El nombre del mundo es bosque / Capítulo 6 / Ciclo de Hainish




Hola grupo, traigo más material sobre Úrsula K. Le Guin y su saga de novelas. Gracias al aporte de @Misstherya tenemos completa la saga conocida como "Ciclo de Hainish".

En esta entrada, todas las novelas y su sinopsis para quienes deseen leerlas en orden. Tengan en cuenta que también se pueden leer de forma independiente.


1. El mundo de Rocannon (1966).
2. Planeta de exilio (1966).
3. La ciudad de las ilusiones (1967).
4. La mano izquierda de la oscuridad (1969).
5. Los desposeídos (1974).
6. El nombre del mundo es bosque (1976).
7. Cuatro caminos hacia el perdón (1995).
8. El relato (2000).

Algunas de estas obras las habíamos subido en una entrada anterior, pero se imaginarán que quería tenerlas en orden y todas juntas, así que alguna información se va a repetir.

Cada sinopsis trae una aclaración del orden cronológico, y del orden que ocupa en 2 sagas diferentes. En un momento me perdí completamente en esas referencias, ya que no sigo la bibliografía de la autora. Así que si hay errores, agradecería que me avisen.

Todas las lecturas están disponibles en nuestra Biblioteca Virtual de Lapocalipsi y cada nombre tiene el correspondiente link. ¿Excelente servicio✰✰✰✰✰? Pues sí. 


Hainish 01 - El mundo de Rocannon

3° libro cronológico y 1° en publicación del ciclo Hainish

Un etnólogo de origen terrestre, único superviviente de una expedición científica en un extraño planeta poblado por diversas razas inteligentes (y otras que imitan la inteligencia de modo aterrador), se ve obligado a adentrarse en las zonas más inhóspitas de este mundo sin nombre para hacer frente a una amenaza que puede poner en peligro a toda la galaxia.





4° libro cronológico y 2° en publicación del ciclo Hainish1° libro cronológico de Ekumen

En el «planeta Eltanin», una colonia de terráqueos de la Liga Planetaria está al borde de la extinción debido a las duras condiciones de vida del planeta y a una amenaza inesperada. No tienen otros vecinos que los nómadas primitivos, que, aunque temen a los terrestres, se instalan en las cercanías de la colonia durante los crueles inviernos que duran quince años. En el invierno que se avecina, un riesgo hasta ahora desconocido se cierne sobre todos ellos. Las hordas bárbaras del norte, los criminales espectros de la nieve, se acercan a la colonia, y si los terrestres no se unen a los nómadas, superando seis siglos de desconfianzas, éste puede ser el último invierno para todos ellos.



El protagonista de esta dramática novela es un hombre maduro, que se encuentra de pronto solo en una espesa floresta, y no puede llegar a saber de dónde ha venido, o quién es. Los ojos de este hombre no son humanos. Las gentes del bosque lo cuidan como si se tratara de un niño, le enseñan a hablar y le transmiten todo lo que saben. Pero nadie puede resolver el enigma de su pasado, y al fin él tiene que partir en una peligrosa búsqueda. Cuando, por último, llegue a la ciudad de Es Toch, encontrará su verdadera identidad y entrará en un peligroso universo.




6° libro cronológico y 4° en publicación del ciclo Hainish
3° libro cronológico de Ekumen
«Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación.» Así comienza su relato Genly Ai, enviado al planeta Gueden, también llamado Invierno por su gélido clima, con el propósito de contactar con sus habitantes y proponerles unirse a la liga de planetas conocida como el Ekumen. Los guedenianos tienen una particularidad que los hace únicos: son hermafroditas, y adoptan uno u otro sexo exclusivamente en la época de celo, denominada kémmer. En Invierno, Ai conoce a Estraven, un alto cargo que le mostrará cuán diferente puede llegar a ser una sociedad donde no existe una diferenciación sexual. Una consistente y extraordinaria visión imaginativa que nos transmite una enseñanza verdaderamente ecuménica, mas allá del racismo y el sexismo.


Hainish 05 - Los desposeídos
1° libro cronológico y 5° en publicación del ciclo Hainish
Los desposeídos narra la historia de Shevek, un físico brillante que vive en Anarres, un planeta aislado y "anarquista", y que decide emprender un insólito viaje al planeta madre, Urras, en el que impera el "propietario". Shevek cree por encima de todo que los muros del odio, la desconfianza y las ideologías, que separan su propio planeta del resto del mundo civilizado, tienen que ser derribados. En este contexto Ursula Le Guin explora hábilmente algunos de los problemas más urgentes de nuestro tiempo: la posición de la mujer en distintas estructuras sociales, la complejidad de las relaciones humanas, los méritos y promesas del socialismo y el anarquismo, las perspectivas del idealismo político en el mundo actual.

Hainish 06 - El Nombre Del Mundo Es Bosque.

2° libro cronológico y 7° en publicación del ciclo Hainish
Nos encontramos con los habitantes de Athshe, unos pequeños, verdes y peludos humanoides de comportamiento sosegado y contemplativo, que conviven en armonía total con la naturaleza. Su filosofía de vida, que tiene mucho del orientalismo que tanto le gusta a la escritora, está completamente determinada por los abundantes bosques que pueblan su mundo. Pero esos mismos bosques también serán muy importantes para un destacamento de terranos que acudirán al planeta para convertirlo en una colonia maderera. Los terranos explotan a los nativos y comienzan a arrasar la vegetación para conseguir campos de cultivo, con el subsiguiente enfado de los nativos. 
La narración nos lleva inmediatamente al momento de la revuelta.




9° libro cronológico y 9° en publicación del ciclo Hainish
6° libro de Ekumen
En un mundo donde toda la humanidad está dividida en `bienes` y `propietarios`, donde tradición y liberación se entienden como términos contrapuestos y las mujeres son esclavas de esclavos, la libertad toma muchas formas: conocimiento, amor, compasión o coraje.

Los planetas Werel y Yeowe, en los extremos del universo, albergan una sociedad compleja y perturbadora, en la que unos pocos e inolvidables personajes luchan por llegar a ser plenamente humanos. En esos mundos remotos -que se parecen mucho al nuestro- no hay preguntas insignificantes ni tampoco fáciles respuestas.




