El nombre del mundo es bosque / Capítulo 3 / Otras obras de Úrsula K. Le Guin
Hola Club del bien.
Estamos muy contentxs por aquí, ya que pudimos concretar la compra comunitaria del próximo libro que leeremos en el Club: La venta, de Fabio Mazía. Hermosa la coordinación que logramos para ese plan, esperamos que el primero de muchos.
Venimos a compartir el tercer capítulo de El nombre del mundo es bosque y algunas otras obras de Úrsula K. Le Guin, nuestra autora de febrero. Nuestro agradecimiento a @Misstherya, que se encargó de conseguir las obras que hoy compartimos. Van con sinopsis y, por supuesto, el link a la carpeta de LE GUIN en nuestra Biblioteca Virtual de Distopías.
En su carpeta están, por ahora:
Lo irreal y lo real - La propia autora selecciona algunos de sus mejores relatos, que recorren todo el espectro que va de la ficción al realismo pasando por el realismo mágico, la sátira, la ciencia ficción, el surrealismo y la fantasía. Ella misma presenta estos relatos cuidadosamente escogidos en las introducciones escritas en exclusiva para este volumen recopilatorio.
El día antes de la revolución - Este relato tiene como protagonista a Odo, la líder de la revolución que dio lugar al odonanismo, sociedad anarquista imaginaria. Ursula K. Le Leguin identifica esta sociedad con el anarquismo, que para ella "es la más idealista, y la más interesante de todas las teorías políticas". Pero lo que realmente le interesa a la autora es contar la historia de una mujer, no sólo como ideóloga de la revolución, sino como persona.
El eterno regreso a casa - Narra la historia de Piedra Parlante, hija de una mujer de las apacibles ciudades del valle y de un jefe de las fuerzas invasoras del Norte, que busca la paz entre los dos pueblos en un viaje que es a la vez su propia y conmovedora aventura. Esta singular biografía se enmarca en el relato minucioso e imaginativo de la vida de los kesh, un insólito pueblo de la costa del Pacífico. El lector conoce sus historias y costumbres a través de las notas, mapas e ilustraciones de una etnóloga inteligente y curiosa. Así, a lo largo de estas páginas deslumbrantes se entremezclan los más diversos rituales épicos y cotidianos, desde la descripción de una guerra hasta recetas para la preparación de una sopa de cordero, sátiras, letras de canciones, obras dramáticas, tecnología y poesía.
Hainish 04 - La Mano Izquierda De La Oscuridad
3° libro cronológico de Ekumen
«Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación.» Así comienza su relato Genly Ai, enviado al planeta Gueden, también llamado Invierno por su gélido clima, con el propósito de contactar con sus habitantes y proponerles unirse a la liga de planetas conocida como el Ekumen. Los guedenianos tienen una particularidad que los hace únicos: son hermafroditas, y adoptan uno u otro sexo exclusivamente en la época de celo, denominada kémmer. En Invierno, Ai conoce a Estraven, un alto cargo que le mostrará cuán diferente puede llegar a ser una sociedad donde no existe una diferenciación sexual. Una consistente y extraordinaria visión imaginativa que nos transmite una enseñanza verdaderamente ecuménica, mas allá del racismo y el sexismo.
Los desposeídos narra la historia de Shevek, un físico brillante que vive en Anarres, un planeta aislado y "anarquista", y que decide emprender un insólito viaje al planeta madre, Urras, en el que impera el "propietario". Shevek cree por encima de todo que los muros del odio, la desconfianza y las ideologías, que separan su propio planeta del resto del mundo civilizado, tienen que ser derribados. En este contexto Ursula Le Guin explora hábilmente algunos de los problemas más urgentes de nuestro tiempo: la posición de la mujer en distintas estructuras sociales, la complejidad de las relaciones humanas, los méritos y promesas del socialismo y el anarquismo, las perspectivas del idealismo político en el mundo actual.
En este exquisito ensayo, Ursula K. Le Guin propone una forma diferente de narrar, basada en bolsas, recipientes y atados, en lugar de armas y objetos punzantes. Le Guin retoma los planteos de la antropóloga Elizabeth Fisher, quien afirmó que “el primer dispositivo cultural fue probablemente un recipiente”. A partir de allí, construye una matriz narrativa en forma de bolsa para la ficción y también para la historia general de la humanidad. El conflicto está presente, pero no es el único factor relevante: la bolsa de Le Guin está “llena de comienzos sin fin, de iniciaciones, de pérdidas, de transformaciones y traducciones, muchos más trucos que conflictos, muchos menos triunfos que trampas y delirios”.
Se me ocurrió un poema al quedarme
dormida anoche, me desperté
con el sol, no me acordaba de nada.
Si era bueno, dioses
de las grandes tinieblas
donde acaba el sueño y acaba
también la muerte, los sin nombre,
como una sincera ofrenda
aceptadlo.
***
Elegía a Rheged
Espino helado,
norte gris, colina blanca.
El invierno envuelve
los juncos, los ríos. Todo
está detenido.
¿Quién ha regresado
en la cruda estación
a la tierra natal?
El fuego ardía
aquí. Bajo la tierra helada
y la blanca escarcha,
aquí estaba el hogar.
De todos los hijos
perdidos solo yo logré
regresar. ¡No lo elegí
yo! Yo elegí cantar.
El papel de la alondra,
del bardo. El ala, la voz,
deben bajar, detenerse.
La alondra a la tierra,
yo al hogar
bajo la colina helada.
Mi sangre no es la de un noble
sino la de un siervo
ligado a la tierra.
Detente. Detente.
El viento del invierno
envuelve el ojo, la mano.
¿Quién recordará?
La tierra natal,
la tierra conyugal,
la casa del verano.
¿Quién alabará
el trabajo, la bondad,
la mesa puesta,
el hogar de piedra?
En los días fríos
de finales de diciembre
en el muerto Rheged
solo quedo yo.
El viento del invierno
envuelve la mano, la lengua.
Las canciones se cantan.
No arde ningún fuego.
