El nombre del mundo es bosque / Capítulo 4 / Forestar con nativas
Hola Club del bien.
Hace rato no ando por aquí, pero la actividad no ha cesado.
En la vida real ya hemos terminado la lectura de febrero (El nombre del mundo es bosque, de Úrsula K. Le Guin) y estamos atravesando la lectura de La venta, de Fabio Mazía.
Pero en la vida virtual de este blog tengo información y capítulos para compartir con ustedes sobre El nombre del mundo es bosque, así que me pondré al día.
Hoy quiero compartir con ustedes algunos textos informativos que están disponibles en la Biblioteca Virtual de Lapocalipsi (link abajo) en la carpeta Otrxs.
Se trata de:
Manual de cultivo de plantas nativas y naturalizadas para espacios urbanos de bajo mantenimiento
y de
Propagación de especies forestales nativas de Argentina para restauración ambiental
También les comparto este hermoso proyecto de La Plata: Proyecto Arbórea Una investigación poéticoambiental sobre los árboles urbanos.
Proyecto Salvemos los bosques.
La lectura de Le Guin, con esa historia que transcurre en los bosques y una humanidad empeñada en agotarlos y destruirlos, me hizo pensar en nuestros bosques nativos. Como cada año estamos presenciando incendios devastadores (intencionales, se sabe), inundaciones consecuencia de los desmontes, el monocultivo que sigue envenenando y agotando la tierra. ¿Qué hacemos por la conservación de los árboles? ¿conocemos los árboles?
En esos textos que comparto hay información para reforestación con especies nativas, su propagación y cuidado. Aunque no se trata de información para todo el país.
Quedo a la espera de otro material que ustedes puedan aportar y me pregunto si como club podremos empezar a pensar juntxs en alguna propuesta. ¿Arrancamos plantando un árbol?
Sé que algo se nos va a ocurrir. Lxs quiero mucho.
--
Biblioteca Virtual de Lapocalipsi
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Era cosa de no creer. Se habían vuelto todos locos. Este condenado
mundo extraño les había sorbido el seso, despachándoles al otro
lado, al distante país de los sueños, a hacerles compañía a los
creechis. No podía creer lo que había visto en esa «conferencia» y las
instrucciones que vinieron después, aunque lo volviese a ver de cabo a
rabo en una película. El comandante de una nave de la flota lamiéndole
las botas a dos humanoides.
Los ingenieros y los técnicos babeando y balbuciendo a propósito
de una radio fantástica que con mucho bombo y mucha socarronería les
regalaba un cetiano peludo, ¡como si el CID no hubiera sido
pronosticado por la ciencia terráquea hacía años! Los humanoides
habían robado la idea, la habían llevado a la práctica, y ahora lo
llamaban un «ansible» para que nadie se diera cuenta que no era ni más
ni menos que un CID. Pero la peor parte había sido la conferencia, con
la mente de Lyubov delirando y lloriqueando, y el coronel Dongh
como si tal, dejándole insultar a Davidson y a la plana mayor y a la
Colonia entera, y los dos humanoides allí sentados y sonriendo todo el
tiempo, el mico gris y el gran maricón blanco, burlándose de los
humanos.
Había sido espantoso. Y las cosas no habían mejorado desde la
partida del Shackleton. A él no le importaba que le mandasen al
Campamento Nueva Java a las órdenes del mayor Muhamed. El
coronel tenía que castigarle; era muy posible que el viejo Ding Dong
aprobara con entusiasmo el ataque incendiario a la Isla Smith, pero la
incursión había violado la disciplina y el viejo había tenido que llamarle
la atención. De acuerdo, eran las reglas del juego. Pero lo que no estaba
dentro de las reglas del juego era toda esa charla que llegaba por el
televisor monumental que llamaban el ansible, ese nuevo ídolo de latón
que ahora veneraban en el Cuartel General.
Órdenes del Departamento de Administración Colonial en Karachi:
Restringir los contactos entre terráqueos y athshianos a encuentros
propuestos por los athshianos. En otras palabras, ya no se podía ir a las
madrigueras de los creechis a buscar mano de obra. Se desaconseja el
empleo de la mano de obra voluntaria; se prohíben terminantemente los
trabajos forzados. Y más y más, siempre la misma cantinela. ¿Cómo
diantres suponían que se hacía el trabajo? ¿Quería la Tierra esa madera,
sí o no? Ellos seguían mandando a Nueva Tahití las naves robot de
carga, claro que sí, cuatro por año, y cada una llevaba de regreso a la
Madre Tierra maderas de primerísima calidad por valor de unos treinta
millones de dólares nuevos. Seguro que la gente de Desarrollo quería
esos millones. Eran hombres de negocios. Estos mensajes no venían de
allí, cualquier imbécil podía darse cuenta.
