño», que era al mismo tiempo la palabra
«raíz» y así puso en sus manos la llave del reino del bosque. Como
sujeto de un EEG, fue en Selver donde vio claramente y por primera vez
los extraordinarios ritmos de pulsión de un cerebro que entra en un
estado onírico sin dormir ni estar despierto: comparar ese estado con el
dormir-con-sueños de los terráqueos sería como comparar el Partenón
con una choza de barro: básicamente la misma cosa pero con el
agregado de complejidad, calidad y control.
¿Qué entonces, qué más?
Selver hubiera podido escapar. Se quedó, primero como criado, más
tarde (gracias a uno de los pocos privilegios útiles de Lyubov como
especialista) como Asistente Científico; todavía encerrado noche tras
noche con los otros creechis en el corral (el Pabellón para el Cuerpo
Voluntario de Mano de Obra Autóctona).
—Te llevaré en el helicóptero a Tuntar y trabajaré allí contigo —le
había dicho Lyubov, la tercera o cuarta vez que habló con Selver—. Por
el amor de Dios ¿por qué te quedas aquí?
—Mi esposa Thele está en el pabellón —le había contestado Selver.
Lyubov había tratado de conseguir que la soltaran, pero Thele
trajinaba en las cocinas del cuartel general y los sargentos que dirigían el
personal de cocina no toleraban ninguna intromisión de los
«galonudos» y los «sabihondos». Lyubov debía tener sumo cuidado,
pues podían llegar a vengarse en la mujer. Ella y Selver parecían
dispuestos a esperar con paciencia, hasta que pudieran escapar juntos, o
los liberaran. Hombres y mujeres vivían estrictamente separados en los
pabellones creechis —hecho que nadie parecía saber— y las parejas rara
vez tenían la oportunidad de verse. Lyubov consiguió concertar algunas
citas entre ellos en la cabaña donde vivía solo, al norte del poblado. Fue
cuando Thele volvía al cuartel general de uno de esos encuentros
cuando Davidson la vio y se sintió atraído al parecer por su gracia frágil
y tímida. La había hecho llevar a sus habitaciones esa noche, y la había
violado.
La había matado en el acto, tal vez; eso ya había ocurrido antes,
como consecuencia de la disparidad física; o bien ella había dejado de
vivir. Como algunos terráqueos, los athshianos tenían el don de un
auténtico deseo de muerte, y podían dejar de vivir. En uno u otro caso
era Davidson quien la había matado. Crímenes de esa naturaleza ya se
habían cometido antes. Lo que no había ocurrido antes era lo que hizo
Selver, el segundo día después de la muerte de su mujer.
Lyubov había llegado al lugar del enfrentamiento cuando ya estaba
finalizando.
Recordaba los ruidos; él corriendo por la Calle Mayor al calor del
sol; el polvo, el nudo de hombres. Todo el incidente pudo haber durado
solo cinco minutos, mucho tiempo para una lucha homicida. Cuando
Lyubov llegó, Selver estaba cegado por la sangre, una especie de juguete
con el que Davidson se entretenía; y sin embargo se había recobrado y
volvía a atacar, no con un furor frenético, sino con una desesperación
inteligente. Y seguía atacando. Y a la postre, era Davidson el que estaba
enajenado, loco de furia y miedo ante esa terrible persistencia; había
derribado a Selver de un revés, y se había adelantado, con la bota
levantada, listo para pisotearle la cabeza. En ese preciso instante,
Lyubov entró en el círculo. Consiguió detener la pelea (pues a pesar de
la sed de sangre y venganza de los diez o doce hombres que miraban, ya
había sido saciada con creces, y apoyaron a Lyubov cuando le ordenó a
Davidson que se retirase); y desde entonces él había odiado a Davidson
y Davidson le había odiado a él, por haberse inmiscuido entre el
matador y su propia muerte.
Porque si el suicida es quien mata al resto de nosotros, el asesino se
mata a sí mismo, aunque tiene que hacerlo una y otra y otra vez.
Lyubov había levantado a Selver, un peso ligero en sus brazos. La
cara mutilada se había apretado contra la camisa de Lyubov
empapándola de sangre y mojándole la piel.
Había llevado a Selver a su cabaña; le entablilló la muñeca rota, hizo
todo lo que pudo por la herida, y lo acostó en su cama; noche tras
noche trataba de hablarle, de llegar a él, a aquella desolación de dolor y
humillación. Todo eso era, por supuesto, contrario al reglamento.
Nadie le mencionó los reglamentos. No tenían por qué. Si alguna
vez había disfrutado de una cierta posición entre los oficiales de la
colonia, sabía que ahora la estaba perdiendo.