Pero regreso
a la tierra invernal
tras haber elegido
el arte tosco,
el vínculo de las cosas,
de la piedra, la tierra
Estoy obligada a quedarme
bajo el espino
helado, junto al hogar
apagado, y cantar.
***
Allí
Plantó los olmos, los eucaliptus,
el pequeño ciprés, y los regaba
en los largos anocheceres del verano,
de manera que en la tierra seca
el crepúsculo era un ruido de agua. Hace años.
Los amarilis siguen desplegando sus rígidas
trompetas que arrojan ráfagas de rosa brillante
entre la avena silvestre, que nadie
riega, incontable, impávida.
¿Lo ves?: allí donde su ausencia
aguarda junto a cada árbol el anochecer,
donde las sombras son su ser ausente, allí
donde los pinos grises que nadie plantó
crecen y mueren, y el grano que nadie segó
tiñe de blanca sazón las colinas de agosto,
y se alza una vieja casa solitaria,
allí
el conjurado rostro de la ausencia
se vuelve. Allí el silencio responde. Allí
los años pueden seguir incontables, mientras veo
el atardecer ascender como el agua por las hojas,
y como siempre sobre el olmo más alto Vega
abriéndose como una blanca amapola silvestre.
En el país del dolor
solo nace realmente
(una estrella blanca, una flor blanca,
una vieja tubería que conduce el agua
hasta la raíz de los árboles
en una tierra seca)
el pequeño manantial de la paz.
***
Ars Lunga
No dejo nunca de inventarme nueva gente
como si no fuera suficiente la explosión demográfica
ni tuviéramos sabe Dios cuántos terrores
y problemas, pero yo también lo sé,
de eso se trata. Nunca hay suficiente miedo
que iguale el placer, ni abismos suficientemente hondos,
ni tiempo suficiente, y siempre hay algunas
estrellas que faltan.
No es que quiera un nuevo cielo y una nueva tierra,
solo los viejos.
Viejo cielo, vieja tierra, nueva hierba.
Ni una vida después de la tumba,
que Dios me ayude, o me ayudaré yo sola
viviendo todas estas vidas
de nueve en nueve o de noventa en noventa
para que la muerte me encuentre siempre
desprotegida por los cuatro costados,
desguarnecida, indefensa,
inviolable, vulnerable, viva.
***
Canción
Oh, cuando era una desastrada virgencita
me sentaba a arrancarme las costras de las rodillas
y soñaba con algún treintañero
y sin hacer nada hacía lo que quería.
Una mujer se hace mayor y engendra,
tener y recibir es el femenino de vivir.
Lo sabía, lo sabía incluso entonces:
¿qué tenía yo que pudiera dar?
Un cáliz rebosante, un cuerno de abundancia
lleno de más cosas de las que puede contener,
pero la leche y la miel se acabarán,
se quedará vacío, según se hace mayor.
Más dentro que el sexo o incluso el vientre,
en lo más íntimo sigue la niña intacta,
la desastrada virgencita que se sienta y sueña
y no tiene nada que ver con la realidad.
--
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como una molestia en los músculos del hombro derecho; después
había crecido hasta convertirse en un concierto de tambores
aplastante sobre el oído. Los centros del lenguaje están en la corteza
cerebral izquierda, pensó, pero él no lo hubiera asegurado. No podía
hablar, ni leer, ni dormir, ni pensar. Corteza, vórtice. Migraña de dolor
de cabeza, margarina de dolor de pan, olí, olí, olí. Por supuesto, le
habían curado la jaqueca, una vez en la Universidad y otra durante las
sesiones de Psicoterapia Profiláctica Militar obligatorias, pero se había
llevado algunas píldoras de ergotamina de la Tierra como precaución.
Había tomado dos, y un anestésico y un tranquilizante, y una gragea
digestiva para contrarrestar la cafeína que contrarrestaba la ergotamina,
pero la barrena seguía agujereándole desde dentro, justo por encima de
la oreja derecha, al compás de un tambor gigante. Barrena, pena, oh
Dios. Líbranos Señor. Medio kilo de hígado. ¿Qué harían los
athshianos contra la jaqueca? Ellos no podían tener jaqueca, cuando
soñaban despiertos ahuyentaban las tensiones una semana antes que
apareciesen. Prueba, prueba a soñar despierto.
Empieza como Selver te enseñó. Aunque no sabía nada de
electricidad ni podía comprender los principios del EEG, ni tampoco
había oído hablar de las ondas alfa y cuándo aparecen, Selver dijo: «Ah,
sí, se refiere a esto», y en el aparato que registraba el funcionamiento de
la cabecita verde aparecieron los inconfundibles garabatos alfa; y en una
clase de apenas media hora le había enseñado a Lyubov cómo provocar
e interrumpir los ritmos alfa. Y no era nada difícil en realidad. Pero no
ahora, el mundo nos abruma demasiado, olí, olí, olí, sobre la oreja
derecha escucho siempre la carroza alada del Tiempo que se acerca
veloz, pues anteayer los athshianos incendiaron Campamento Smith y
mataron a doscientos hombres. Doscientos siete, para ser exacto.
Todos, excepto el capitán. No era extraño que las píldoras no pudiesen
llegar al centro de la jaqueca, porque dos días atrás estaba en una isla a
trescientos kilómetros de distancia. Del otro lado de las colinas y lejos.
Cenizas, cenizas, todo destruido. Y entre las cenizas, todo lo que sabía
de las Formas de Vida Inteligentes en Mundo 41. Polvo, basura, un
embrollo de datos falsos y falsas hipótesis. Casi cinco años aquí y había
estado convencido de que los athshianos eran incapaces de matar a
hombres de cualquier especie. Había escrito largos informes para
explicar cómo y por qué los athshianos no podían matar. Todo
equivocado.
Falso del principio al fin.
¿Qué se le había escapado?
Era casi hora de ir a la reunión en el Cuartel General. Lyubov se
levantó con cautela, desplazándose como una sola mole para que el
costado derecho de la cabeza no se le cayese; se acercó a su escritorio
con el andar de un hombre que camina bajo el agua, se sirvió un trago
de vodka, producción común, y se lo bebió. El alcohol le dio la vuelta
como un guante: le puso de nuevo en contacto con el exterior, le
normalizó. Se sintió mejor.