El status colonial de Mundo 41 —pero ¿por qué no lo llamaban más
Nueva Tahití?— está en estudio. Hasta que no se tome una decisión ha
de observarse una extrema cautela en todos los contactos con las
nativas… El uso de armas de cualquier índole, excepto armas blancas
pequeñas para uso personal, está terminantemente prohibido…
Igual que en la Tierra, con la diferencia de que allí un hombre ya no
podía ni siquiera portar armas blancas. ¿Qué demonios venía a hacer
uno a un mundo fronterizo, a veintisiete años luz de la Tierra, si luego
decían nada de fusiles, nada de dinamita, nada de bombas de microbios,
nada de nada, a quedarse quietecitos como niños buenos y esperar que
vengan los creechis a escupirte en la cara y a cantarte canciones y a
hundirte un cuchillo en las tripas y a quemar tu campamento?; pero tú
no vayas a dañar a los preciosos hombrecillos verdes, ¡no señor!
Se recomienda muy especialmente una política de moderación; toda
política de agresión o represalias queda estrictamente prohibida.
Esa era la sustancia de todos los mensajes, y cualquier imbécil podía
ver que no era la Administración Colonial la que hablaba. No podían
haber cambiado tanto en treinta años.
Aquellos eran hombres prácticos, con la cabeza bien puesta, y
sabían lo que era la vida en los planetas fronterizos. Era perfectamente
claro, para cualquiera que no hubiese perdido el juicio en el geoshock,
que los mensajes del «ansible» eran falsificados. Podían haber
implantado directamente en la máquina toda una serie de respuestas a
preguntas altamente probables, por computadora. Los ingenieros
decían que si fuera así ellos lo habrían detectado; tal vez. En tal caso
aquel chisme se comunicaba instantáneamente, sí, con otro mundo.
Pero ese mundo no era la Tierra, por supuesto. No había hombres
enviando las respuestas por teletipo en la otra punta del truco; había
extraños, humanoides. Cetianos probablemente, puesto que la máquina
era de fabricación cetiana.
Una pandilla de demonios astutos, capaces de poner precio a la
supremacía interestelar.
Y los hainianos se habían unido a ellos en la conspiración,
naturalmente; toda esa charla lacrimógena de las supuestas instrucciones
tenía un tono hainiano. Cuáles eran los objetivos a largo plazo de los
humanoides, era difícil adivinarlo desde allí; probablemente se
proponían debilitar al Gobierno Terráqueo enredándolo en ese montaje
de la «Liga de los Mundos», hasta que los extraños fuesen bastante
fu
ertes como para proceder a una ocupación armada. Pero el plan para
la Nueva Tahití era fácil de adivinar: permitir que los creechis les
libraran de los humanos. Atar de pies y manos a los hombres con un
montón de instrucciones falsificadas transmitidas por el «ansible» y
dejar que comenzara la matanza. Los humanoides ayudan a los
humanoides: las ratas ayudan a las ratas.
Y el coronel Dongh se lo había creído. Cumpliría órdenes. Si hasta
se lo había dicho a Davidson.
—Tengo el propósito de cumplir las órdenes que me llegan del
Cuartel General de la Tierra, y tú, Don, por Dios, cumplirás mis
órdenes de la misma manera, y en Nueva Java obedecerás las órdenes
del mayor Muhamed.
Era estúpido, el viejo Ding Dong, pero le tenía simpatía a Davidson,
y Davidson simpatizaba con él. Si eso significaba traicionar a la raza
humana en favor de una conspiración de humanoides, él no podía
obedecer esas órdenes, pero a pesar de todo le daba lástima el viejo
soldado. Imbécil, sí, pero leal y valiente. No era un traidor nato como
ese llorón chismoso y mojigato de Lyubov. Si a alguien deseaba que los
creechis le cayeran encima era al sabelotodo de Raj Lyubov, que tanto
los amaba.
Algunos hombres, especialmente los asiatiformes y los de tipo
indostánico son en verdad traidores natos. No todos, pero algunos.
Otros hombres son salvadores natos. Era como tener ascendencia euraf,
o un buen físico; cosas por las que no se atribuía ningún mérito. Si
podía salvar a los hombres y mujeres de Nueva Tahití, lo haría; si no
podía, al menos lo habría intentado de todo corazón; y eso era lo que
importaba, al fin y al cabo.
