El nombre del mundo es bosque / Capítulo 7 / Los mundos de Úrsula K. Le Guin


 

Buenas tardes grupo. Nos asomamos al final de la novela de Úrsula y en esta entrega quiero dejarles el tráiler del documental Los mundos de Úrsula K. Le Guin.

Curiosidad. ¿Sabían que la K de su nombre es de Kroeber? ¿Ustedes también hubieran dejado ese nombre en la oscuridad?

El documental que les mencionaba tiene como sinopsis: Ursula K. Le Guin se mantuvo desafiante al margen de la literatura "respetable" hasta que la pura excelencia de su obra, por fin, obligó a la corriente dominante a abrazar la literatura fantástica. Nos unimos a la escritora en un viaje de autodescubrimiento, abriendo nuevas puertas a la imaginación e inspirando a generaciones de mujeres y otras escritoras marginadas a lo largo del camino.

Por aquí podemos ver el tráiler del homenaje a esta autora:



Y acabo de comprobar que el documental está disponible en nuestro país en Amazon Prime. ¿Sale un visionado en grupo? ¿Cómo la ven?

Acá mecho el link que compartió Gisel para verlo en Youtube.




Me despido con el capítulo 7 de la novela porque ha pasado mucho en el Club y ya quiero contarles. Será más adelante.



Flor.-

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Capítulo 7

Davidson le encontró una utilidad a la grabadora del comandante
Muhamed. Alguien tenía que registrar los sucesos de Nueva
Tahití, hacer una historia de la crucifixión de la Colonia
Terráquea. Para que cuando llegasen las naves desde la Madre Tierra
pudieran conocer la verdad. Para que las futuras generaciones supieran
de cuánta deslealtad, cobardía y estupidez eran capaces los humanos, y
de cuánto coraje mostraban en la adversidad. En sus momentos libres
—no mucho más que momentos desde que había asumido el mando—
grababa toda la historia de la masacre de Campamento Smith, y llevaba
al día los registros de Nueva Java, así como los de Isla King y Central,
lo mejor que podía con ese histérico parloteo adulterado que era lo
único que recibía a guisa de noticias desde el cuartel general de Central.
Exactamente lo que había sucedido allí, nadie lo sabría jamás,
excepto los creechis, pues los humanos estaban tratando de esconder
sus propias traiciones y errores. Las líneas generales eran claras; sin
embargo. Una pandilla organizada de creechis, capitaneada por Selver,
había tenido acceso al Arsenal y los hangares, y provista de dinamita,
granadas, fusiles y lanzallamas se había desbandado por la ciudad
destruyéndola y asesinando a los humanos. Que habían contado con la
complicidad de alguien del poblado, lo probaba el hecho de que el
primer edificio que volaron fuera el cuartel general. Lyubov, por
supuesto, había estado en la traición, y sus verdes amiguitos del alma se
lo habían agradecido como era de esperar, cortándole el gañote lo
mismo que a los otros. Al menos Gosse y Benton pretendían haberlo
visto muerto a la mañana siguiente de la masacre. Aunque en realidad,
¿se podía creer lo que dijera cualquiera de ellos? Estaba plenamente
justificado suponer que de los humanos que quedaban con vida en
Central después de aquella noche, todos, quien más quien menos, eran
traidores.
Traidores a su propia raza.
Las mujeres estaban todas muertas, aseguraban. Esto era ya bastante
grave pero había algo peor: podía no ser cierto. Era fácil para los
creechis esconder prisioneros en los bosques, y nada más fácil de
atrapar que una chica que huye despavorida de una ciudad en llamas. ¿Y
no les gustaría a los pequeños demonios verdes apoderarse de una
muchacha humana y tratar de experimentar con ella? Sabe Dios cuántas
de las mujeres seguían con vida en las madrigueras de los creechis,
atadas de pies y manos en una de esas hediondas cuevas subterráneas,
toqueteadas y manoseadas y ensuciadas por los inmundos, los peludos
pigmeos antropoides. Era inconcebible. Pero por Dios, algunas veces
uno tenía que ser capaz de concebir lo inconcebible.
Un helicóptero de King había lanzado a los prisioneros de Central
un receptor transmisor al día siguiente de la masacre, y a partir de ese
día Muhamed había grabado todas las conversaciones con Central. Lo
más increíble de todo era una conversación entre Muhamed y el coronel
Dongh. La primera vez que la escuchó, Davidson había arrancado la
cinta del aparato y la había quemado. Ahora deseaba haberla
conservado, como documento, como una prueba perfecta de la absoluta
incompetencia de los comandantes, tanto en Central como en Nueva
Java. La había destruido en un arranque de furia, es cierto. Pero ¿cómo
hubiera podido escuchar pacientemente las voces del coronel y del
comandante tramando una rendición incondicional ante los creechis,
decidiendo no tornar represalias, no defenderse, renunciar a todas las
armas grandes, y amontonarse todos juntos en un pedacito de tierra
elegido para ellos por los creechis, un reducto que les era concedido por
los generosos vencedores, las bestezuelas verdes? Era increíble,
literalmente increíble.