Salió, e incapaz de soportar los traqueteos de la motocicleta, empezó
a caminar por la larga y polvorienta calle principal de Centralville hacia
el Cuartel General. Al pasar por el Luau pensó con avidez en otro
vodka; pero en ese momento entraba el capitán Davidson y Lyubov no
se detuvo.
La gente del Shackleton ya estaba reunida en la sala de conferencias.
El comandante Yung, a quien Lyubov conocía de antes, había bajado
con algunas caras nuevas esta vez.
No llevaban el uniforme de la Armada. Al cabo de un momento se
dio cuenta con un ligero sobresalto de que eran humanos no terrícolas.
En seguida, intentó que se los presentaran. Uno de ellos, el señor Or,
era un cetiano peludo, de color gris, bajo y serio; el otro, el señor
Lepennon, era alto, blanco y bien parecido: un hainiano. Saludaron a
Lyubov con interés, y Lepennon le dijo:
—Acabo de leer su trabajo sobre el control consciente del sueño
paradójico entre los athshianos, doctor Lyubov.
Era un comentario agradable. Y también lo era que le llamasen por
su bien merecido título de doctor. Por su conversación, parecía que los
extraterrestres habían estado en la Tierra, y que podían ser expertos en
esvis o algo parecido; pero el comandante, al presentárselos, no lo había
mencionado.
La sala se iba llenando. Llegó Gosse, el ecologista de la colonia, y
también los oficiales; y el capitán Susun, director de Desarrollo
Planetario —operativo talado— cuyo cargo, igual que el de Lyubov, era
un invento necesario para la tranquilidad de espíritu de los militares. El
capitán Davidson entró solo, apuesto y erguido, el rostro enjuto de
facciones marcadas, sereno y un tanto serio. Había guardias
custodiando todas las puertas. Todos los señorones del Ejército estaban
tiesos como estacas. La conferencia era, lisa y llanamente, una
investigación. ¿Quién tenía la culpa? Yo, yo tengo la culpa, pensó
Lyubov con desesperación, pero esa misma desesperación le llevó a
mirar hacia la mesa al capitán Davidson con odio y desprecio.
El comandante Yung habló con voz muy tranquila.
—Como ustedes saben, señores, mi nave se detuvo aquí, en Mundo
41 para bajarles un nuevo cargamento de colonas, y nada más; el destino
del Shackleton es Mundo 88, Prestno, uno de los planetas del Grupo
Hainiano. Sin embargo este ataque a un campamento de avanzada,
desencadenado durante nuestra larga permanencia aquí, no puede ser
ignorado; sobre todo a la luz de ciertas circunstancias de las que se
informará un poco más adelante, en el curso normal de los
acontecimientos. El hecho es que el status del Mundo 41 como Colonia
Terráquea está en estos momentos en discusión, y la masacre del
campamento podría precipitar las decisiones de la Administración
Colonial.
»Naturalmente, las decisiones que nosotros podamos adoptar tienen
que ser tomadas en seguida, pues no puedo retener aquí mi nave
durante mucho tiempo. Ahora bien, antes que nada, deseamos estar
seguros de que los hechos pertinentes son de conocimiento de todos. El
informe del capitán Davidson sobre los sucesos de Campamento Smith
fue grabado y escuchado por todos nosotros en la nave; ¿lo han
escuchado también todos ustedes? Muy bien. Si alguno de ustedes desea
preguntarle algo al capitán Davidson, adelante. Yo, personalmente,
tengo una pregunta. Usted volvió al solar del campamento al día
siguiente, capitán Davidson, en un helicóptero grande y acompañado
por seis soldados; ¿tenía usted permiso de algún superior aquí en
Central?
Davidson se puso de pie.
—Lo tenía, señor.
—¿Estaba usted autorizado para aterrizar e incendiar el bosque
próximo al campamento?
—No, señor.
—Y sin embargo lo hizo.
—Sí, señor. Estaba tratando de que los creechis salieran del bosque.
—Muy bien. ¿Señor Lepennon?
El alto hainiano se aclaró la voz.
—Capitán Davidson —dijo—, ¿cree usted que la gente que
trabajaba bajo sus órdenes en Campamento Smith estaba contenta en
general?
—Sí, lo creo.
La actitud de Davidson era firme y directa; el hecho de que se
encontrara en dificultades no parecía molestarle. Por supuesto, estos
oficiales de la Armada y esos extranjeros no podían obligarle a nada. De
la pérdida de doscientos hombres y de las represalias que él había
tomado sin autorización, no tenía que responder ante nadie, excepto al
coronel. Pero el coronel estaba allí, escuchando.
—¿Quiere decir, entonces, que estaban bien alimentados, alojados
decentemente, sin demasiado trabajo, en la medida en que esto es
posible en un campamento de frontera?
—Sí.
—¿La disciplina era muy rigurosa?
—No.
—¿Qué opina usted, entonces? ¿Qué provocó la rebelión?
—No comprendo.
—Si no había descontentos, ¿por qué unos masacraron a los otros y
lo destruyeron todo?
Hubo un preocupado silencio.
—Si se me permite una breve intervención —dijo Lyubov—, fueron
los esvis nativos, los athshianos empleados en el campamento y los que
habitaban en el bosque quienes atacaron a los humanos terrícolas. En su
informe el capitán Davidson se refiere a los athshianos como los
«creechis».
Lepennon parecía molesto y ansioso.
—Gracias, doctor Lyubov. Quiere decir que me equivoqué de
medio a medio. A decir verdad, supuse que la palabra «creechi» aludía a
una casta terrícola que desempeñaba tareas menores en los
campamentos de leñadores. Creyendo, como todos nosotros, que los
athshianos eran una especie intermedia no agresiva, nunca pensé que
ellos fueran «los creechis». En realidad, tampoco sabía que cooperaban
con ustedes en los campamentos. De todos modos, sigo ignorando qué
pudo provocar el ataque y el motín.