Las mujeres, ahora, eso lo irritaba. Se habían llevado a las diez
damiselas que había en Nueva Java y no habían mandado ninguna de las
nuevas desde Centralville. «Todavía no hay garantías», balaba el Cuartel
General. Bastante desconsiderado para con los tres campamentos de
avanzada. ¿Qué esperaban que hicieran los acantonados si los creechis
eran intocables y las hembras humanas se las reservaban los afortunados
bastardos de Centralville? El resentimiento sería espantoso. Pero no
podía durar mucho tiempo, la situación era demasiado descabellada. Si
ahora que el Shackleton se había marchado ellos no empezaban a
enderezar las cosas, entonces el capitán D. Davidson tendría que hacer
un pequeño trabajo extra y enderezarlas él mismo.
En la mañana del día en que Davidson se marchó de Central habían
dejado en libertad a todos los trabajadores creechis. Habían
pronunciado un noble discurso en angliparla, habían abierto las puertas
de los corrales, y dejado salir a cada uno de los creechis domesticados,
cargadores, poceros, cocineros, limpiadores, criados, doncellas, todos.
No quedó ninguno. Algunos habían estado con sus amos desde que se
fu
ndara la colonia, hacía cuatro años terrestres. Pero ellos no sabían lo
que era la lealtad. Un perro, un chimpancé se habría quedado rondando
en las cercanías. Estas alimañas no tenían ni siquiera ese nivel de
desarrollo, eran como las víboras o las ratas, apenas lo bastante astutos
como para darse la vuelta e hincarle a uno los dientes tan pronto como
los dejaba salir de la jaula. Ding Dong estaba loco de remate, dejar a
todos esos creechis sueltos en la vecindad. Arrojarlos como basura que
eran en Isla Triste para que se muriesen de hambre, esa hubiera sido la
mejor solución. Pero Dongh les seguía teniendo miedo a los dos
humanoides de la caja parlante. Si los creechis de Centralville querían
imitar la atrocidad de Campamento Smith, ahora contaban con
montones de nuevos reclutas realmente valiosos, que conocían al
dedillo el plano de la ciudad, las costumbres, el sitio donde estaba el
arsenal, los puestos de los guardias, y todo. Y si Centralville era
incendiada, los del Cuartel General solo tendrían que darse las gracias a
sí mismos. Y bien merecido que lo tendrían, al fin y al cabo. Por dejarse
embaucar por los traidores, por escuchar a los humanoides y desoír los
consejos de hombres que realmente sabían cómo eran los creechis.
Ninguno de ellos había vuelto al campamento y encontrado cenizas y
ruinas y cadáveres calcinados, como le había sucedido a él. Y el cuerpo
de Ok, allí donde habían masacrado a la cuadrilla de leñadores, con una
flecha clavada en cada ojo, como un insecto monstruoso con las antenas
tendidas al aire. Cristo, esa imagen no se le borraba de la mente. Pero
eso sí, dijeran lo que dijesen las «instrucciones» apócrifas, los
muchachos de Central no iban a contentarse con usar «armas blancas
pequeñas» para defensa personal. Tenían lanzallamas y ametralladoras;
los dieciséis helicópteros pequeños estaban armados con ametralladoras
y eran útiles para lanzar granadas incendiarias; los cinco grandes
contaban con todo un arsenal, pero no sería necesario emplear los
grandes aparatos. Bastaría volar sobre una de las áreas desbrozadas, y
sorprender allí a un montón de creechis con sus malditos arcos y
flechas, y empezar a bombardearlos con granadas de fuego, y verlos
correr de un lado a otro despavoridos y ardiendo como ratas.
Sería divertido. Se le calentaba a uno un poco la sangre al
imaginarlo, como cuando uno pensaba en el cuerpo de una mujer, o
cuando se acordaba del momento en que ese creechi, Sam, le había
atacado y él le había destrozado la cara de cuatro puñetazos, uno tras
otro. Memoria eidética, y también una imaginación más vívida que la de
la mayoría de los hombres. No se jactaba, simplemente así era él.
Lo cierto es que un hombre es real e íntegramente un hombre solo
en dos momentos; cuando acaba de estar con una mujer o cuando acaba
de matar a otro hombre. Eso no era original, lo había leído en algún
viejo libraco, pero era verdad. Por eso le gustaba imaginar escenas de
este tipo. Aunque los creechis no fuesen realmente hombres.