Probablemente el viejo Ding Dong y Moo no eran en realidad
traidores conscientes. Se habían vuelto locos, estaban reblandecidos. Y
la culpa la tenía este planeta del demonio.
Había que tener una personalidad fuerte para aguantarlo. Había
algo en el aire, tal vez el polen de todos esos árboles, que actuaba como
una especie de droga, que hacía que los humanos comunes empezaran a
volverse tan estúpidos y a vivir tan fuera de la realidad como los
propios creechis. Para colmo, al ser tan inferiores numéricamente, eran
meras piltrafas, fáciles de exterminar para los creechis.
Era una lástima que Muhamed hubiera tenido que ser eliminado
pero nunca habría estado dispuesto a aceptar los planes de Davidson,
eso era evidente; había ido demasiado lejos. Cualquiera que hubiese
oído aquella grabación increíble pensaría lo mismo. Por eso fue mejor
fu
silarlo antes de que supiera realmente lo que estaba pasando, y ahora
él tenía un nombre sin mancha, no como Dongh y todos los otros
oficiales que seguían con vida en Central.
Dongh no había aparecido por la radio últimamente. Casi siempre
hablaba Juju Sereng, de Ingeniería. Davidson había salido de juerga
frecuentemente con Juju y le consideraba un amigo, pero ahora no se
podía confiar en nadie. Y Juju era otro asiatiforme. En verdad, parecía
raro que tantos de ellos hubiesen sobrevivido a la masacre de
Centralville; de todos los hombres con quienes había hablado, el único
no-asio era Gosse. Aquí en Java los cincuenta y cinco hombres leales
que quedaban luego de la reorganización eran casi todos eurafs como él,
algunos afros y afroasiáticos, pero ninguno asió puro. La sangre es la
sangre. Uno no podía ser verdaderamente humano si no llevaba en las
venas unas gotas de sangre de la Cuna del Hombre. Eso no le impediría,
por supuesto, salvar a los infelices bastardos amarillos de Central, pero
explicaba en parte el colapso moral y la escasa resistencia de esa gente.
—¿No te das cuenta del aprieto en que nos estás metiendo, Don? —
le había preguntado Juju Sereng con esa voz insulsa que tenía—. Hemos
pactado una tregua formal con los creechis. Y tenemos órdenes directas
de la Tierra de no interferir en la vida de los esvis, ni tomar represalias.
Y de todas maneras, ¿qué represalias podríamos tomarnos? Ahora que
todos los hombres de Isla King y Central del Sur están aquí con
nosotros, no llegamos a dos mil, y ¿cuántos tienes tú allí en Java, unos
sesenta y cinco, no? ¿Crees de veras que dos mil hombres pueden
dominar a tres millones de enemigos inteligentes, Don?
—Juju, cincuenta hombres pueden hacerlo. Es cuestión de voluntad,
habilidad, y armamento.
—¡Mierda! Pero el hecho es, Don, que se ha pactado una tregua. Y
si se viola, estamos perdidos. Es lo único que nos mantiene a flote por el
momento. Tal vez cuando la nave vuelva de Prestno y vea lo que ha
pasado, decidan acabar con los creechis. No lo sabemos. Pero al parecer,
los creechis tienen la intención de respetar la tregua, al fin y al cabo fue
idea de ellos, y tuvimos que aceptarla. Pueden acabar con nosotros en
cualquier momento, por simple superioridad numérica, como lo
hicieron en Centralville. Eran miles y miles. ¿No puedes entenderlo,
Don?
—Escucha, Juju, claro que lo entiendo. Si vosotros tenéis miedo de
usar los tres helicópteros que os quedan, podríais mandarlos aquí, con
algunos hombres que vieran cómo hacemos las cosas. Si voy a liberaros
a todos sin ayuda, algunos helicópteros más me vendrían muy bien.
—No vas a liberarnos, vas a incinerarnos, ¡pedazo de estúpido!
Manda ese helicóptero que te queda aquí a Central, ahora mismo: es
una orden personal del coronel, como comandante efectivo. Utilízalo
para mandar aquí a tus hombres; doce viajes, en cuatro días locales
podrás hacerlo. Acata esas órdenes y manos a la obra.
Clic, había cortado… tenía miedo de seguir discutiendo con él.
Al fin empezó a preocuparle que pudieran mandar los tres
helicópteros y bombardear o ametrallar el Campamento Nueva Java;
porque técnicamente, él, Davidson, estaba desobedeciendo órdenes, y al
viejo Dongh no le gustaba la gente independiente. Bastaba ver cómo se
las había tomado ya con Davidson, a causa de esa incursión
insignificante en represalia por lo de Campamento Smith. La iniciativa
era castigada. Lo que a Ding Dong le gustaba era la sumisión, como a la
mayoría de los oficiales. El peligro era que el oficial mismo podía
volverse sumiso. Davidson comprendió finalmente, con genuina
sorpresa, que los helicópteros no representaban ninguna amenaza para
él, pues Dongh, Sereng, Gosse y hasta Benton tenían miedo de
mandarlos. Los creechis les habían ordenado conservar los helicópteros
dentro del Reducto Humano: y estaban obedeciendo órdenes.