—No lo sé, señor.
—¿Cuando el capitán dijo que la gente que trabajaba bajo sus
órdenes estaba contenta, incluía también a los nativos? —preguntó Or,
el cetiano, en un áspero murmullo.
El hainiano entendió enseguida, y le preguntó a Davidson, con voz
preocupada y cortés:
—¿Cree usted que los athshianos que vivían en el campamento
estaban contentos?
—Hasta donde yo sé.
—¿No había nada fuera de lo común en la situación de esta gente, o
en el trabajo que hacían?
Lyubov sintió cómo se elevaba la tensión, una vuelta de tuerca, en el
coronel Dongh y la plana mayor, y también en el comandante de la
astronave. Davidson se mantenía tranquilo y desenvuelto.
—Nada fuera de lo común.
Lyubov sabía ahora que solo sus estudios científicos habían sido
enviados al Shackleton; las protestas, y hasta los informes anuales acerca
de la «Adaptación de los Nativos a la Presencia Colonial» pedidos por
la Administración, habían quedado arrinconados en el cajón de algún
escritorio del cuartel general. Estos dos humanoides no terráqueos
desconocían por completo la forma en que se explotaba a los
athshianos. El comandante Yung estaba enterado, desde luego; no era la
primera vez que bajaba, y habría visto las pocilgas de los creechis. De
todos modos un comandante de la Armada Colonial no tenía mucho
que aprender sobre las relaciones entre los terráqueos y las especies
nativas inteligentes. Aprobase o no la política de la Administración
Colonial, poco o nada podía sorprenderle. Pero un cetiano y un
hainiano ¿qué podían saber, a menos que la casualidad los trajese a una
colonia terráquea mientras iban a alguna otra parte? Lepennon y Or no
habían tenido nunca la intención de bajar. O quizá no habían pensado
bajar, pero al enterarse de los disturbios, ellos mismos habían insistido.
¿Por qué les había traído el comandante: por iniciativa propia o porque
ellos lo habían querido así? Quienesquiera que fuesen había en ellos un
aura de autoridad, una vaharada del áspero, embriagador olor del poder.
El dolor de cabeza de Lyubov había desaparecido como por encanto, se
sentía alerta y excitado, las mejillas un tanto acaloradas.
—Capitán Davidson —dijo—, tengo un par de preguntas, a
propósito de su enfrentamiento de anteayer con los cuatro nativos.
¿Está usted seguro de que uno de ellos era Sam, o Selver Thele?
—Creo que sí.
—Usted no ignora que él está resentido contra usted.
—No sé nada.
—¿No lo sabe? La mujer de Selver murió en las habitaciones de
usted inmediatamente después de una relación sexual, y él le considera
responsable de esa muerte, ¿no lo sabía usted? Selver le atacó una vez,
antes, aquí en Centralville; ¿lo había olvidado? Y bien, lo cierto es que
el odio personal de Selver hacia el capitán Davidson puede servir como
explicación o motivación parcial de este ataque sin precedentes. Los
athshianos no son incapaces de utilizar la violencia personal, nunca
afirmé nada semejante. Los adolescentes que no han dominado aún el
sueño controlado o el canto competitivo suelen luchar entre ellos, o
pelearse a puñetazos, y no siempre amistosamente. Pero Selver es un
adulto y un adepto; y, su primer ataque personal al capitán Davidson,
que yo presencié en parte, era sin lugar a dudas una tentativa de
asesinato. Como lo fue, dicho sea de paso, la represalia del capitán
Davidson. En ese momento, consideré el ataque como un episodio
psicótico aislado, producto de un dolor compulsivo e incontenible. Me
equivoqué. Capitán, cuando los cuatro athshianos se abalanzaron sobre
usted desde un lugar oculto, como dice usted en el informe, ¿quedó
postrado en el suelo?
—Sí.
—¿En qué posición?
El rostro sereno de Davidson se puso tenso y rígido, y Lyubov
sintió una punzada de remordimiento. Quería acorralar a Davidson en
sus mentiras, obligarle a decir la verdad alguna vez, pero no quería
humillarle en presencia de otros. Las acusaciones de violación y
asesinato corroboraban la imagen que Davidson tenía de sí mismo, la
del hombre totalmente viril, pero ahora esa imagen estaba en peligro:
Lyubov había presentado al soldado, el luchador, el hombre frío y rudo,
derribado por enemigos de la talla de un niño de seis años… ¿Tanto le
costaba a Davidson, entonces, recordar aquel momento en que tendido
en el suelo miraba por una vez desde abajo a los hombrecillos verdes,
no desde arriba?
—Estaba boca arriba.
—¿Tenía la cabeza echada hacia atrás, o vuelta hacia un costado?
—No lo sé.
—Estoy tratando de establecer un hecho, capitán, un hecho que
podría contribuir a explicar por qué Selver no le mató, pese a que tenía
una cuenta pendiente con usted y que pocas horas antes había ayudado
a matar a doscientos hombres. Me preguntaba si usted habrá estado
echado por ventura en una de las posiciones athshianas que obligan al
adversario a interrumpir el ataque.
—No lo sé.
Lyubov paseó una mirada rápida alrededor de la mesa de
conferencias; en todos los rostros había una curiosidad y cierta tensión.
—Esos gestos y posiciones que previenen la agresión, pueden tener
alguna raíz innata, pueden ser provocados por el instinto de
supervivencia, y por supuesto se enseñan, pero se los fomenta y se los
propaga socialmente. La más eficaz y la más completa es una posición
postrada, decúbito dorsal, con los ojos cerrados, la cabeza volcada hacia
atrás, exponiendo la garganta. Creo que un athshiano de las culturas
locales sería incapaz de golpear a un enemigo en esa posición. La cólera
y la agresión tendrían que ser descargadas de algún otro modo.
¿Cuándo fue derribado, Selver no cantó, por casualidad?
—¿No qué?
—No cantó.
—No lo sé.