10° libro cronológico y 10° en publicación del ciclo Hainish
7° libro de Ekumen

¿De qué va El Relato? Pues a grandes rasgos, trata de una observadora Terrana del Ecumen que es enviada a buscar la poesía e historia de un planeta que ha decidido renegar de todo su pasado y destruir como herejía todo aquello que son sus raíces tras el sueño loco de alcanzar las estrellas. Una pequeña hindú llamada Sutty, una chica proveniente de un planeta Tierra azotado por el absolutismo religioso, un planeta radicalizado donde se persigue y condena todo lo diferente a la corriente oficial de pensamiento. Y por cuestiones espacio temporales Sutty termina estudiando la lengua y escritura de un planeta que, cuando ella logra llegar a él, ha desterrado de sus anales toda escritura, toda poesía, toda historia. Un planeta donde el sistema oficial ha rechazado toda clase de pensamiento filosófico, toda clase de poesía o religión, lo mismo que ha vivido Sutty, pero desde el otro lado del espejo. ¿Qué hace una literata en un país donde la poesía y literatura han sido sustituídos por propaganda? En un lugar donde la uniformidad de pensamiento es tan plana como el encefalograma de un cadáver.

¡Logrado! Tenemos la saga completa. Les dejo el capítulo 6 de El nombre del mundo es bosque. Aunque en la realidad ya estamos leyendo el libro de marzo, este blog quiere estar completito.
En el capítulo anterior, acompañamos los pensamientos de Lyubov. Bien diferente a Davidson y su agresividad, Lyubov quiere la paz con los athshianos. Sin embargo el capítulo termina con una nueva rebelión violenta. Bien por ellos.