Cristo, le daba náuseas. Era tiempo de actuar. Habían estado
esperando de brazos cruzados durante casi dos semanas. Él tenía su
campamento bien defendido; habían reforzado la empalizada para que
ningún hombre mono enano y verde pudiese saltarla, y ese chico tan
hábil, Aabi, había armado montones de minas terrestres y las había
sembrado alrededor de la empalizada en un círculo de cien metros. Era
hora de demostrar a los creechis que a esos borregos de Central podían
llevarles por las narices, pero que aquí, en Nueva Java, era con hombres
con quienes tenían que habérselas. Salió en el helicóptero y con él guio
a un escuadrón de infantería de quince hombres hasta una madriguera
creechi al sur del campamento. Había aprendido a localizarlas desde el
aire; lo que las delataba eran los huertos, las concentraciones de ciertos
tipos de árboles, aunque no los plantaban en hileras como los humanos.
Era increíble la cantidad de madrigueras que aparecían una vez que uno
aprendía a localizarlas. El bosque era un verdadero vivero. El grupo
invasor incendió a mano esa madriguera, y luego, en el vuelo de regreso
con un par de los muchachos, Davidson localizó otra, a menos de
cuatro kilómetros del campamento. En esa, solo para dejar su firma
bien clara y que todos pudieran leerla, dejó caer una bomba. Una
simple bomba incendiaria, no una de las grandes, pero cómo hizo volar
la piel verde. Dejó un enorme agujero en el bosque, y los bordes del
agujero estaban en llamas.
Naturalmente, esa sería su auténtica arma cuando llegase la hora de
las represalias en masa. Incendios en los bosques. Con bombas y
gelinita arrojadas desde el helicóptero, podía arrasar con fuego
cualquiera de esas islas. Tendría que esperar un mes o dos, hasta que
pasara la estación de las lluvias. ¿Por dónde empezaría, por King, Smith
o Central? King primero, quizá, a modo de advertencia, ya que allí no
quedaban humanos.
Luego Central, si no reaccionaban por las buenas.
—¿Qué diantre está tratando de hacer? —dijo la voz en la radio, y
Davidson no pudo menos que sonreír, tan agónica sonaba, como una
vieja a la que tienen contra la pared—. ¿Se da cuenta de lo que está
haciendo, Davidson?
—Ajá.
—¿Se imagina que va a vencer a los creechis?
No era Juju esta vez; quizá el sabihondo de Gosse, o cualquiera de
ellos; ninguna diferencia: todos balaban baa baa.
—Sí, eso creo —dijo Davidson con irónica mansedumbre.
—¿Supone que si sigue quemando aldeas irán a buscarlo para
rendirse… tres millones?
»¿Eso supone?
—Tal vez.
—Mire, Davidson —dijo la radio, al cabo de un momento,
zumbando y gimiendo; estaban utilizando un equipo de emergencia, ya
que habían perdido el transmisor grande, junto con ese ansible de
pacotilla que más valía perderlo—. Oiga, ¿hay alguien más allí con
quien podamos hablar?
—No; todos están muy ocupados. Mire, por aquí todo anda de
perlas, pero nos hemos quedado sin postres, sabe, ensalada de frutas,
melocotones, esas menudencias. Y algunos de los muchachos las echan
de menos, realmente. Y estábamos esperando una partida de marihuana
cuando los volaron a ustedes. Si mando hasta allí un helicóptero,
¿podrían separarnos unos cuantos cajones de golosinas y un poco de
hierba?
Una pausa.
—Sí, mándelo, y nada más.
—Fantástico. Preparen las cosas en una red, para que los muchachos
puedan pescarlas sin necesidad de aterrizar.
Sonrió mostrando los dientes.
Hubo algunas idas y venidas allá en Central, y de pronto el viejo
Dongh apareció en la línea, la primera vez que le hablaba a Davidson.
La voz sonaba débil y sin aliento en la crepitante onda corta.
—Escuche, capitán, quiero saber si se da cuenta realmente de las
medidas que tendré que tomar por las acciones que usted está
dirigiendo en Nueva Java; si continúa desobedeciendo las órdenes.
Estoy tratando de razonar con usted como soldado leal y razonable. A
fin de garantizar la seguridad de mi gente aquí en Central, entienda que
me veré en la necesidad de informar a los nativos de que no podemos
asumir absolutamente ninguna responsabilidad por las acciones de
usted.
—Eso es correcto, señor.
—Lo que estoy tratando de hacerle entender es que esto significa
que nos veremos obligados a tener que decirles que no podemos
impedir que usted viole la tregua allá en Java. El personal ahí es de
sesenta y seis hombres, ¿correcto?; pues bien, quiero tener a esos
hombres sanos y salvos aquí en Central con nosotros para esperar la
llegada del Shackleton y mantener unida la Colonia. Usted está
empeñado en una carrera suicida y soy responsable por los hombres
que están ahí con usted.
—No, usted no es responsable, señor. Yo lo soy. Usted quédese
tranquilo. Pero cuando vean la selva en llamas, corran y busquen algún
Desmonte. No queremos asarlos vivos junto con los creechis.