Bloqueo. Nada que hacer. Lyubov estaba a punto de encogerse de
hombros y abandonar la partida, cuando el cetiano preguntó:
—¿Por qué, señor Lyubov?
La característica más fascinante del desapacible temperamento
cetiano era la curiosidad, una curiosidad inoportuna e inagotable; los
cetianos se morían de impaciencia, siempre queriendo ver lo que había
después.
—Vea usted —dijo Lyubov—, los athshianos utilizan una especie de
canto ritual en sustitución de la lucha física. También este es un
fenómeno social universal que puede tener bases fisiológicas, aunque es
muy difícil definir algo como «innato» en los seres humanos. Aquí, sin
embargo, todos los primates superiores participan en torneos vocales
entre dos machos, mucho aullido y mucho silbido; al fin, el macho
vencedor puede asestarle al otro un puñetazo, pero en general se limitan
a pasar una hora o algo así tratando de descubrir quién chilla más
fuerte. Los propios athshianos advierten la semejanza de esta costumbre
de los primates con sus propios concursos de canto, que también se
disputan exclusivamente entre machos; pero como ellos mismos
observan, esos concursos no son una simple descarga de agresividad,
sino una forma de arte. El mejor artista gana. Lo que me preguntaba era
si Selver había cantado sobre el capitán Davidson, y en ese caso, si cantó
porque no podía matarle, o porque prefirió una victoria sin
derramamiento de sangre. Estas preguntas necesitan ahora respuestas
bastante urgentes.
—Doctor Lyubov —dijo Lepennon—, ¿en qué medida son eficaces
estos mecanismos de canalización de la agresividad? ¿Son universales?
—Entre los adultos, sí. Así lo manifiestan mis informantes, y todas
mis observaciones parecían corroborarlo, hasta anteayer. La violación,
la agresión violenta y el asesinato no existen virtualmente entre ellos.
Hay accidentes, por supuesto. Y hay psicóticos, pero no muchos.
—¿Qué hacen con los psicóticos peligrosos?
—Los aíslan. Literalmente. En islas pequeñas.
—Los athshianos son carnívoros. ¿Cazan animales?
—La carne es un alimento común.
—Asombroso —dijo Lepennon, y su tez blanca palideció aún más
de pura excitación—. ¡Una sociedad humana con una barrera eficaz
contra la guerra! ¿Y a qué costo, doctor Lyubov?
—No estoy seguro, señor Lepennon. Quizá a expensas del cambio.
Son una sociedad estática, estable, uniforme. No tienen historia.
Perfectamente integrada y absolutamente inmóvil. Pero esto no
significa que no sean capaces de adaptarse.
—Señores, todo esto es muy interesante, sobre todo para los
especialistas, sin duda, pero puede no tener mucha relación con lo que
estamos tratando…
—No, discúlpeme, coronel Dongh, quizá este sea el centro de la
cuestión. ¿Decía, doctor Lyubov?
—Bueno, me pregunto si no están demostrando que pueden
adaptarse, ahora.
»Adaptando su comportamiento al nuestro. A la Colonia Terráquea.
Durante cuatro años se han comportado con nosotros como se
comportan entre ellos. A pesar de las diferencias físicas, nos
reconocieron como miembros de la misma especie, como hombres. Sin
embargo, nosotros no les respondimos como miembros de esa especie.
Hicimos caso omiso de las respuestas, los derechos y las obligaciones de
la no violencia. Hemos matado, violado, dispersado y esclavizado a los
humanos nativos, hemos destruido sus comunidades, y talado sus
bosques. No sería sorprendente que hayan llegado a la conclusión de
que no somos humanos.
—Y que por lo tanto pueden matarlos, como animales, sí, sí —dijo
el cetiano, disfrutando de la lógica; pero la cara de Lepennon era como
de piedra, imperturbable, y blanca.
—¿Esclavizado? —dijo.
—Las opiniones y teorías del capitán Lyubov son personales —dijo
el coronel Dongh—. Tengo la obligación de declarar que me parecen
erróneas, y él y yo ya lo hemos discutido muchas veces con
anterioridad. Nosotros no empleamos esclavos, señor. Algunos de los
nativos cumplen funciones útiles en nuestra comunidad. El Cuerpo
Voluntario de Mano de Obra Autóctona es parte integrante de todos
los campamentos, excepto los temporarios. Disponemos aquí de muy
escaso personal para llevar a cabo nuestras tareas y necesitamos obreros
y empleamos todos los que podemos conseguir, pero de ninguna
manera en condiciones que pudieran llamarse de esclavitud.
Lepennon estaba a punto de hablar, pero le cedió la palabra al
cetiano, quien dijo solamente:
—¿Cuántos de cada raza?
Gosse replicó:
—Dos mil seiscientos cuarenta y un terráqueos, ahora. Lyubov y yo
pensamos que la población nativa de esvis es de alrededor de tres
millones.
—¡Tendrían que haber tomado en cuenta esas estadísticas, señores,
antes de alterar las tradiciones nativas! —dijo Or, con una sonrisa
desagradable pero perfectamente genuina.
—No nos faltan armas ni equipos para resistir cualquier tipo de
agresión por parte de los nativos —dijo el coronel—. Sin embargo,
todos parecían estar de acuerdo; tanto las primeras Misiones
Exploradoras como nuestro equipo de especialistas dirigido por el
capitán Lyubov: los neotahitianos serían una especie primitiva
inofensiva y amante de la paz. Es obvio ahora que esta información era
errónea…
Or interrumpió al coronel.
—¡Obvio! ¿Considera usted que la especie humana es primitiva,
inofensiva y amante de la paz, coronel? No. ¿Pero sabía que los esvis de
este planeta son humanos? ¿Tan humanos como usted o yo o
Lepennon… ya que todos descendemos de la misma cepa hainiana
original?
—Esa es la teoría científica, lo sé…
—Coronel, es la verdad histórica.
—No estoy obligado a aceptarla como un hecho —dijo el viejo
coronel montando en cólera— y no me gusta que me atribuyan cosas
que no he dicho. Lo importante es que estos creechis miden un metro
de estatura, están cubiertos de piel verde, no duermen y según mi
criterio no son seres humanos.