Siempre había intentado estar del lado del cuartel general,
cuestionando solo los casos de brutalidad extrema contra los nativos,
tratando de persuadir antes que desafiar, y de conservar en lo posible un
mínimo de poder e influencia. Él no podía impedir la explotación de los
athshianos. Era mucho peor de lo que su entrenamiento le había
permitido esperar, pero poco podía hacer al respecto aquí y ahora. Sus
informes a la Administración y a la Comisión de Derechos podrían —
luego del viaje circular de cincuenta y cuatro años— tener algún efecto;
era posible incluso que Terra decidiese que la política de Colonia
Abierta aplicada en Athshe era un craso error. Mejor cincuenta y cuatro
años tarde que nunca. Si sus superiores dejaban de tolerarlo,
censurarían o invalidarían sus informes, y entonces no habría ninguna
esperanza.
Pero ahora estaba demasiado indignado para atenerse a esa
estrategia. Al demonio con todos, si insistían en ver los cuidados que le
prestaba a un amigo como un insulto a la Madre Tierra y como una
traición a la colonia.
Si le ponían el mote de «enamorado de los creechis» ya no podría
ayudar mucho a los athshianos; pero él no podía poner un bien posible,
general, por encima de las imperiosas necesidades de Selver. Uno no
puede salvar a un pueblo vendiendo al amigo. Davidson, curiosamente
enfurecido por esas pequeñas heridas que Selver le había infligido y por
la intromisión de Lyubov, se había paseado por ahí anunciando su
propósito de exterminar a ese creechi rebelde; y de tener una
oportunidad lo haría, sin lugar a dudas. Lyubov permaneció junto a
Selver noche y día durante dos semanas, y lo sacó en helicóptero de
Central y lo dejó en Brotor, una población de la costa occidental, donde
tenía parientes.
No había castigos por ayudar a huir a los esclavos, ya que los
athshianos no eran en ningún sentido esclavos salvo en los hechos; eran
Personal Voluntario de Mano de Obra Autóctona. A Lyubov ni
siquiera le llamaron la atención. Pero desde entonces, los oficiales
regulares ya no desconfiaban de él en parte, sino del todo; y hasta sus
colegas de los Servicios Especiales, el exobiólogo, los coordinadores de
agua y de forestación, los ecólogos le hicieron saber por distintos
medios que su conducta había sido irracional, quijotesca o estúpida.
—¿Creías que habías venido de excursión? —le preguntó Gosse.
—No, no creí que venía a una excursión de caza —le respondió
Lyubov, malhumorado.
—No entiendo por qué hay expertos en esvis que se alistan como
voluntarios para una Colonia Abierta. Tú sabes que la gente que estás
estudiando va a ser explotada, y probablemente exterminada. Es algo
que está en la naturaleza humana, y sabes que eso no puedes cambiarlo.
¿Por qué entonces vienes a observar qué pasa? ¿Masoquismo?
—No sé qué es la «naturaleza humana». Quizá sea parte de esa
naturaleza humana dejar descripciones de aquello que exterminamos.
¿Es tanto más agradable para un ecólogo, realmente?
Gosse hizo oídos sordos.
—De acuerdo entonces, redacta tus descripciones. Pero no te metas
en el matadero. Un biólogo que estudia una colonia de ratas no tratará
de rescatar a la rata mascota cuando las atacan, eso lo sabes.
Lyubov estalló. Había soportado demasiado.
—No, claro que no —dijo—. Una rata puede ser una mascota, pero
no un amigo. Selver es mi amigo. En realidad es el único hombre en este
mundo a quien considero amigo.
Eso le había dolido al pobre Gosse, que quería ser una figura
paterna para Lyubov, y no le había hecho ningún bien a nadie. Sin
embargo había sido verdad. Y la verdad os hará libres… Quiero a
Selver; lo respeto; le salvé la vida; sufrí con él; le tengo miedo.
Selver es mi amigo.
Selver es un dios.
Eso era lo que había dicho la viejecita verde como si todo el mundo
lo supiera, de la misma manera como hubiera podido decir Fulano es un
cazador.
—Selver sha’ab.
Pero ¿qué significaba sha’ab? Muchas palabras de la Lengua de las
Mujeres, el lenguaje cotidiano de los athshianos, venían de la Lengua de
los Hombres, que era la misma en todas las comunidades, y a menudo
esas palabras no solo eran bisilábicas sino también bifacéticas. Eran
monedas, anverso y reverso. Sha’ab significaba dios, o ente numinoso, o
ser poderoso; también significaba algo muy diferente, pero Lyubov no
podía recordar qué. A esa altura de sus reflexiones, Lyubov ya había
llegado a su cabaña, y no tuvo más que consultar el diccionario que
Selver y él habían compilado en cuatro meses de trabajo agotador pero
armónico. Claro: sha’ab, traductor.