—Escuche ahora, Davidson, le ordeno entregar inmediatamente el
mando al teniente Temba y presentarse aquí —dijo la voz distante y
llorosa, y Davidson, asqueado, apagó la radio de golpe.
Estaban todos locos de remate, todavía jugando a los soldados, fuera
de todo contacto con la realidad. Eran en verdad muy pocos los
hombres capaces de enfrentar la realidad cuando las cosas se ponían
difíciles.
Tal como esperaba, los creechis no reaccionaron a los ataques a las
madrigueras. El único modo de tenerlos a raya, como él lo había sabido
desde el principio, era aterrorizarlos y no darles cuartel. De esa manera,
ellos sabían quién mandaba, y se mostraban sumisos. Al parecer, y en
un radio de treinta kilómetros, los creechis abandonaban las aldeas
antes de que él llegara, pero continuaba enviando hombres a
incendiarlas cada tres o cuatro días.
Los muchachos empezaban a impacientarse. Hasta entonces, los
había mantenido atareados en los desmontes, ya que cuarenta y ocho de
los cincuenta y cinco sobrevivientes leales eran leñadores. Pero todos
sabían que las naves automáticas no bajarían a cargar la madera,
seguirían llegando una tras otra y se pondrían en órbita, esperando la
señal que nunca recibirán. No tenía sentido seguir cortando árboles
inútilmente. Era un trabajo demasiado duro. Mejor quemarlos.
Ejercitaba a sus hombres en equipos, desarrollando técnicas
incendiarias. El tiempo era aún demasiado lluvioso, pero les mantenía el
cerebro ocupado. Si al menos tuviese los otros tres helicópteros,
entonces sí que podría dar el gran golpe. Estudiaba la posibilidad de una
incursión en Central para liberar los helicópteros, pero no había
mencionado aún esta idea ni siquiera a Aabi y Temba, sus mejores
hombres. A algunos de los muchachos podría amedrentarlos la idea de
una invasión armada a su propio cuartel general. Seguían hablando de
«cuando volvamos a reunirnos con los otros». No sabían que aquellos
otros les habían abandonado, les habían traicionado, se habían vendido
a los creechis. Y él no podía decirles semejante cosa, no la soportarían.
Un buen día, él, Aabi, Temba y otro hombre con la cabeza bien
puesta y de confianza llegarían en helicóptero; luego tres de ellos
bajarían con metralletas, montarían cada uno en un helicóptero, y de
vuelta a casa, ta-ta-ta. Con cuatro buenas batidoras para batir los
huevos. No se puede hacer una tortilla sin batir los huevos. Davidson se
rio a carcajadas en la oscuridad de la cabaña. Mantuvo este plan en
secreto un tiempo más porque le divertía mucho pensar en él.
Al cabo de otras dos semanas habían destruido todas las
madrigueras creechis de los alrededores, y el bosque estaba ahora
limpio y reluciente. No más humaredas por encima de los árboles. Ya
nadie saltaba desde atrás de un arbusto y se despatarraba en el suelo con
los ojos cerrados, esperando que uno le pisara la cabeza. No más
monstruitos verdes. Solo un revoltijo de árboles y algunos parajes
quemados. Los muchachos empezaban a mostrarse inquietos y
aburridos; era hora de hacer la incursión de rescate de los helicópteros.
Una noche les confió el plan a Aabi, Temba y Post.
Ninguno de ellos dijo nada durante un minuto; luego Aabi
preguntó:
—¿Y el combustible, capitán?
—Tenemos combustible suficiente.
—No para cuatro helicópteros; no duraría ni una semana.
—¿Quieres decir que para ese nos queda combustible solo para un
mes?
Aabi asintió.
—Y bien, en ese caso, sacamos también un poco de combustible, me
parece.
—¿Cómo?
—Pensad un poco.
Los tres seguían mudos e inmóviles, con caras de estúpidos. Eso le
enfurecía.
Dependían de él para todo. Él era un jefe nato, pero le gustaban los
hombres que tenían ideas propias.
—Piensa algún medio, es tu especialidad, Aabi —dijo.
Y salió a quemar un poco de hierba, asqueado por la forma en que
todos se comportaban, como si estuviesen acobardados. No eran
capaces de enfrentar la cruda realidad.
Andaban escasos de marihuana y Davidson no fumaba desde hacía
un par de días. No le sirvió de nada. La noche negra e impenetrable,
húmeda, calurosa, olía a primavera.
Pasó Ngenene caminando como un patinador sobre el hielo, o casi
como un robot sobre ruedas; giró sobre sí mismo con un lento
movimiento felino y contempló largamente a Davidson, que estaba en
el porche de la cabaña a la luz mortecina de la entrada. Era un hombre
inmenso que manejaba una sierra eléctrica en el aserradero.
—La fuente de mi energía está conectada con el Gran Generador y
no me puedo desenchufar —dijo con voz monótona, sin dejar de mirar
a Davidson.
—¡Vuélvete a tu barraca a dormir la mona! —dijo Davidson con esa
voz restallante que nadie desobedecía jamás.