—Capitán Davidson —dijo el cetiano—, ¿usted considera humanos
a los esvis nativos, o no?
—No lo sé.
—Pero usted tuvo relaciones sexuales con una… la mujer de ese
Selver. ¿Tendría usted relaciones sexuales con un animal? ¿Y qué opina
el resto de ustedes? —Miró uno tras otro al congestionado coronel, a
los ceñudos comandantes, a los lívidos capitanes, a los rastreros
especialistas—. No han pensado las cosas a fondo —concluyó. De
acuerdo con sus propios criterios, era un insulto brutal.
El comandante del Shackleton sacó al fin algunas palabras del
abismo de embarazoso silencio.
—Bien, señores, la tragedia de Campamento Smith está por cierto
íntimamente ligada con todo el problema de las relaciones entre colonos
y nativos, y no es de ningún modo un episodio insignificante o aislado.
Esto es lo que teníamos que establecer. Y siendo este el caso, creo que
podemos aliviar los problemas de ustedes. La finalidad principal de
nuestro viaje no era traer aquí un par de centenares de muchachas,
aunque sé que se han estado esperando, sino llegar a Prestno, donde ha
habido alguna dificultad, y entregarle al gobierno un ansible. Es decir,
un transmisor CID.
—¿Qué? —dijo Sereng, un ingeniero.
Alrededor de la mesa, todas las miradas parecían hipnotizadas.
—El que tenemos a bordo es un modelo antiguo, y cuesta
aproximadamente una renta planetaria anual. Esto, por supuesto, hace
veintisiete años de tiempo planetario, cuando partimos de la Tierra.
Hoy los fabrican en serie, y son relativamente económicos: parte del
equipo normal de las naves de la Armada. A su debido tiempo una nave
robot o tripulada vendrá hasta aquí para traerles el que corresponde a la
colonia. En realidad, será una nave tripulada de la Administración, que
ya está en camino, y llegará aquí dentro de nueve punto cuatro años
terrestres, si mal no recuerdo.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó alguien, enfrentándose al
comandante Yung.
—Por el ansible, el que tenemos a bordo —respondió sonriendo el
comandante—. Señor Or, ustedes inventaron el instrumento, ¿podría
explicárselo a los aquí presentes que no están familiarizados con los
términos?
El cetiano no se conmovió.
—No intentaré explicar a los presentes —dijo— cómo funciona un
ansible, pero para describir los efectos basta una frase: la transmisión
instantánea de un mensaje a cualquier distancia. Uno de los elementos
tiene que estar instalado en un gran cuerpo sólido, el otro puede ser
cualquier punto del cosmos. Desde que está en órbita el Shackleton se
ha comunicado diariamente con Terra, ahora a una distancia de
veintisiete años luz. Un mensaje no tarda cincuenta y cuatro años en ir
y venir, como ocurre con los aparatos electromagnéticos. No tarda
ningún tiempo. Ya no hay brecha de tiempo entre los mundos.
—Tan pronto como salimos del tiempo de dilatación NAFAL y
entramos en el espacio tiempo planetario, aquí, telefoneamos a casa,
como quien dice —prosiguió la voz suave del comandante—. Y nos
contaron todo lo que ocurrió durante los veintisiete años que estuvimos
viajando. La brecha de tiempo subsiste para los cuerpos, pero no para la
información. Como ustedes comprenderán, esto es tan importante para
nosotros como especie interestelar, como la aparición del lenguaje en las
etapas primitivas de nuestra evolución. Tendrá el mismo efecto: hacer
posible una sociedad.
—El señor Or y yo partimos de la Tierra, hace veintisiete años,
como delegados de nuestros respectivos gobiernos, Tau II y Hain —
dijo Lepennon. La voz era siempre suave y afable, pero ya no había en
ella ninguna vehemencia—. Cuando partimos, la gente hablaba de la
posibilidad de fundar una especie de liga entre los mundos civilizados,
ahora que las comunicaciones eran posibles. La Liga de los Mundos ya
existe. Existe desde hace dieciocho años. El señor Or y yo somos ahora
Emisarios del Consejo de la Liga, y por consiguiente tenemos ciertos
poderes y responsabilidades que no teníamos en la Tierra.
Los tres, los que habían bajado de la nave, seguían diciendo las
mismas cosas: existe un comunicador instantáneo, existe un gobierno
supremo interestelar… Créase o no. Se habían confabulado, y mentían.
Cuando este pensamiento le cruzó por la mente, Lyubov reflexionó, y
decidió que era una sospecha razonable pero injustificada, un
mecanismo de defensa. Sin embargo, algunos de la plana mayor,
habituados a pensar en compartimientos estancos, especialistas en
autodefensa, aceptarían la sospecha tan sin dilaciones como él la había
desechado. Quienquiera que reivindicase de pronto una nueva
autoridad no podía ser sino un farsante o un conspirador. Una reacción
no menos compulsiva que la de Lyubov, que había aprendido a
mantener la mente abierta en cualquier circunstancia.
—¿Tenernos que aceptarlo todo… solo porque usted lo dice, señor?
—preguntó el coronel Dongh, con dignidad y cierto patetismo.
Él, demasiado aturdido para mantener los pensamientos en
compartimentos estancos, sabía que no debía creer lo que decían
Lepennon, Or y Yung, pero en realidad lo creía, y tenía miedo.
—No —dijo el cetiano—. Eso es cosa del pasado. Antes, una
colonia como esta recibía las noticias que llegaban en anacrónicos
mensajes radiales, traídos por naves de paso, y nada más. Ahora ustedes
pueden comprobar lo que decimos. Vamos a dejarles el ansible
destinado a Prestno. Tenemos autorización de la Liga para hacerlo.