Era casi demasiado exacto, demasiado a propósito.
¿Había una relación entre los dos significados? La había a menudo,
pero no tanto como para constituir una regla. Si un dios era un
traductor ¿qué traducía? Selver era en verdad un intérprete de talento,
pero ese talento solo había podido manifestarse en el hecho fortuito de
que una lengua verdaderamente extranjera hubiese entrado en su
mundo. ¿Era un sha’ab alguien que traducía el lenguaje del sueño y la
filosofía, la Lengua de los Hombres, al lenguaje cotidiano? Pero eso
podían hacerlo todos los Soñadores.
Entonces, podía ser alguien capaz de traducir a la vida de la vigilia la
experiencia capital de la visión: alguien que sirviera de eslabón entre las
dos realidades, consideradas por los athshianos como idénticas, el
tiempo-sueño y el tiempo-mundo, y cuyas relaciones, aunque vitales,
son oscuras. Un eslabón: alguien que podía expresar con palabras las
percepciones del subconsciente. «Hablar» esa lengua es actuar. Hacer
una cosa nueva.
Cambiar o ser cambiado, desde la raíz. Porque la raíz es el sueño.
Y el traductor es el dios. Selver había introducido una palabra nueva
en el lenguaje de su pueblo. Había cometido un acto nuevo. La palabra,
el acto, el crimen. Solo un dios podía llevar de la mano a través del
puente entre los mundos a un recién llegado tan majestuoso como la
Muerte.
Pero ¿había aprendido a matar a sus semejantes en medio de sus
propios sueños de duelo y atrocidades, o de los actos jamás soñados de
los forasteros? ¿Hablaba su propio idioma o el del capitán Davidson?
Aquello que parecía nacer de la raíz misma del dolor y expresar el
cambio radical de un ser, quizá no fuese sino una infección, una peste
extranjera, y no convertiría a la raza de Selver en un pueblo nuevo, sino
que la destruiría.
No estaba en la naturaleza de Raj Lyubov preguntarse ¿qué puedo
hacer? Por carácter y formación tendía a no inmiscuirse en los asuntos
de otros hombres. Su trabajo consistía en descubrir lo que hacían, y su
inclinación era dejar que lo siguieran haciendo. Prefería aprender a
enseñar, buscar verdades más que la Verdad. Pero aun un alma poco
misionera, a menos que pretenda no tener sentimientos, se ve a veces
obligada a elegir entre comisión y omisión. El «¿Qué están haciendo?»,
se convierte de pronto en un «¿Qué estamos haciendo?», y acto seguido
en un «¿Qué debo hacer?».
Ahora sabía que había llegado a ese punto crítico de tomar una
opción, y sin embargo no sabía claramente por qué, ni cuál era la
alternativa.
En ese momento nada podía hacer por mejorar las perspectivas de
supervivencia de los athshianos; Lepennon, Or y el ansible habían
conseguido mucho más de lo que él había esperado ver alguna vez. La
Administración en Terra era explícita en cada comunicación transmitida
por el ansible, y el coronel Dongh, a pesar de las protestas de parte de la
plana mayor y los leñadores jefes, estaba cumpliendo las órdenes. Era
un oficial leal; y además, el Shackleton regresaría para observar e
informar. Los informes que se enviaban a Terra tenían algún valor,
ahora que este ansible, esta máquina de máquinas funcionaba para
impedir la vieja y cómoda autonomía colonial, y permitir que uno fuese
responsable, en vida, de lo que hacía. Ya no había un margen de error de
cincuenta y cuatro años. Y la política ya no era estática. Una decisión de
la Liga de los Mundos ahora podía limitar de la noche a la mañana la
existencia de la colonia a un Continente, o prohibir el talado de árboles,
o incitar a la matanza de nativos… nadie podía saberlo.
Las firmes instrucciones de la Administración no permitían adivinar
cómo funcionaba la liga y qué clase de política estaba desarrollando. A
Dongh le preocupaban esos múltiples futuros posibles, pero Lyubov
disfrutaba con ellos. En la diversidad está la vida y donde hay vida hay
esperanza, era la suma total de su credo, bastante modesto por cierto.
Los colonos dejaban en paz a los athelianos y estos dejaban en paz a
los colonos. Un estado de cosas saludable, que no tenía sentido
perturbar innecesariamente. Lo único que acaso pudiera perturbarlo era
el miedo.