Flor.-

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Capítulo 6

No hubo cantos esa noche; solo gritos y silencio. Cuando las naves
voladoras empezaron a arder, Selver sintió que habían triunfado,
y las lágrimas le vinieron a los ojos, pero ninguna palabra le vino
a la boca. Se alejó en silencio, el lanzallamas pesándole en los brazos,
para guiar a su grupo de regreso a la ciudad.
Cada grupo de gente venida del oeste y del norte era capitaneado
por un exesclavo como él, alguien que había servido a los yumenos en
Central y conocía los edificios y las costumbres de la ciudad.
La mayor parte de los que habían participado en el ataque esa noche
no había visto nunca la ciudad yumena; muchos de ellos no habían visto
nunca a un yumeno. Habían venido porque seguían a Selver, porque
eran impulsados por el mal sueño y solo Selver podía enseñarles a
dominarlo. Eran centenares y centenares, hombres y mujeres; habían
aguardado en profundo silencio a las orillas de la ciudad, mientras los
exesclavos, en grupos de dos o de tres, hacían lo que consideraban más
urgente: romper el acueducto, cortar los cables de distribución eléctrica
desde la Central Hidroeléctrica, penetrar por la fuerza en el Arsenal y
robar las armas. Las primeras muertes, las de los guardias, habían sido
silenciosas, consumadas con armas de caza, lazos corredizos, cuchillos,
flechas, rápidamente, en la oscuridad. La dinamita, robada aquella
misma noche en el campamento de leñadores, quince kilómetros al sur,
fu
e preparada en el Arsenal, el subsuelo del edificio del cuartel general,
mientras provocaban incendios en otros sitios, y luego estalló la alarma
y crepitaron las llamas y huyeron a la noche y el silencio. La mayor
parte del estrépito y de los estampidos de la metralla provenía de los
yumenos al defenderse, pues solo los exesclavos habían sacado armas
del Arsenal y las utilizaban; todos los demás se valían de sus lanzas,
cuchillos y arcos. Pero fue la dinamita, preparada y encendida por
Reswan y otros que habían trabajado en el pabellón de esclavos del
campamento de leñadores, lo que produjo el ruido que dominó a todos
los demás ruidos, y voló las paredes del edificio del cuartel general y
destruyó los hangares y las naves.
Había unos mil setecientos yumenos en la ciudad esa noche, y de
ellos unos quinientos eran mujeres; se sabía que en ese momento todas
las mujeres yumenas estaban en la ciudad, y por esa razón Selver y sus
compañeros habían decidido actuar en seguida, aunque todavía no
había llegado toda la gente que deseaba participar. Entre cuatro y cinco
mil hombres y mujeres habían acudido a través de los bosques al
Cónclave de Endtor, y de allí a este lugar, a esta noche.
Las llamas crepitaban, inmensas, y el olor a quemado y a carnicería
era nauseabundo.
Selver tenía la boca seca y le dolía la garganta; no podía hablar, y
necesitaba un sorbo de agua. Cuando guiaba su grupo por el callejón
central de la ciudad, un yumeno corrió hacia él, una figura inmensa y
amenazante en la cerrazón y el resplandor del aire ennegrecido. Selver
levantó el lanzallamas y oprimió la lengüeta, en el preciso instante en
que el yumeno resbalaba en el barro y caía a sus pies. Ningún chorro de
llama brotó siseante del aparato; la carga se le había agotado mientras
incendiaba las aeronaves que no estaban en el hangar. Selver dejó caer la
pesada máquina. El yumeno no llevaba armas, y era hombre. Selver
llegó a decir:
—Dejadle escapar.
Pero la voz le flaqueó, y dos athshianos, cazadores de los Páramos
de Abtam, se le habían adelantado de un salto mientras hablaba,
empuñando unos largos cuchillos. Las manos grandes, desnudas,
oprimieron el aire y cayeron blandamente. El gran cuerpo se desplomó
hecho un ovillo en el camino. Había muchos otros cadáveres tendidos
allí, en lo que fuera el centro de la ciudad. Las llamas crepitaban, y ya
casi no se oía otro ruido.
Selver despegó los labios y gritó roncamente la llamada que pone fin
a la caza; los que iban con él lo repitieron en voz más clara y firme, en
un falsete sostenido; otras voces respondieron, cercanas y lejanas, en
medio de la niebla y el humo y la oscuridad de la noche interrumpida
de tanto en tanto por súbitas y rugientes llamaradas. En vez de
abandonar inmediatamente la ciudad al frente del grupo, Selver les
indicó que siguieran caminando, y se desvió entrando en un terreno
fangoso entre el sendero y un edificio que se había quemado y
desmoronado. Cruzó por encima del cadáver de una yumena y se
inclinó sobre otro que yacía bajo una gran viga de madera carbonizada.
No podía verle el rostro, oscurecido por el fango y las sombras.
No era justo; no era necesario; no tenía por qué haber mirado a
aquel, entre tantos muertos. No tenía por qué haberlo reconocido en la
oscuridad. Echó a andar detrás del grupo. De pronto se volvió; con
mucho esfuerzo retiró la viga de la espalda de Lyubov; se arrodilló,
deslizando una mano debajo de la pesada cabeza, que ahora parecía
descansar más cómodamente, la cara separada del suelo; así permaneció,
de rodillas, inmóvil.
Hacía cuatro días que no dormía, ni había tenido tiempo de soñar en
muchos más… ya no sabía cuántos. Había actuado, hablado, viajado,
planeado noche y día, desde que dejaran Brotor, él y la gente de Cadast.
Había ido de ciudad en ciudad hablando a los pueblos de los bosques,
explicándoles aquella cosa nueva, despertándolos del sueño al mundo,
preparando la acción de esta noche, hablando, siempre hablando, y
escuchando hablar a otros, nunca en silencio y jamás solo. Ellos lo
habían escuchado y habían decidido seguirlo, seguir el nuevo camino.
Habían aprendido a tocar con las manos el fuego que tanto temían,
habían aprendido a dominar el mal sueño: y lanzaron sobre el enemigo
la muerte que tanto temían. Todo se hizo tal como dijera Selver. Todo
había ocurrido tal como él había anunciado. Los albergues y muchas
viviendas de los yumenos fueron quemados, las naves voladoras
incendiadas o destrozadas, las armas robadas o destruidas; y las
hembras estaban muertas. Los incendios empezaban a extinguirse, la
noche crecía negra e impenetrable, saturada de un humo pestilente.
Selver apenas veía; alzó los ojos hacia el este, preguntándose si pronto
llegaría la aurora. Arrodillado allí en el barro entre los muertos pensó:
Este es el sueño, ahora el mal sueño. Creí que yo manejaba el sueño
pero él me maneja a mí.
En el sueño, los labios de Lyubov se movieron apenas contra la
palma de su propia mano; Selver miraba hacia abajo y veía abiertos los
ojos del muerto. El resplandor ya mortecino de las llamas brillaba en la
superficie de aquellos ojos. Un momento después Lyubov pronunció el
nombre de Selver.
—Lyubov, ¿por qué te quedaste aquí? Te dije que salieras de la
ciudad esta noche.
Así habló Selver en sueños, con aspereza, como si estuviese
enfadado con Lyubov.
—¿Eres tú el prisionero? —dijo Lyubov débilmente sin levantar la
cabeza, pero con una voz tan natural que Selver supo por un instante
que aquel no era el tiempo-sueño sino el tiempo-mundo, la noche del
bosque—. ¿O yo?
—Ninguno de los dos, o ambos ¿cómo puedo saberlo? Todas las
máquinas y aparatos están quemados. Todas las mujeres están muertas.
Dejamos escapar a los hombres, si querían escapar. Les dije que no
incendiaran tu casa, los libros han de quedar intactos.
»Lyubov, ¿por qué no eres como los otros?
—Soy igual que ellos. Un hombre. Como ellos. Como tú.
—No. Tú eres diferente…
—Soy como ellos. Y tú también. Escúchame, Selver. No sigas. No
sigas matando hombres. Tienes que volver… a tus… a tus propias
raíces.
—Cuando tu pueblo se haya marchado, entonces el sueño cesará.
—Ahora —dijo Lyubov, tratando de levantar la cabeza, pero tenía la
espalda rota.
Miró a Selver y abrió la boca para hablar. Pero la mirada había
desaparecido, ahora escudriñaba el otro tiempo, y los labios seguían
entreabiertos, y mudos. El aliento le silbaba ligeramente en la garganta.
Estaban llamando a Selver por su nombre, muchas voces lejanas,
llamando una y otra vez.
—¡No puedo quedarme contigo, Lyubov! —dijo Selver llorando, y
al no obtener respuesta se incorporó e intentó correr.
Pero en la oscuridad del sueño solo podía avanzar lentamente. El
Espíritu del Fresno caminaba delante de él, más alto que Lyubov o que
cualquier yumeno, sin volver hacia él la máscara blanca. Y mientras se
alejaba, Selver le hablaba a Lyubov.
—Volveré —le decía—. Todos volveremos. ¡Te lo prometo, Lyubov!
Pero su amigo, el bondadoso, el que le había salvado la vida y le
traicionara el sueño, Lyubov, no respondía. Caminaba por algún lugar
de la noche cerca de Selver, invisible, y silencioso como la muerte.
Un grupo de gente de Tuntar encontró a Selver vagando en la
oscuridad, llorando y hablando, dominado por el sueño; lo llevaron en
seguida de regreso a Endtor.
Allí, en el improvisado Albergue, una tienda a la orilla del río, yació
desvalido y delirante dos días y dos noches, atendido por los Ancianos.
Durante todo ese tiempo seguía llegando gente a Endtor, y volvía a
marcharse, regresaba al Lugar de Eshsen que antes fuera Central, para
sepultar allí a los muertos propios y a los ajenos; de los propios más de
trescientos, de los ajenos más de setecientos. Había unos quinientos
yumenos encerrados en los corrales de los creechis, que al estar vacíos y
apartados no habían sido alcanzados por el fuego. Otros tantos habían
huido, y algunos de estos buscaron refugio en los campamentos de
leñadores situados más al sur, que no habían sido atacados; aquellos que
todavía se escondían y erraban por los bosques o las Tierras Mutiladas
eran perseguidos día y noche. A veces los mataban porque muchos de
los cazadores más jóvenes aún seguían oyendo la voz de Selver que les
gritaba «¡Matadlos!». Otros habían dejado atrás la noche de la matanza
como si fuese una pesadilla, el mal sueño que ha de ser comprendido
para que no se repita; y estos, al encontrarse frente a un yumeno
sediento y exhausto escondido entre la maleza, no podían matarle.
Entonces tal vez el yumeno los mataba a ellos. Había grupos de diez y
veinte yumenos armados con hachas y fusiles, si bien a pocos les
quedaban municiones; a estos grupos los athshianos les seguían el
rastro, y cuando les tenían cercados en los bosques en número
suficiente los capturaban y los llevaban otra vez a Eshsen. Todos fueron
capturados al cabo de dos o tres días, pues esa región de Sornol era un
hervidero de habitantes de los bosques; nunca en la memoria de ningún
hombre se había congregado en un solo lugar ni la décima parte de la
gente que había ahora; algunos seguían llegando aún de pueblos
distantes y otros Continentes, unos empezaban ya a regresar a las
ciudades. Los yumenos capturados fueron encerrados en los corrales
junto con los otros, pese a que ya estaban colmados y las barracas eran
demasiado pequeñas para los yumenos. Dos veces por día les daban
agua y comida, y un par de centenares de cazadores armados los
custodiaba a toda hora.
En la tarde siguiente a la Noche de Eshsen, un avión apareció
atronando desde el este y descendió como si fuese a aterrizar, luego alzó
el vuelo como un ave de rapiña que ha errado su presa, y voló en círculo
sobre el desmantelado campo de aterrizaje, la ciudad todavía humeante,
y las Tierras Mutiladas. Reswan se había encargado de destruir todas las
radios, y fue tal vez el silencio de las radios lo que atrajo a la aeronave
desde Kushil o Rieshwel donde había tres pequeñas poblaciones
yumenas. Los prisioneros se precipitaron fuera de las barracas y
gritaban a la máquina cada vez que pasaba atronando por encima de sus
cabezas; arrojó un objeto, en un pequeño paracaídas, dentro del corral;
por último, zumbando, se perdió en el cielo.
En Athshe quedaban ahora cuatro naves aladas semejantes; tres en
Kushil y una en Rieshwel, todas de tamaño pequeño, con capacidad
para cuatro hombres; también tenían ametralladoras y lanzallamas, y
eran una grave preocupación para Reswan y los otros, mientras que
Selver yacía perdido para ellos, transitando por los caminos crípticos
del otro tiempo.
Despertó al tiempo-mundo en el tercer día, flaco, mareado,
hambriento y silencioso. Se bañó en el río y comió, y luego escuchó a
Reswan y a la matriarca de Berre y a los otros elegidos como jefes. Ellos
le contaron lo que había sucedido en el mundo mientras él dormía.
Selver escuchó, y los miró uno a uno, y ellos vieron al dios en él. En la
repulsión y el temor que habían seguido a la Noche de Eshsen algunos
llegaron a dudar. Tenían sueños turbulentos de sangre y fuego; pasaban
el día entero rodeados por extraños, gente venida de todos los confines