Recibida, naturalmente, a través del ansible. Esta colonia se halla en
mala situación. Peor de lo que me pareció comprender a través de los
informes de ustedes. Esos informes son muy incompletos; culpa de la
censura o de la tontería. Ahora, sin embargo, tendrán el ansible, y
podrán hablar con la Administración Terráquea; podrán pedir órdenes,
y así sabrán qué hacer. Dados los profundos cambios que se han
producido en la organización del Gobierno Terráqueo desde que
partimos de allí les recomendaría que hablaran inmediatamente. Ya no
hay pretextos para actuar de acuerdo con órdenes obsoletas; por
ignorancia; por una autonomía irresponsable.
Agrio el cetiano y, como la leche, se mantenía agrio. El tono del
señor Or había sido despótico, y el comandante Yung tendría que
ordenarle que cerrase la boca. Pero ¿podía acaso? ¿Cuál era el rango de
un «Emisario del Consejo de la Liga de los Mundos»?
¿Quién manda aquí?, pensó Lyubov, y también él sintió de pronto
un estremecimiento de miedo. El dolor de cabeza le había vuelto como
una sensación de constricción, una venda que le oprimía las sienes.
Miró a través de la mesa las manos blancas de dedos largos de
Lepennon, la izquierda apoyada sobre la derecha, inmóviles, sobre la
desnuda madera pulida. De acuerdo con las normas estéticas de Lyubov,
aprendidas en la Tierra, la piel blanca era un defecto, pero la serenidad y
la fuerza de aquellas manos le seducían. Para los hainianos, reflexionó,
la civilización era algo natural. La conocían desde hacía tanto. Vivían la
vida sociointelectual con la gracia de un gato que caza en un jardín, la
precisión de la golondrina que busca el verano más allá del mar. Eran
expertos. Nunca tenían que posar, que fingir. Eran lo que eran. En
ningún otro pueblo la envoltura humana parecía tan adecuada.
¿Excepto, quizá, los hombrecillos verdes? Los descarriados,
minúsculos, supraadaptados y estancados creechis, que eran tan
absolutamente, tan honestamente, tan serenamente lo que eran…
Un oficial, Benton, le preguntó a Lepennon si él y Or estaban en
este planeta como observadores de la (titubeó) «Liga de los Mundos», o
si estaban autorizados para…
Lepennon se apresuró a responderle cortésmente:
—Somos simples observadores, sin autoridad para dar órdenes, solo
para informar.
»Ustedes siguen siendo responsables solo ante el gobierno de la
Tierra.
El coronel Dongh dijo con alivio:
—Entonces nada ha cambiado fundamentalmente…
—Se olvida usted del ansible —le interrumpió Or—. Tan pronto
como hayamos finalizado con esta discusión, le diré cómo manejarlo,
coronel. Y entonces podrá consultar a la Administración Colonial.
—Visto y considerando que el problema de ustedes aquí es bastante
urgente, y que la Tierra es ahora un miembro de la Liga y podría en los
últimos años haber modificado de algún modo el Código Colonial, el
consejo del señor Or es a la vez adecuado y oportuno.
»Tendríamos que agradecer profundamente al señor Or y al señor
Lepennon la decisión de ceder a esta colonia terráquea el ansible
destinado a Prestno. Ellos lo decidieron; a mí solo me toca aplaudir.
Ahora bien, hay que tomar aún una decisión, y esta me incumbe;
apelaré como guía al juicio de todos ustedes. Si creen que la colonia
corre peligro inminente de nuevos y más graves ataques por parte de los
nativos, puedo dejar mi nave aquí una o dos semanas como arsenal de
defensa; también puedo evacuar a las mujeres. No hay niños todavía
¿no?
—No, señor —dijo Gosse—. Cuatrocientas ochenta y una mujeres,
ahora.
—Bien, tengo espacio para trescientos ochenta pasajeros y podría
acomodar a otro centenar. El peso suplementario hará que el viaje de
regreso dure un año más, pero no es imposible. Desgraciadamente, esto
es todo cuanto puedo hacer. Ahora seguiremos viaje a Prestno, el vecino
más cercano, que como todos saben, está a una distancia de uno coma
ocho años luz. Nos detendremos aquí en el viaje de regreso a Terra,
pero eso será dentro de otros tres años y medio terrestres. ¿Podrán
resistir?
—Sí —dijo el coronel, y otras voces le hicieron eco—. Ahora
estamos sobre aviso y no nos pillarán desprevenidos otra vez.
—Otra cosa —dijo el cetiano—, ¿podrá la población nativa resistir
la situación otros tres años y medio terrestres?
—Sí —dijo el coronel.
—No —replicó Lyubov.
Había estado observando el rostro de Davidson, y una especie de
pánico se había apoderado de él.
—¿Coronel? —dijo cortésmente Lepennon.
—Ya llevamos aquí cuatro años, y los nativos están florecientes.
Sobra lugar para todos nosotros; como usted puede ver es un planeta
excesivamente subpoblado, y la Administración no lo habría adaptado
para fines de colonización si no fuera así. Además, aunque no sé en qué
cabeza cabe, no volverán a cogernos desprevenidos; se nos había
informado erróneamente acerca de la naturaleza de estos nativos, pero
estamos perfectamente armados y somos capaces de defendernos,
aunque no es nuestra intención tornar represalias. Eso está
expresamente prohibido en el Código Colonial, aunque no sé qué otras
reglamentaciones puede haber adoptado el nuevo gobierno; de todos
modos nos guiaremos por las nuestras, como lo hemos hecho hasta
ahora, y ellas desautorizan rotundamente las represalias en masa y el
genocidio. No enviaremos mensajes pidiendo auxilio, al fin y al cabo
una colonia que está a veintisiete años luz de la Tierra tiene que confiar
en sus propias fuerzas y ser en realidad totalmente autosuficiente, y yo
no veo que el CID vaya a cambiar la situación, ya que las naves y los
hombres y los materiales viajan todavía casi a la velocidad cercana de la
luz. Proseguiremos con nuestros embarques de madera con destino a la
Tierra, y cuidaremos de nosotros mismos. Las mujeres no están en
peligro.
—¿Señor Lyubov? —dijo Lepennon.
—Llevamos aquí cuatro años. No sé si la cultura humana nativa
sobrevivirá cuatro más.