Nueva Java era el más austral de los cinco grandes continentes, justo
al norte del ecuador, y por lo tanto también más caluroso que Central o
Smith, donde el clima era casi perfecto. Más caluroso y muchísimo más
húmedo. En la estación húmeda llovía todo el tiempo en todos los sitios
de Nueva Tahití, pero en los continentes norteños la lluvia era fina y
silenciosa, no dejaba de caer pero nunca mojaba, ni enfriaba. Aquí, en
cambio, llovía a cántaros, y soplaban unos vendavales tipo monzón que
impedían caminar y mucho más trabajar. Lo único que protegía de la
lluvia era un techo bien sólido, o el bosque. El maldito bosque era tan
espeso que ni las tormentas penetraban en él. Uno se mojaba, claro está,
por el goteo de las hojas, pero en la espesura no había viento, y si de
pronto uno salía a un claro, el huracán le derribaba a uno, y le
embadurnaba con ese barro líquido, rojizo y baboso que formaba la
lluvia en los terrenos desbrozados. Entonces ya no era posible regresar
rápidamente al refugio del bosque; estaba oscuro, hacía calor, y era fácil
perderse.
Y para colmo el comandante en Jefe, el mayor Muhamed, era un
asqueroso bastardo.
En Nueva Java se hacía todo de acuerdo con el reglamento: el talado
se hacía invariablemente por franjas de determinados kilómetros, la
fibrilla volvía a plantarse en los desmontes, las licencias para ir a Central
se concedían según un orden rotatorio y estricto, los alucinógenos
estaban racionados, y prohibidos en horas de trabajo, y así
sucesivamente. Sin embargo, una de las cosas buenas que tenía
Muhamed era que no se pasaba la vida mandando radiogramas a
Central. Nueva Java era su campamento, y lo manejaba a su manera.
No le gustaban las órdenes del Cuartel General. Las obedecía, por
supuesto, había dejado en libertad a todos los creechis y requisado
todas las armas excepto las pistolas de bolsillo, cuando llegaron las
órdenes. Pero no se lo pasaba mendigando órdenes ni consejos. Ni de
Central ni de nadie. Era un hombre farisaico: siempre creía tener razón.
Ese era su defecto principal.
Cuando Davidson estaba en el Cuartel General con la plana mayor
de Dongh, había tenido de vez en cuando la oportunidad de hojear los
legajos de los oficiales. Tenía una memoria extraordinaria para esas
cosas, y recordaba por ejemplo que el CI de Muhamed era 107. El suyo
en cambio era 118 Había una diferencia de once puntos; pero por
supuesto no podía decirle eso al viejo Moo, y Moo no podía saberlo, así
que no había forma de hacerlo entrar en razón. Se creía más listo que
Davidson, y así eran las cosas.
Todos en realidad desconfiaban de él al principio. Ninguno de esos
hombres de Nueva Java sabía nada acerca de la atrocidad de
Campamento Smith, excepto que el Comandante en Jefe había viajado a
Central una hora antes del ataque, y era por lo tanto el único humano
que había salvado el pellejo. Dicho de esa manera, sonaba mal. Se podía
comprender por qué en un principio todos le miraban como si fuese
una especie de Jonás, o peor aún, una especie de Judas. Pero cuando le
conociesen mejor cambiarían de idea. Empezarían a comprender que
lejos de ser un desertor o un traidor, estaba empeñado en salvar de la
traición a la colonia de Nueva Tahití. Y se darían cuenta de que el
exterminio definitivo de los creechis era el único medio de lograr que
este mundo fuese apto y seguro para el estilo de vida terráqueo.
No era demasiado difícil hacer correr la voz entre los leñadores.
Ellos nunca habían simpatizado con las ratitas verdes, pues tenían que
obligarlas a trabajar todo el día y vigilarlas toda la noche, pero ahora
empezaban a comprender que los creechis no solo eran repulsivos, sino
también peligrosos. Cuando Davidson les contó lo que había
encontrado en Campamento Smith, cuando les explicó cómo los dos
humanoides de la flota les habían lavado el cerebro a los del Cuartel
General, cuando les demostró que exterminar a los terráqueos en
Nueva Tahití era solo una mínima parte de la gran conspiración
humanoide contra la Tierra, cuando les recordó las cifras frías,
inexorables: dos mil quinientos humanos contra tres millones de
creechis… entonces empezaron a apoyarle realmente.