de los bosques, en centenares, en millares, todos se precipitaban a este
lugar como cuervos sobre la carroña, todos desconocidos entre sí; y les
parecía que había llegado el Fin, que nada volverá a ser como antes, que
nada estaría bien de nuevo. Pero en presencia de Selver recordaron el
propósito, y la angustia que los dominaba se calmó, y esperaron a que
hablase.
—La matanza ha terminado —dijo—. Aseguraos de que todo el
mundo lo sepa. —Los miró uno a uno—. Tengo que hablar con los del
corral. ¿Quién los dirige allí?
—Pavo, Pieplano, Ojosllorosos —dijo Reswan, el exesclavo.
—¿Pavo vive? Bien. Ayúdame a levantarme, Greda, noto los huesos
blandos…
Cuando llevaba un rato levantado, se sintió más fuerte, y una hora
después se ponía en marcha hacia Eshsen, a dos horas de camino de
Endtor.
Cuando llegaron, Reswan trepó por una escalera apoyada contra el
muro del pabellón y gritó en la jerga que se les enseñaba a los esclavos:
—¡Dong-venir-puerta, rápido-volando!
Allá abajo en los pasillos que separaban las achaparradas barracas de
cemento, algunos de los yumenos le gritaron y le arrojaron cascotes de
tierra. Reswan desapareció y esperó.
El viejo coronel no apareció, pero Gosse, a quien ellos llamaban
Ojosllorosos, salió cojeando de una cabaña y llamó a Reswan:
—El coronel Dongh está enfermo, no puede salir.
—¿Enfermo de qué?
—Intestinos, enfermo por el agua. ¿Qué quieres?
—Hablar-hablar. Mi señor dios —dijo Reswan en su propia lengua,
mirando a Selver—, el Pavo se esconde, ¿quieres hablar con
Ojosllorosos?
—Está bien.
—¡Vigilad la puerta, arqueros! A la puerta, señor Gosse, ¡rápidovolando!
La puerta se abrió apenas el espacio y el tiempo suficiente para que
Gosse pudiera escurrirse afuera. Se detuvo, solo, frente al grupo de
Selver. Se apoyaba con precaución en una pierna, herida en la Noche de
Eshsen. Vestía un pijama andrajoso, sucio de barro y empapado por la
lluvia. El cabello gris le caía liso alrededor de las orejas y sobre la frente.
Dos veces más alto que sus captores, se mantenía muy tieso, y les
observaba con temeraria, indignada consternación.
—¿Qué quieres?
—Tenemos que hablar, señor Gosse —dijo Selver, que había
aprendido de Lyubov el inglés común—. Soy Selver del Fresno de
Eshreth. Soy amigo de Lyubov.
—Sí, te conozco. ¿Qué tienes que decir?
—Tengo que decir que la matanza ha terminado, si puede haber una
promesa respetada por la gente de usted y por mi pueblo. Todos ustedes
podrán quedar en libertad, si todos los hombres de los campamentos de
leñadores de Sornol del Sur, Kushil y Rieshwel se concentran y se
quedan aquí juntos. Ustedes pueden vivir aquí donde el bosque está
muerto, donde ustedes cultivan sus cereales. No habrá más talado de
árboles.
Ahora la expresión de Gosse era de ansiedad.
—¿Los campamentos no fueron atacados?
—No.
Gosse no dijo nada. Selver lo miró, y volvió a hablar:
—De los hombres de usted, quedan menos de dos mil con vida, creo
yo. Las mujeres han muerto todas. En los otros campamentos todavía
hay armas; ustedes podrían matar a muchos de los nuestros. Pero
nosotros tenemos algunas armas. Y somos más de los que ustedes
podrían matar. Supongo que lo saben, y que por eso no han tratado de
que las naves voladoras les trajeran lanzallamas, para matar a los
guardias y huir. Sería inútil; somos realmente muchos. Si lo prometen,
junto con nosotros, será para bien de todos, y entonces podrán esperar
sin peligro hasta que llegue una de sus Grandes Naves, y podrán
marcharse del mundo. Esto será dentro de tres años, creo.
—Sí, tres años locales… ¿Cómo lo sabes?
—Bueno, los esclavos tienen oídos, señor Gosse.
Gosse lo miró al fin abiertamente. Desvió los ojos, se movió,
intranquilo, trató de acomodar la pierna lastimada. Volvió a mirar a
Selver, y de nuevo desvió los ojos.
—Nosotros ya habíamos «prometido» no hacer daño a ninguno de
tu pueblo. Por eso dejamos en libertad a los trabajadores. No sirvió de
nada, no escuchasteis.
—No nos prometieron nada a nosotros.
—¿Cómo podemos llegar a un acuerdo o un pacto con un pueblo
que no tiene gobierno, sin una autoridad central?
—No lo sé. No estoy seguro de que ustedes sepan lo que es una
promesa. La quebrantaron pronto.
—¿Qué quieres decir? ¿Por quiénes? ¿Cómo?
—En Rieshwel, Nueva Java. Hace catorce días. Unos yumenos del
Campamento de Rieshwel incendiaron una población y mataron a los
habitantes.
—Eso no es cierto. Estuvimos en contacto radial directo con Nueva
Java todo el tiempo, hasta la masacre. Nadie mató a los nativos allí, ni
en ningún otro sitio.
—Usted dice la verdad que conoce —dijo Selver—, yo la verdad que
conozco. Acepto que ignore la matanza en Rieshwel, y usted acepte que
yo le diga que hubo una matanza.
»Esto queda en pie: la promesa será hecha a nosotros y con
nosotros, y será respetada.
»Quizá usted quiera discutir estas cuestiones con el coronel Dongh
y los demás.
Gosse hizo un movimiento como si fuese a entrar en el pabellón, y
en seguida se volvió y dijo con su voz ronca, profunda:
—¿Quién eres tú, Selver? ¿Fuiste tú… fuiste tú quien organizó el
ataque? ¿Tú los dirigiste?
—Sí, fui yo.
—Entonces toda esta sangre pesa sobre tu cabeza —dijo Gosse, con
una ferocidad repentina—, y también la de Lyubov, sabes, Lyubov, tu
amigo… está muerto.
Selver no comprendió la expresión. Había aprendido a asesinar, pero
de la culpa poco sabía fuera del nombre. Vio la mirada fría, resentida de
Gosse, y sintió miedo. Se estremeció; un frío mortal le subió por el
cuerpo. Trató de alejarlo cerrando un momento los ojos. Por último
dijo:
—Lyubov es mi amigo, y por eso no está muerto.
—Vosotros sois niños —dijo Gosse con odio—. Niños salvajes. No
tenéis noción de la realidad. ¡Esto no es sueño, esto es real! ¡Tú mataste
a Lyubov! Ahora está muerto. Tú mataste a las mujeres, las mujeres, ¡tú
las quemaste vivas, las descuartizaste como animales!
—¿Tendríamos que haberlas dejado vivir? —preguntó Selver con
igual vehemencia, pero con voz más suave, un poco cantarina—. ¿Para
que procreasen como insectos en el capullo del Mundo? ¿Para que nos
aplastaran? Las matamos para esterilizarlos a ustedes. Sé lo que es la
realidad, señor Gosse. Lyubov y yo hemos hablado de esas palabras. Un
hombre con sentido de la realidad es aquel que conoce el mundo y que