De momento cabía suponer que los athshianos se sintiesen recelosos
y todavía resentidos, pero no particularmente amedrentados. En cuanto
al pánico que había cundido en Centralville ante la noticia de la masacre
de Campamento Smith, nada había acontecido que lo reavivara. Ningún
athshiano había dado señales de violencia desde entonces. Y con la
liberación de los esclavos, y la reintegración de los creechis a los
bosques, el constante factor irritativo de la xenofobia había
desaparecido. La tensión de los colonos empezaba por fin a aflojarse.
Si Lyubov informaba que había visto a Selver en Tuntar, Dongh y
los otros se alarmarían. Quizá insistirían en que era necesario capturar a
Selver y llevarlo a Central para que lo juzgaran. El Código Colonial
prohibía que se procesara a un miembro de una sociedad planetaria de
acuerdo con la legislación de otro planeta, pero la Corte Marcial pasaba
por alto esas discriminaciones. Podían juzgar a Selver, probar que era
culpable y fusilarlo. Davidson vendría desde Nueva Java a prestar
testimonio. O no, pensó Lyubov, guardando el diccionario en un
estante lleno a rebosar. O no, pensó y olvidó el asunto.
De este modo eligió sin siquiera saber que había elegido algo.
Presentó un informe breve al día siguiente; decía que en Tuntar
continuaba la rutina de costumbre, y que no había notado repudio ni
amenazas. Era un informe tranquilizador, y el más inexacto que Lyubov
hubiera escrito en su vida. Omitía todo lo que era significativo; la no
aparición de la matriarca, el hecho de que Tubab le negase el saludo, el
gran número de forasteros que había en el lugar, la expresión de la joven
cazadora, la presencia de Selver… Naturalmente, esta última era una
omisión deliberada, pero fuera de eso el informe era bastante imparcial,
pensó; solo había omitido las impresiones subjetivas, como es deber de
un científico. Tuvo una fuerte jaqueca mientras lo escribía, y otra peor
después de presentarlo.
Tuvo muchos sueños esa noche, pero por la mañana no pudo
recordarlos. Tarde en la segunda noche después de su visita a Tuntar,
despertó bruscamente, y en medio del aullido histérico de la sirena de
alarma y el estampido sordo de las explosiones, se encaró, por fin, con
lo que se había negado a ver: que solo él en toda Centralville no estaba
sorprendido. En ese momento supo lo que era: un traidor.
Y sin embargo ni siquiera estaba convencido de que aquel pudiese
ser un ataque athshiano. Era el terror en la noche.
Su cabaña, en medio de un pequeño huerto y alejada de las otras
casas, había sido ignorada; tal vez la protegerán los árboles de alrededor,
pensó mientras salía corriendo.
El centro de la ciudad estaba en llamas. Incluso la mole de piedra del
cuartel general ardía desde dentro como una estufa rota. El ansible
estaba allí: el precioso eslabón.
También había incendios en la zona del helipuerto y del Campo.
¿De dónde habían sacado los explosivos? ¿Cómo se explicaba que
todos los incendios hubieran estallado al mismo tiempo? Todos los
edificios a ambos lados de la Calle Mayor, construidos en madera,
ardían a la vez; el rugido de las llamas era pavoroso. Lyubov corrió
hacia los incendios. El camino estaba inundado; al principio pensó que
el agua venía de una manguera de extinción, luego advirtió que el río
Menend se estaba desbordando inútilmente sobre el terreno mientras
las casas ardían con ese espantoso rugido aspirante. ¿Cómo lo habían
hecho? Había guardias motorizados en el Campo… Disparos:
descargas, el tableteo de una ametralladora. Alrededor de Lyubov unas
figuras pequeñas corrían de un lado a otro, y él corría en medio de ellas
sin prestarles demasiada atención.
Ahora estaba frente a la Hostería, y vio a una muchacha de pie en la
entrada, el fuego le lamía la espalda y tenía delante un camino seguro,
por donde podía escapar. No se movía. Lyubov la llamó a gritos, luego
cruzó el patio y por la fuerza le arrancó las manos del quicio de la
puerta donde se había aferrado, enloquecida de pánico, la arrastró y le
habló con dulzura: «Vamos, amor, vamos». Entonces ella le siguió, pero
no con suficiente rapidez. Cuando cruzaban el patio, el frontispicio de
la planta superior, ardiendo desde dentro, cayó lentamente hacia
adelante, empujado por el maderamen del techo que se hundía. Las tejas
y las vigas volaban como fragmentos de metralla; el extremo de una viga
incandescente golpeó a Lyubov y le derribó. Cayó de bruces en el lago
de barro iluminado por el fuego. No vio a una pequeña cazadora
cubierta de piel verde que se abalanzaba sobre la muchacha, la
arrastraba hacia atrás y le acuchillaba el cuello. No vio nada.
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