»En cuanto a la ecología total del continente, creo que Gosse estará
de acuerdo conmigo si digo que hemos destruido irremisiblemente los
sistemas de vida nativos en una de las grandes islas, hemos causado
daños inmensos en este subcontinente, Sornol, y si continuamos
talando y desbrozando al ritmo actual, dentro de diez años habremos
reducido a desiertos los principales territorios habitables. De esto no
tiene la culpa la Administración Colonial ni el Departamento de
Silvicultura; ellos no han hecho más que seguir un Plan de Desarrollo
trazado en la Tierra sin un conocimiento suficiente de los sistemas de
vida en este planeta, o de la población humana nativa.
—¿Señor Gosse? —dijo la voz afable.
—Bueno, Raj, estás magnificando un poco las cosas. No negaré que
lo de Isla Dump, que fue excesivamente desbrozada contra mis propias
recomendaciones, es un lamentable fracaso. Si en un área determinada
se tala más de cierto porcentaje de bosque, las plantas fibrosas vuelven a
dar semillas y las raíces de estas plantas son el elemento principal que da
cohesión en un terreno desbrozado; sin ellas el suelo se vuelve
polvoriento y volátil y desaparece rápidamente por la erosión de los
vientos y las lluvias intensas. Pero no puedo admitir que nuestras
directivas básicas sean erróneas, siempre y cuando se las siga
escrupulosamente. Se sustentaban en un minucioso estudio del planeta.
Aquí, en Central, ateniéndose al plan, hemos tenido éxito: la erosión es
mínima y el suelo desbrozado es altamente cultivable. Talar un bosque
no significa, al fin y al cabo, transformarlo en un desierto, excepto quizá
desde el punto de vista de una ardilla. No podemos anticipar con
precisión cómo se adaptarán los sistemas de vida nativos al nuevo
medio bosque-pradera-cultivo previsto en el Plan de Desarrollo, pero
hay muchas posibilidades de que un alto porcentaje se adapte y
sobreviva.
—Eso fue lo que dijo el Departamento de Explotación de Tierras a
propósito de Alaska durante la Primera Ola de Hambre —dijo Lyubov.
Algo le oprimía la garganta y su voz sonaba ronca y aflautada. Contaba
con el apoyo de Gosse—. ¿Cuántos abetos Spruce has visto en tu vida,
Gosse? ¿O cuántos búhos de las nieves? ¿O lobos? ¿O esquimales?
»El porcentaje de supervivencia de las especies nativas en el hábitat,
después de quince años de Programa de Desarrollo, era del cero coma
tres por ciento. Ahora es cero. La ecología de un bosque es muy
delicada. Si el bosque perece, la fauna puede extinguirse junto con él. La
palabra que para los athshianos designa el mundo designa también el
bosque. Yo denuncio, comandante Yung, que si bien la colonia puede
no estar en peligro inminente, el planeta mismo…
—Capitán Lyubov —dijo el viejo coronel—. Es improcedente que
los oficiales del cuerpo de especialistas presenten denuncias de esta
naturaleza ante oficiales de otras ramas del servicio; esas cuestiones
deberán someterse al juicio de los oficiales superiores de la Colonia, y
no toleraré más intentos como este de dar consejos sin permiso previo.
Sorprendido por su propio arranque, Lyubov se disculpó y procuró
parecer tranquilo. Si al menos no perdiera la calma, si no le flaqueara y
se le enronqueciera la voz, si pudiera conservar la compostura…
—Es evidente para nosotros —prosiguió el coronel— que usted
cometió un grave error de juicio cuando se refirió al temperamento
pacífico de los nativos del planeta, y por haber confiado en la
descripción de un especialista ha ocurrido esa terrible tragedia de
Campamento Smith. De modo que tendremos que esperar hasta que
otros especialistas en esvis hayan tenido tiempo de estudiarlos, porque
evidentemente las teorías de usted eran básicamente erróneas.
Lyubov, inmóvil, acusó el golpe. Que los hombres de la nave les
vieran pasarse la culpa de mano en mano como un ladrillo caliente:
tanto mejor. Cuanto más discrepancias entre ellos salieran a la luz,
mayores eran las probabilidades de que estos Emisarios les observasen
y les vigilasen. Y él era culpable: él se había equivocado. Al demonio
con el amor propio, si el pueblo del bosque tiene una oportunidad,
pensó Lyubov, y el sentimiento de humillación y autosacrificio fue tan
intenso que los ojos se le llenaron de lágrimas.
Sabía que Davidson le estaba observando.
Se irguió, muy tieso, el rostro enrojecido, las sienes palpitantes. Ese
bastardo de Davidson se burlaría de él. ¿No veían Or y Lepennon la
clase de hombre que era Davidson, y cuánto poder tenía aquí, mientras
que el poder de Lyubov, llamado «asesoramiento», no era más que una
ráfaga de humo? Si se daba a los colonos rienda suelta sin otra vigilancia
que la de una superradio, la masacre de Campamento Smith se
convertiría casi con certeza en el pretexto de una agresión sistemática
contra los nativos.
El exterminio bacteriológico, muy probablemente. El Shackleton
volvería a Nueva Tahití dentro de tres años y medio o cuatro, y
encontraría una próspera colonia terráquea, y ningún problema creechi.
Absolutamente ninguno.
Qué lamentable fue lo de la peste, a pesar de haber tomado todas las
precauciones requeridas por el Código; pero era una especie mutante,
no tenía resistencia natural, aunque logramos salvar a unos pocos
trasladándoles a la Nueva Falkland en el sur, y allí andan a las mil
maravillas los sesenta sobrevivientes.
La conferencia no se prolongó mucho tiempo más.
Lyubov se puso de pie y se inclinó hacia Lepennon por encima de la
mesa.
—Usted tiene que decirle a la liga que salve los bosques, a la gente
de los bosques —le dijo en voz casi inaudible, con la garganta oprimida
—, tiene que hacerlo, por favor.
El hainiano buscó los ojos de Lyubov; su mirada era reservada,
bondadosa y profunda como un pozo. No dijo nada.






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