también conoce sus propios sueños. Ustedes no son sanos: no hay entre
ustedes un solo hombre que sepa soñar. Ni siquiera Lyubov, y él era el
mejor. Ustedes duermen, se despiertan y olvidan lo que han soñado, y
vuelven a dormir y a despertar, y así transcurre para ustedes toda la
vida, ¡y creen que eso es la existencia, la vida, la realidad! Ustedes no
son niños, son adultos, pero dementes. Y por eso tuvimos que matarles,
antes que nos enloquecieran a nosotros. Ahora vuelva y hable de la
realidad con los otros locos. ¡Hable largo, y bien!
Los guardias abrieron la puerta, amenazando con sus lanzas a los
yumenos que se amontonaban en el interior; Gosse volvió a entrar en el
pabellón, los anchos hombros encorvados como amparándose de la
lluvia.
Selver estaba muy cansado. La matriarca de Berre y otra mujer se le
acercaron y caminaron con él; se apoyó en los hombros de las mujeres
para no caer si tropezaba. La joven cazadora Greda, una prima de su
mismo Árbol, bromeaba con él, y Selver le respondía como
atolondrado, riendo. La caminata de regreso a Endtor pareció durar
días y días.
Estaba demasiado fatigado para comer. Bebió un poco de caldo
caliente y se tendió a descansar junto a la Hoguera de los Hombres.
Endtor no era una población sino un simple campamento a orillas del
gran río, un lugar de pesca favorito de todas las ciudades que habían
existido alguna vez en los bosques de alrededor, antes de la llegada de
los yumenos. Allí no había Albergue. Dos fogones circulares de piedra
negra y una larga ribera tapizada de hierbas donde se podía instalar las
tiendas de cuero y junco trenzado, eso era Endtor. Allí el río Menend,
el río más caudaloso de Sornol, hablaba incesantemente en el mundo y
en el sueño.
Había muchos ancianos junto al fuego, algunos que Selver conocía
de Brotor y Tuntar y Eshreth, su ciudad destruida, algunos que no
conocía; podía ver en sus ojos y sus gestos, y oír en sus voces, que eran
Grandes Soñadores; quizá nunca y en ningún sitio se habían reunido
antes tantos soñadores. Tendido en el suelo, la cabeza apoyada en las
manos, la mirada en las llamas, Selver dijo:
—He llamado locos a los yumenos. ¿También yo estoy loco?
—Tú no distingues un tiempo de otro —dijo el viejo Tubab,
empujando una piña hacia la hoguera— porque hace demasiado tiempo
que no sueñas ni dormido ni despierto. El precio de eso es caro de
pagar.
—Los venenos que toman los yumenos producen un efecto muy
semejante al del no dormir y no soñar —dijo Heben, que había sido
esclavo en Central y en el Campamento Smith—. Los yumenos se
envenenan para poder soñar. Yo vi las caras de los soñadores después de
tomar los venenos. Pero ellos no podían llamar a los sueños, ni
gobernarlos, ni entretejerlos, ni modelarlos, ni dejar de soñarlos; eran
arrastrados, dominados por los sueños. Lo mismo le ocurre a un
hombre que no ha soñado durante muchos días. Aunque sea el más
sabio de su Albergue, igual estará loco, de vez en cuando, por
momentos, y durante mucho tiempo después de esa experiencia. Será
arrastrado, esclavizado. No se comprenderá a sí mismo.
Un anciano muy venerable con el acento de Sornol del Sur puso la
mano en el hombro de Selver, lo acarició, y dijo:
—Mi amado y joven dios, lo que tú necesitas es cantar, eso te haría
bien.
—No puedo. Canta por mí.
El anciano cantó; otros se unieron a él, las voces tenues y, aflautadas,
casi disonantes, como el viento que soplaba en los cañaverales de
Endtor. Cantaron una de las canciones del Fresno, que hablaba de las
hojas delicadas que amarillean en otoño cuando las bayas se ponen
rojas, y una noche las platea la primera escarcha.
Mientras Selver escuchaba la canción del Fresno, Lyubov yacía
junto a él. Así, acostado, no parecía tan monstruosamente alto y grande
de miembros. Detrás asomaba el edificio semidesmoronado, destripado
por el fuego, negro contra las estrellas.
—Soy como tú —decía, sin mirar a Selver, con esa voz de los sueños
que trata de revelar su propia irrealidad—. Me duele la cabeza —dijo
Lyubov con su voz natural, frotándose la nuca como lo hacía siempre, y
entonces Selver extendió el brazo para tocarlo, para consolarlo.
Pero en el tiempo-mundo Lyubov era sombra y resplandor de
llamas, y los ancianos estaban cantando la canción del Fresno, las
florecillas blancas en las ramas negras, en primavera, entre las hojas.
Al día siguiente los yumenos prisioneros en el pabellón quisieron
hablar con Selver.
Selver llegó a Eshsen al atardecer, y se reunió con ellos fuera del
pabellón, bajo las ramas de un roble, pues la gente de Selver se sentía un
poco incómoda bajo el cielo abierto y desnudo. Eshsen había sido un
robledal, y ese árbol era el más grande de los pocos que los colonos
habían dejado en pie. Se alzaba en la larga pendiente que se extendía
detrás de la cabaña de Lyubov, una de las seis o siete casas que habían
salido indemnes de la noche del ataque. Junto a Selver, al abrigo del
roble, estaban Reswan, la matriarca de Berre, Greda de Cadast, y
algunos otros que deseaban asistir a la reunión, unos doce en total.
Muchos arqueros montaban guardia; temían que los yumenos pudiesen
tener armas ocultas, pero se habían apostado detrás de los arbustos o de
los escombros del incendio, para no dominar la escena con la apariencia
de una amenaza. Con Gosse y el coronel Dongh estaban tres de los
yumenos llamados oficiales y dos del campamento de leñadores, a la
vista de uno de los cuales, Benton, los exesclavos contuvieron el aliento.
Benton acostumbraba castigar a los «creechis holgazanes»
castrándolos en público.
El coronel había adelgazado, la tez normalmente de un color
amarillo pardusco era ahora de un amarillo grisáceo; la enfermedad no
había sido fingida.
—Bien, la primera cosa —dijo cuando estuvieron todos instalados,
los yumenos de pie, la gente de Selver en cuclillas o sentada en el musgo
húmedo y suave que rodeaba al roble—, la primera cosa es que yo
quiero tener ante todo una definición clara de qué significan exacta y
precisamente esos términos propuestos por ustedes, y qué significan
como garantía de seguridad para mi personal aquí presente y bajo mis
órdenes.
Hubo un silencio.
—Algunos de ustedes entienden mi lengua, ¿no?
—Sí. Lo que no entiendo es su pregunta, señor Dongh.
—¡Coronel Dongh, si me hace el favor!