Al cabo de un momento Ngenene se alejó deslizándose con paso
cauteloso, ligero y grácil. Era excesivo el número de hombres que
abusaban cada vez más de los alucinógenos. Había alucinógenos en
abundancia, pero estaban destinados a aliviar las tensiones de los
leñadores durante los domingos, no a los soldados de una guarnición
minúscula abandonada en un mundo hostil. No podían darse el lujo de
volar, de soñar.
Tendría que guardarlos bajo llave. Además, a algunos de los
muchachos podían reventarlos. Y bueno, que reventaran. No se puede
hacer una tortilla sin romper los huevos. Tal vez pudiera mandarlos a
Central a cambio de un poco de combustible.
Ustedes me dan dos, tres tanques de gas y yo les daré dos, tres
cuerpos calientes, soldados leales, buenos leñadores, justo lo que
ustedes necesitan, un poco perdidos en el país de los sueños…
Sonrió, y se disponía a entrar para exponerles esta nueva idea a
Temba y los otros, cuando oyó un grito del guardia apostado en la
chimenea del aserradero.
—¡Aquí vienen! —chilló con voz aflautada, como un crío que juega
a negros y rhodesianos.
Alguien más se puso a gritar también desde el oeste, del otro lado de
la empalizada.
Sonó un disparo.
Y venían, Cristo, venían. Era increíble. Miles y miles. Ningún
rumor ningún sonido, hasta ese grito del guardia; y en seguida ese único
disparo; luego una explosión —una de las minas terrestres que volaba y
luego otra, y otra, y centenares y centenares de antorchas que se
encendían y volaban en el aire húmedo como cohetes, y los muros de la
empalizada eran ahora un hervidero de creechis, una lluvia de creechis,
un diluvio, movedizos, pululantes, millares de creechis. Le recordaron
un ejército de ratas que había visto una vez cuando era chico, durante la
última Hambruna, en las calles de Cleveland, Ohio, donde se había
criado. Algo había impulsado a las ratas a abandonar sus agujeros y
habían salido a plena luz del día, una legión de ratas que trepaba por las
paredes, un manto palpitante de piel y ojos y manos y dientes
diminutos, y él había gritado llamando a mamá y corriendo como loco,
¿o era solo un sueño que había tenido entonces?—. No podía perder la
cabeza. El helicóptero se encontraba en el corral de los creechis, todavía
a oscuras y llegó allí rápidamente. La puerta estaba cerrada con llave,
siempre la tenía cerrada por si a alguna de las hermanitas pusilánimes se
le metía en la cabeza la idea de volar a los brazos de Papá Ding Dong en
una noche oscura. Le pareció una eternidad el tiempo que tardó en
sacar la llave e introducirla en la cerradura y hacerla girar, pero solo era
cuestión de no perder la cabeza, y luego tardó otra eternidad en correr
hasta el helicóptero y abrir la portezuela, también cerrada con llave.
Post y Aabi estaban con él ahora. Por fin oyó el estruendo trepidante de
los rotores, batiendo huevos, tapando todos los otros ruidos
sobrenaturales, las voces aflautadas que gritaban, chillaban y cantaban.
Subieron, y el infierno desapareció debajo: un corral repleto de
ratas, ardiendo.
—Se necesita sangre fría para dominar rápidamente una situación de
emergencia —dijo Davidson—. Ustedes, muchachos, pensaron y
actuaron rápidamente. Buen trabajo.
»¿Dónde está Temba?
—Con una lanza clavada en el estómago —dijo Post.
Le pareció que Aabi, el piloto, quería dirigir la máquina, trepó a uno
de los asientos traseros y se tendió relajando los músculos. Allá abajo el
bosque era un mar de sombras, negro sobre negro.
—¿Qué rumbo estás tomando, Aabi?
—Central.
—No. No queremos ir a Central.
—¿Adónde queremos ir? —dijo Aabi con una especie de risita
afeminada—. ¿A Nueva York? ¿A Pekín?
—Continúa volando sobre el campamento, Aabi. En grandes
círculos. Por donde no nos oigan.
—Capitán, a esta altura ya no hay ningún Campamento Nueva Java
—dijo Post, un capataz de leñadores; era un hombre rechoncho y
tranquilo.
—Cuando los creechis hayan acabado de quemar el campamento,
iremos nosotros y quemaremos a los creechis. Ha de haber unos cuatro
mil amontonados allí, en un solo lugar. Hay seis lanzallamas en la parte
de atrás de ese helicóptero. Les daremos unos veinte minutos.
Comencemos con las bombas de gelinita y luego atrapemos con los
lanzallamas a los que intentan huir.
—Cristo —dijo Aabi con violencia—, algunos de nuestros hombres
podrían estar allí, quizá los creechis han tomado prisioneros, no lo
sabemos. Yo no voy a volver allí a quemar humanos.
No había cambiado el rumbo del helicóptero.
Davidson puso el caño de su revólver contra la nuca de Aabi y dijo:
—Sí, vamos a volver; así que cálmate y no me pongas en una
situación difícil.
—Hay combustible suficiente como para llegar a Central, capitán —
dijo el piloto. Movía la cabeza tratando de esquivar el contacto del
revólver, como si fuese una mosca que lo importunaba—. Pero no hay
más. Es todo cuanto nos queda.
—Entonces tenemos de sobra para muchos kilómetros. Vuelve,
Aabi.