Aquí, hasta el Oficial de Control Ecológico estaba de su parte. No
como el pobre tonto de Kees, furioso contra los hombres porque
mataban ciervos, para terminar con las tripas reventadas por esos
hipócritas de los creechis. Este individuo, Atranda, odiaba a muerte a
los creechis. Le provocaban ataques de locura furiosa y sufría de
geoshock o algo así; tenía tanto terror de que los creechis fuesen a
atacar el campamento que parecía una de esas mujeres que viven
temiendo que alguien las viole. De todos modos era útil tener como
aliado al sabiondo local.
Tratar de convencer al comandante no tenía sentido; rápido para
conocer a los hombres, Davidson se había dado cuenta de que era inútil,
casi a primera vista. Muhamed era un hombre de mentalidad rígida.
Además tenía un prejuicio contra Davidson, y nadie le haría cambiar de
idea; tenía algo que ver con el asunto de Campamento Smith. Había
llegado a decirle a Davidson que no lo consideraba un oficial digno de
confianza.
Era un bastardo testarudo, pero el hecho de que gobernase el
campamento Nueva Java con un sistema tan rígido era una ventaja. Una
organización compacta, acostumbrada a obedecer órdenes, era más fácil
de tomar que una liberal compuesta de individuos independientes, y
más fácil de mantener unida en las operaciones militares defensivas y
ofensivas, una vez que él, Davidson, asumiese el mando. Tendría que
hacerlo. Moo era un buen capataz para un campamento de leñadores,
pero no era un soldado.
Davidson siguió tratando de obtener el apoyo leal de algunos de los
mejores leñadores y oficiales jóvenes. No tenía prisa. Cuando hubo
reunido un número suficiente de hombres de confianza, un pelotón de
diez, robó algunas armas de la cámara de seguridad del viejo Moo, en el
subsuelo de la Receptoría, que estaba repleta de juguetes bélicos, y un
domingo se fueron a los bosques a jugar. Unas semanas atrás, Davidson
había localizado el poblado creechi, y había reservado el festín para su
gente. Hubiera podido hacerlo a solas, pero así era mejor. Se estimulaba
el sentimiento de camaradería, una verdadera unión entre los hombres.
No hicieron más que entrar en el lugar a plena luz del día, y
embadurnaron de gelinita a todos los creechis que pudieron atrapar, y
los quemaron, y luego vertieron gasolina sobre los techos de las
madrigueras y asaron al resto. Los que trataban de escapar eran
rociados con gelinita; esa fue la parte artística, esperar a las ratas
miserables a la salida de las ratoneras, hacerlas creer que se habían
salvado, y luego freírlas tranquilamente de pies a cabeza, y verlas arder
como antorchas. Esa pelambrera gris ardía de verdad.
En realidad no era mucho más excitante que cazar verdaderas ratas,
que eran casi los únicos animales salvajes que quedaban en la Madre
Tierra, pero había más emoción en la cosa; los creechis eran mucho más
grandes que las ratas, y uno sabía que eran capaces de reaccionar,
aunque esta vez no lo hicieron. En realidad, algunos de ellos se tiraban
al suelo en lugar de huir, se tendían boca arriba y cerraban los ojos. Era
repugnante. Los otros compañeros pensaban lo mismo, y uno de ellos
hasta enfermó realmente y, vomitó después de que hubo quemado a
uno de los que yacían en el suelo.
No dejaron con vida a ninguna de las hembras, y no las violaron,
aunque no les faltaban ganas. Todos habían estado de acuerdo con
Davidson: un acto así casi podía llamarse perverso. La homosexualidad
se daba entre los humanos, era normal. Estos seres, en cambio, podían
estar conformados como hembras humanas, pero no lo eran, y era
preferible la excitación de matarlas, y conservarse limpios. Esto les
había parecido sensato a todos, y lo habían respetado.
Ninguno de ellos abrió la boca en el campamento; no lo contaron ni
siquiera a los amigos más íntimos. Eran hombres de una sola pieza. Ni
una palabra acerca de la expedición llegó a los oídos de Muhamed.
Hasta donde el viejo Moo sabía, todos sus hombres eran muchachos
juiciosos que se dedicaban a aserrar troncos y mantenerse alejados de
los creechis, sí señor; y podía seguirlo creyendo hasta que llegase el día
D.
Porque los creechis iban a atacar. En alguna parte. Aquí, o en uno de
los campamentos de Isla King, o en Central. Davidson lo sabía. Era el
único oficial de toda la colonia que lo sabía con absoluta certeza. No
era ningún mérito, pero él sabía pura y simplemente que no se
equivocaba. Nadie más le había creído, excepto esos hombres a quienes
había llegado a convencer. Pero todos los demás verían, tarde o
temprano, que él tenía razón.
Y él tenía razón.

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