—Entonces usted me llamará a mí coronel Selver, si me hace el
favor.
Un canturreo vibró en la voz de Selver que se puso de pie, dispuesto
a combatir, mientras las melodías le fluían como ríos por la mente.
Pero el viejo yumeno no se movió; enorme, pesado e iracundo, no
aceptó el desafío.
—No vine aquí para ser insultado por vosotros, pigmeos
humanoides —dijo.
¡Pero los labios le temblaron mientras lo decía! Era viejo, y se sentía
acobardado y humillado. Toda esperanza de triunfo se extinguió en
Selver. Ya no había triunfo en el mundo, solo muerte. Se volvió a sentar.
—No fue mi intención insultarle, coronel Dongh —dijo con
resignación—. ¿Quiere repetir la pregunta, por favor?
—Quiero oír los términos de su proposición, y luego ustedes oirán
los nuestros, y eso es todo lo que quiero saber.
Selver repitió lo que le había dicho a Gosse.
Dongh lo escuchó con aparente impaciencia.
—Muy bien. Lo que ustedes no comprenden es que desde hace tres
días tenemos una radio en funcionamiento en el pabellón. —Selver lo
sabía en realidad. Reswan había averiguado en seguida qué era el objeto
lanzado por el helicóptero, temiendo que pudiera tratarse de un arma;
los guardias le informaron que era una radio y permitió que los
yumenos la retuviesen. Selver se limitó a sacudir la cabeza—. Eso quiere
decir que hemos estado en contacto con los tres campamentos, los dos
de Isla King y el de Nueva Java, directamente, y si hubiésemos decidido
preparar un golpe y escapar de la cárcel del pabellón, nos hubiera sido
muy fácil hacerlo. Los helicópteros nos arrojarían armas y cubrirían
nuestros movimientos con sus ametralladoras. Un lanzallamas nos
habría bastado para salir del pabellón, y en caso de necesidad hay
bombas que pueden volar toda una isla. Ustedes no han visto funcionar,
por supuesto.
—Y si escapaban del pabellón, ¿adónde habrían ido?
—El hecho real, sin introducir en esto ningún elemento incoherente
o erróneo, es que ahora las fuerzas de ustedes nos superan
considerablemente en número, pero nosotros tenemos los cuatro
helicópteros en los campamentos, que es inútil que intenten inutilizar
puesto que están bajo custodia armada permanente, así como todos los
explosivos. De manera que la cruda realidad de la situación es que
estamos empatados, si lo podemos llamar así, y que debemos discutir en
igualdad de condiciones. Esta es, por supuesto, una situación
transitoria. De ser necesario estamos autorizados a una acción militar
defensiva a fin de impedir una guerra por todos los medios. Además
estamos respaldados por el Poder bélico de la Flota Terráquea
Interestelar, que podría borrar definitivamente del cielo vuestro planeta.
Pero estas ideas son demasiado abstractas para nosotros, de modo que
digámoslo tan clara y llanamente como sea posible: estamos dispuestos
a negociar con vosotros, en los términos de un equitativo marco de
referencia.
La paciencia de Selver era corta; sabía que el malhumor era un
síntoma de su deteriorado estado mental, pero ya no podía dominarlo.
—Prosiga, entonces.
—Bien, ante todo quiero que se comprenda claramente que tan
pronto como tuvimos la radio en nuestro poder ordenamos a los otros
campamentos que no nos trajeran armas ni intentaran ningún rescate
aéreo, y que las represalias estaban estrictamente prohibidas.
—Eso fue prudente. ¿Qué más?
El coronel Dongh inició una réplica furibunda, y de pronto se
interrumpió; se había puesto muy pálido.
—¿No hay aquí dónde sentarse? —preguntó.
Selver dio la vuelta por detrás del grupo de yumenos, subió la
pendiente, entró en la cabaña de dos habitaciones, y cogió la silla
plegable del escritorio. Antes de abandonar la habitación silenciosa se
inclinó y apoyó la mejilla sobre la madera rayada y tosca del escritorio,
donde siempre se había sentado Lyubov cuando trabajaba con Selver o
a solas; algunos de sus papeles estaban allí todavía; Selver los acarició.
Llevó la silla afuera y la instaló en la tierra mojada por la lluvia. El viejo
se sentó, mordiéndose los labios, los ojos almendrados arrugados de
dolor.
—Señor Gosse, quizá usted pueda hablar por el coronel —dijo
Selver—. Él no se siente bien.
—Yo seguiré con las conversaciones —dijo Benton, adelantándose,
pero Dongh meneó la cabeza y murmuró—: Gosse.
Con el coronel como oyente más que como orador, las cosas
anduvieron mejor. Los yumenos aceptaban las condiciones de Selver.
Con una promesa mutua de paz, retirarían todos los destacamentos y
vivirían en una sola área, la región que habían desbrozado en Sornol
Central: unos dos mil kilómetros cuadrados de tierras onduladas, bien
regadas. Se comprometían a no entrar en los bosques; la gente del
bosque se comprometió a no entrar en las Tierras Mutiladas.
Las cuatro aeronaves sobrevivientes dieron motivo a algunas
discusiones. Los yumenos insistían en que las necesitaban para traer a
sus hombres a Sornol desde las otras islas. Como las máquinas solo
podían transportar cuatro hombres en cada viaje, a Selver le pareció que
los yumenos llegarían más rápido a Eshsen caminando y les ofreció el
auxilio de unas balsas para cruzar el estrecho; pero al parecer los
yumenos no eran grandes caminadores. Muy bien, podían conservar los
helicópteros para lo que ellos llamaban la «Operación Aérea de
Rescate». Después de eso tenían que destruirlos.
Negativa. Indignación. Cuidaban más de sus máquinas que de sus
cuerpos. Selver transigió, diciendo que podían conservar los
helicópteros a condición de que volaran solamente sobre las Tierras
Mutiladas y que las armas que había en ellas fuesen destruidas. También
este punto suscitó discusiones, pero entre ellos, mientras Selver
esperaba, repitiendo de vez en cuando los términos de su exigencia,
porque en este punto no estaba dispuesto a ceder.
—¿Qué diferencia hay, Benton? —dijo por último el anciano
coronel, furibundo y tembloroso—. ¿No ve que no podemos usar esas
malditas armas? Hay tres millones de estos humanoides diseminados
por todas estas islas del demonio, todas cubiertas de árboles y malezas,
sin ciudades, sin redes de servicios vitales, sin un control centralizado.
»No se puede desmantelar con bombas una estructura del tipo
guerrilla, eso está demostrado, y en realidad la parte del mundo en que
yo nací lo demostró durante casi treinta años, derrotando una tras otra