—Creo que es preferible que vayamos a Central, capitán —dijo Post
con su voz estólida.
Esa conjuración contra él enfureció a Davidson. Le dio la vuelta al
revólver y atacó con la celeridad de una serpiente y le asestó a Post un
culatazo por encima de la oreja. El leñador se dobló sobre sí mismo
como una tarjeta de Navidad, y se quedó allí inmóvil en el asiento
delantero con la cabeza entre las rodillas y las manos colgando contra el
suelo.
—Da la vuelta, Aabi —dijo Davidson, el restallido del látigo en la
voz.
El helicóptero giró en un arco amplio.
—Demonios, ¿dónde está el campamento? Nunca volé en este
aparato de noche y sin señales —dijo Aabi, con una voz que sonó
apagada y nasal, como si estuviese acatarrado.
—Sigue hacia el este y busca el incendio —dijo Davidson, frío y
tranquilo.
Ninguno de ellos tenía verdaderas agallas. Ninguno le había
respaldado cuando la situación se puso realmente difícil. Tarde o
temprano todos se unirían contra él, y solo porque nadie era como él.
Los débiles conspiran contra los fuertes, y el hombre fuerte tiene que
luchar a solas y cuidar de sí mismo. Así eran las cosas. ¿Dónde estaba el
campamento?
En esa oscuridad total tendrían que haber visto a kilómetros de
distancia los edificios en llamas, aún bajo la lluvia. No se veía nada.
Cielo gris negro, suelo gris. Los incendios debían de haberse apagado.
O los habrían apagado. ¿Sería posible que los humanos hubiesen
derrotado a los creechis? ¿Luego que él huyera? El pensamiento le
cruzó por la mente como un rocío de agua helada. No, claro que no, no
cincuenta contra miles. Pero por Dios, de todos modos tenía que haber
montones de creechis despedazados por allí, dispersos por los campos
minados. Los creechis habían atacado en filas apretadas. Nada hubiera
podido detenerlos. Él no podía haberlo previsto. ¿De dónde habían
salido?
Durante días y días no se había visto un solo creechi merodeando
por los bosques de alrededor. Tenían que haberse desplegado desde
algún escondrijo, desde todas direcciones, arrastrándose por los
bosques, saliendo de las cuevas como ratas. No había forma de detener
a millares y millares de creechis. ¿Dónde demonios estaba el
campamento? Aabi fingía, había cambiado de rumbo, por supuesto.
—Encuentra el campamento, Aabi —dijo en voz baja.
—Por amor de Cristo, es lo que trato de hacer —dijo el muchacho.
Post, doblado allí, junto al piloto, no se había movido.
—No puede haberse esfumado, no, Aabi. Tienes siete minutos para
encontrarlo.
—Encuéntrelo usted —dijo Aabi, con voz hosca y chillona.
—No hasta que tú y Post dejéis de insubordinaros, querido. Baja un
poco ahora.
Al cabo de un minuto Aabi dijo:
—Eso parece el río.
Había un río, y un gran claro pero ¿dónde estaba el Campamento
Java? No aparecía por ninguna parte a medida que volaban hacia el
norte por encima del claro.
—Tiene que ser este, no hay ningún otro claro grande ¿no? —dijo
Aabi, volviendo a volar sobre el área sin árboles.
Los faros de aterrizaje del helicóptero refulgían, pero fuera de los
conos de luz no se veía absolutamente nada; lo mejor era apagarlos.
Davidson pasó el brazo por encima del hombro del piloto y apagó las
luces. La oscuridad húmeda, impenetrable, les azotó los ojos como
toallas negras.
—¡Por Cristo! —gritó Aabi, y encendiendo otra vez las luces giró
rápidamente el helicóptero hacia la izquierda y hacia arriba, pero no
con bastante rapidez.
Los árboles asomaron inmensos en la noche y atraparon la máquina.
Las paletas chillaron, lanzando un ciclón de hojas y ramas a través
de las sendas luminosas de los faros, pero los troncos de los árboles eran
muy recios y fuertes. La pequeña máquina alada cayó de cabeza,
pareció que se elevaba otra vez, y se hundió de costado entre los
árboles. Las luces se apagaron. Los ruidos se interrumpieron.
—No me siento muy bien —dijo Davidson.