a las grandes superpotencias en el siglo veinte. Y hasta que llegue una
nave, no estaremos en condiciones de demostrar nuestra superioridad.
¡Al demonio con el equipo grande si podemos conservar las armas
blancas para la caza y la defensa personal!
Dongh era el Viejo para ellos, la Autoridad Suprema, y al final su
opinión prevaleció, como hubiera podido hacerlo en un Albergue de
Hombres. Benton se enfurruñó. Gosse empezó a hablar de lo que
sucedería si la tregua era violada, pero Selver le interrumpió.
—Esas son posibilidades, y aún no hemos acabado con las certezas.
Esa Gran Nave de ustedes ha de volver dentro de tres años, es decir tres
años y medio en la cronología terrestre. Hasta entonces, son libres aquí.
No les será muy duro. Nada más se retirará de Centralville, excepto
algunos de los trabajos de Lyubov que yo quiero conservar. Todavía
tienen aquí la mayor parte de las herramientas para cortar árboles y
remover la tierra; si necesitan más, las minas de hierro de Peldel están
dentro de este territorio. No hay ninguna confusión posible, me parece.
Solo resta saber una cosa: cuando esa nave venga, ¿qué querrá hacer con
ustedes, y con nosotros?
—No lo sabemos —dijo Gosse.
Y Dongh explicó:
—En primer lugar, si ustedes no hubieran destruido el ansible, ahora
podríamos recibir información regular sobre estos problemas, y
nuestros informes influirían ciertamente en las decisiones que puedan
adoptarse sobre el estatus definitivo de este planeta, decisiones que
podríamos comenzar a poner en práctica antes que la nave regrese a
Prestno. Pero de esa injustificable destrucción, debida al
desconocimiento de vuestros propios intereses, no se ha salvado ni
siquiera una radio capaz de retransmitir a una distancia de unos pocos
centenares de kilómetros.
—¿Qué es el ansible?
La palabra había aparecido antes en esta conversación; era nueva
para Selver.
—Un CID —dijo el coronel, reticente.
—Una especie de radio —dijo Gosse con arrogancia—. Nos ponía
en comunicación instantánea con nuestro mundo natal.
—¿Sin la espera de veintisiete años?
Gosse clavó la vista en Selver.
—Así es. Exactamente. Aprendiste mucho de Lyubov, ¿no?
—Si habrá aprendido —dijo Benton—. Era el verde amiguito del
alma de Lyubov. Se enteraba de todo cuanto valía la pena saber y un
poquito más. Como por ejemplo cuáles eran los puntos vitales y dónde
estaban apostados los guardias, y cómo llegar a las armas en el Arsenal.
Deben de haber estado en contacto hasta el momento mismo en que
comenzó la masacre.
Gosse parecía molesto.
—Raj está muerto. Todo eso no tiene nada que ver ahora, Benton.
Lo que tenemos que establecer…
—¿Está usted tratando de insinuar de algún modo que el capitán
Lyubov estaba involucrado en alguna actividad que pudiera
considerarse traición a la Colonia, Benton? —dijo Dongh, echando
fu
ego por los ojos y oprimiéndose el vientre con las manos—. No había
espías ni traidores en mi personal. Lo seleccioné escrupulosamente
antes de partir, y yo conozco a la gente con quien tengo que tratar.
—No estoy insinuando nada, coronel. Estoy diciendo claramente
que fue Lyubov quien incitó a los creechis, y que si no se hubiesen
modificado las órdenes después de que esa nave de la Flota estuvo aquí,
nunca hubiera sucedido.
Gosse y Dongh empezaron a hablar al mismo tiempo.
—Todos ustedes están muy enfermos —observó Selver,
levantándose y sacudiéndose, porque las húmedas hojas pardas del
roble se le adherían como la seda a la corta pelambrera del cuerpo. —
Lamento que hayamos tenido que retenerlos en el corral de los creechis,
no es un sitio agradable para la mente. Por favor, hagan traer a los
hombres de los otros campamentos. Cuando todos estén aquí y las
armas grandes hayan sido destruidas, y la promesa haya sido
pronunciada por todos nosotros, entonces les dejaremos en paz. Las
puertas del corral serán abiertas hoy, cuando yo me haya marchado.
¿Hay algo más que decir?
Ninguno de ellos dijo nada. Todos bajaron la vista y lo miraron.
Siete hombres, de piel tostada o trigueña, lampiños, vestidos con telas,
de ojos sombríos, rostros malhumorados; doce hombrecillos verdes o
verde parduscos, cubiertos de vello, con los grandes ojos de las criaturas
seminocturnas, rostros soñadores; entre los dos grupos, Selver, el
traductor, frágil, desfigurado, llevando en las manos vacías los destinos
de todos. La lluvia caía silenciosamente alrededor, sobre la tierra parda.
—Adiós, entonces —dijo Selver, y se alejó con su grupo.
—No son tan estúpidos —dijo la matriarca de Berre cuando
acompañaba a Selver a Endtor—. Pensaba que semejantes gigantes
tenían que ser estúpidos, pero se dieron cuenta de que eres un dios; lo vi
en sus caras al final de la charla. Qué bien hablas esa jerga. Feos son,
¿crees que sus hijos tampoco tendrán pelos?
—Eso nunca lo sabremos, espero.
—Aj, imagínate dar de mamar a un niño que no tiene pelo. Como
tratar de amamantar a un pez.
—Están todos locos —dijo el viejo Tubab con una expresión de
profunda tristeza—. Lyubov no era así, cuando venía a Tuntar. Era
ignorante, pero sensible. Pero estos discuten, y se burlan del viejo, y se
odian unos a otros, así —y torció la cara gris para imitar la expresión de
los terráqueos, cuyas palabras, naturalmente, no había podido entender
—. ¿Fue eso lo que tú les dijiste, Selver, que están locos?
—Les dije que estaban todos enfermos. Pero no olvidemos que han
sido derrotados, y heridos, y encerrados en esa jaula de piedra. Después
de eso cualquiera podría estar enfermo y por lo tanto, necesitar curarse.
—Quién les va a curar —dijo la matriarca de Berre— si todas sus
mujeres están muertas.
»Mala suerte. Pobres cosas feas… grandes arañas desnudas, eso son,
¡aj!
—Son hombres, hombres, igual que nosotros —dijo Selver, la voz
aguda y afilada como un cuchillo.
—Oh, mi amado señor dios, eso lo sé, solo quise decir que parecen
arañas —dijo la anciana, acariciándole la mejilla—. Escuchad, vosotros:
Selver está extenuado con todo este ir y venir entre Endtor y Eshsen;
sentémonos un ratito a descansar.
—Aquí no —dijo Selver. Todavía estaban en las Tierras Mutiladas,
entre tocones y pendientes herbosas, bajo el cielo desnudo—. Cuando
lleguemos a los árboles…
Se tambaleó, y aquellos que no eran dioses lo ayudaron a avanzar
por el camino




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