Lo repitió, y no lo dijo más, porque no había nadie a quien
decírselo. Luego se dio cuenta de que ni siquiera lo había dicho. Se
sentía como atontado. Seguramente se había golpeado la cabeza. Aabi
no estaba allí. ¿Dónde estaba? Esto era el helicóptero; caído de costado,
pero él seguía en su asiento. La oscuridad se cerraba alrededor; era
como estar ciego. Buscó a tientas y encontró a Post, inerte, siempre
doblado, hecho un ovillo entre el asiento delantero y el tablero de
control. El helicóptero temblaba cada vez que Davidson se movía, y
entendió al fin que no estaba en el suelo sino encajado entre los árboles,
enganchado como una cometa. Ahora se sentía mejor de la cabeza y
deseaba cada vez más salir de aquella cabina oscura y peligrosamente
inclinada. Trepó al asiento del piloto y sacó las piernas afuera, colgado
de las manos, y no sintió el suelo. Solo ramas que le raspaban las piernas
suspendidas en el aire. Por último se dejó caer, sin conocer la distancia,
pero tenía que salir de esa cabina. Era poco más de un metro. La cabeza
le trepidó con el golpe, pero ahora se sentía mejor. Si al menos no
hubiese tanta oscuridad, tanta negrura. Tenía una linterna en el cinto,
siempre llevaba una cuando andaba de noche por el campamento. Pero
no estaba allí. Eso era extraño. Debía de habérsele caído. Lo mejor sería
volver al helicóptero a buscarla. Quizá Aabi se la había sacado. Aabi
había estrellado el helicóptero a propósito, le había robado la linterna a
Davidson y había huido. El pequeño y viscoso bastardo, igual a todos
los demás. El aire era negro y húmedo y uno no sabía dónde ponía el
pie, todo era raíces y arbustos y marañas. Había ruidos alrededor, agua
que goteaba, crujidos, susurros, animales pequeños que reptaban y se
escabullían en la oscuridad. Mejor volver al helicóptero, se dijo, a
buscar la linterna.
Pero no sabía qué hacer para volver a subir. El borde de la
portezuela estaba justo fuera del alcance de sus dedos.
Hubo una luz, un débil resplandor que brilló un instante y
desapareció entre los árboles.
Aabi se había llevado la linterna y había salido a explorar, a
orientarse, un muchacho muy despierto.
—¡Aabi! —llamó con un susurro penetrante.
Pisó algo extraño mientras trataba de ver de nuevo la luz. Lo pateó
con las botas, luego acercó la mano, con cautela, pues no era prudente
andar tocando cosas que no podía ver. Un montón de algo húmedo,
pegajoso, como una rata muerta. Retiró rápidamente la mano. Tanteó
en otro lugar al cabo de un momento; era una bota lo que tocaba, podía
palpar los cordones cruzados. Tenía que ser Aabi que yacía allí, justo a
sus pies. Había sido despedido del helicóptero cuando el aparato cayó.
Bueno, se lo merecía por esa tramoya de Judas, tratando de escapar a
Central. A Davidson no le gustó el tacto húmedo de las ropas y el
cabello invisibles. Se enderezó. Otra vez estaba ahí la luz, un claroscuro
recortado por los troncos negros de los árboles cercanos y distantes, un
resplandor lejano que avanzaba.
Davidson se llevó la mano a la cartuchera. El revólver no estaba allí.
Lo había tenido en la mano, por si Post y Aabi se decidían a actuar.
Ahora no lo tenía en la mano. Debía de estar en el helicóptero junto con
la linterna.
Permaneció agazapado, inmóvil; de pronto, bruscamente echó a
correr. No veía por dónde iba. Rebotaba en los troncos de los árboles y
las raíces se le enredaban en los pies. Cayó de bruces, ruidosamente
entre los arbustos. Avanzando a cuatro patas, trató de esconderse. Las
ramas húmedas, desnudas, le rozaban y arañaban la cara. Se arrastró un
poco más lejos. Tenía el cerebro totalmente ocupado por los complejos
olores a podredumbre y vegetación, a hojas muertas, a descomposición,
a renuevos y frondas y flores, los olores de la noche y de la primavera y
de la lluvia. La luz lo iluminó de pleno.
Vio a los creechis.
Recordó lo que ellos hacían cuando alguien los acorralaba, y el
comentario de Lyubov.
Se dio la vuelta poniéndose boca arriba y echó la cabeza hacia atrás,
cerrando los ojos. El corazón galopaba en su pecho.
No ocurrió nada.
Era difícil abrir los ojos, pero al cabo de un rato lo consiguió.
Seguían allí, y eran muchos: unos diez o veinte. Llevaban esas lanzas
que utilizaban para cazar, esas armas pequeñas que parecían de juguete,
pero las hojas de hierro afiladas podían perforarle a uno las tripas.
Cerró los ojos y permaneció tendido en la misma posición.
Y no pasaba nada.
Su corazón se había calmado, y le pareció que ahora podía pensar
mejor. Algo se agitó dentro de él, algo que era casi una risa. Por Dios,
¡los creechis no podían con él! Si sus propios hombres le habían
traicionado, y si ya la inteligencia humana no podía hacer nada por él,
entonces recurría a la artimaña que ellos mismos utilizaban, se hacía el
muerto así, y despertaba en ellos ese reflejo instintivo que les impedía
matar a nadie que estuviera en esa postura. Y allí seguían, a su alrededor
cuchicheando entre ellos. No podían hacerle daño. Era como si fuese un
dios.
—Davidson.
Tuvo que abrir nuevamente los ojos. La antorcha de resina que
llevaba uno de los creechis ardía aún, pero parecía más pálida, y el
bosque era más gris ahora, ya no renegrido. ¿Qué había pasado?
Habían transcurrido apenas cinco o diez minutos. La visibilidad era
todavía escasa, pero ya no era de noche. Distinguía las hojas y las ramas,
el bosque. Reconoció la cara que le miraba desde arriba. En la
penumbra sin matices del amanecer, era un rostro incoloro. Las
facciones marcadas por cicatrices parecían las de un hombre. Los ojos
eran agujeros sombríos.
—Déjame levantar —dijo repentinamente Davidson con voz ronca,
estridente.
Tendido allí, en el suelo húmedo, tiritaba de frío. No podía seguir
acostado mientras Selver le miraba desde arriba.
Selver tenía las manos vacías, pero muchos de los pequeños
demonios que le rodeaban no solo llevaban lanzas sino también
revólveres. Robados de la armería del campamento, sin duda. Se
incorporó con dificultad. Las ropas le colgaban, heladas, de los
hombros y del dorso de las piernas, y no podía dejar de temblar.
—Hazlo de una vez —dijo—. ¡Rápido-volando!
Selver lo miró. Ahora, por fin, tenía que levantar la vista, muy
arriba, para encontrar los ojos de Davidson.
—¿Quiere que lo mate ahora? —preguntó.
Por supuesto, había aprendido a hablar de esta manera gracias a
Lyubov; hasta por la voz, podía haber sido Lyubov el que hablaba. Era
macabro.
—Puedo elegir, ¿no?
—Bueno, usted ha estado tendido toda la noche como pidiendo que
le dejásemos vivir.
»¿Quiere morir ahora?
El dolor en la cabeza y en el estómago, y el odio que sentía por ese
horrible monstruo diminuto que hablaba como Lyubov y que le tenía a
su merced, esa combinación de dolor y de odio le revolvieron el
estómago, sintió náuseas y estuvo a punto de vomitar.
Temblaba de frío. Trató de juntar valor. De pronto dio un paso
adelante y le escupió a Selver en la cara.
Hubo una pequeña pausa, y entonces Selver, con una especie de
paso de danza, le escupió a Davidson. Y rompió a reír. Y no hizo
ningún movimiento para matar a Davidson.
Davidson se limpió de los labios el frío escupitajo.
—Mire, capitán Davidson —dijo el creechi con esa vocecita
tranquila, que a Davidson le producía vértigo y repugnancia—, los dos
somos dioses, usted y yo. Usted es un dios demente, y yo no sé si estoy
cuerdo o no. Pero somos dioses. Nunca habrá en el bosque un
encuentro semejante; como es costumbre entre dioses, nos hemos traído
regalos. Usted me trajo un don, la posibilidad de matar a seres de mi
misma especie, el homicidio. Ahora, hasta donde me es posible, yo le
ofrezco a usted el don de mi pueblo, que es el de no matar. Creo que a
cada uno de nosotros le pesará cargar con el regalo del otro. Sin
embargo, usted tendrá que cargarlo solo. La gente en Eshsen me dice
que si le llevo allí, le juzgarán y le matarán, pues así lo exige la ley. Por
eso, porque deseo darle vida, no puedo llevarle a Eshsen con los otros
prisioneros; y no puedo dejarle en el bosque; es usted demasiado
dañino. De manera que será tratado como uno de los nuestros cuando
se vuelve loco. Será llevado a Rendlep, donde ya no habita nadie y allí
se quedará.
Davidson miraba al creechi, no podía sacarle los ojos de encima. Era
como si ejerciese sobre él un poder hipnótico. Y eso no lo podía
soportar. Nadie tenía sobre él ningún poder. Nadie podía hacerle daño.
—Tenía que haberte roto el pescuezo, directamente, el día que
intentaste atacarme —dijo, la voz todavía espesa y ronca.
—Tal vez hubiera sido lo mejor —respondió Selver—. Pero Lyubov
se lo impidió. Como ahora me impide que le mate. La matanza ha
terminado. Y el talado de los árboles. No quedan árboles para talar en
Rendlep. Es el lugar que ustedes llaman Isla Dump. Ustedes no dejaron
allí un solo árbol, de modo que no podrá construirse un bote y escapar.
Ya no crece allí casi nada, y tendremos que mandarle víveres y leña para
calentarse. No hay nada que se pueda matar en Rendlep. Ni árboles, ni
gente. Había árboles, había gente, pero ahora solo quedan allí los
sueños de todos ellos. Me parece un lugar apropiado para que usted
viva en él, ya que debe vivir. Allí tal vez aprenda a soñar, pero es más
probable que siga con su locura hasta sus últimas consecuencias.
—Mátame ahora y acaba de una vez con este ensañamiento.
—¿Qué le mate? —dijo Selver y los ojos alzados hacia Davidson
parecieron relampaguear, clarísimos y terribles, en la media luz del
bosque—. Yo no puedo matarle, Davidson. Usted es un dios. Tendrá
que hacerlo usted mismo.
Dio media vuelta y echó a andar, ligero y veloz, y a los pocos pasos
desapareció entre los árboles grises.
Un lazo corredizo se deslizó por encima de la cabeza de Davidson y
se le cerró alrededor del cuello. Unas lanzas pequeñas se le acercaron
por los flancos y la espalda.
No trataban de hacerle daño. Podía echar a correr, huir, y ellos no le
matarían. Las hojas de las lanzas eran pulidas, afiladas, como navajas. El
lazo corredizo tironeaba apretándole el cuello. Los siguió adonde lo
conducían.

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