El nombre del mundo es bosque / Capítulo 1 / Lista de reproducción



    Buenas a todxs, querido Club. Nos acercamos al fin de febrero y aunque podría parecer que estuvimos inactivxs, no fue así. Este mes estamos leyendo El nombre del mundo es bosque, de Úrsula K. Le Guin. Y para empezar, como suelo hacer, les comparto una lista de reproducción que acompañe la lectura. En este caso es música inspirada en la novela que nos ocupa y algunas otras de la autora, que tiene una prolífica carrera. Pueden escuchar la lista de reproducción AQUÍ. Espero que les guste, es una de las listas más cortas que armé hasta ahora, así que sus aportes son más que bienvenidos.

    Quiero además comentar que es la primera novela de la autora que leo y se aleja un poco de mis habituales preferencias, digamos que tuve que salir de mi zona de confort para leerla. Así que estoy en terreno pantanoso y no sé qué me espera. Comparto aquí mismo el primer capítulo para quienes quieran unirse a nuestra lectura colectiva. Son bienvenidos los comentarios sobre este capítulo y cualquier debate que surja. Recuerden que también está disponible el pdf en nuestra Biblioteca Virtual de Distopías. Les dejo el link abajoo.

    ¡Nos vemos el próximo capítulo!



Flor.-

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Capítulo 1

    Cuando despertó, el capitán Davidson se quedó un rato acostado,
mientras recordaba dos hechos ocurridos el día anterior. Uno
positivo: el nuevo cargamento de mujeres había llegado. Créanlo
o no. Ya estaban aquí, en Centralville, a veintisiete años luz de la Tierra
por NAFAL y a cuatro horas en helicóptero de Campamento Smith, el
segundo grupo de hembras de cría para la Colonia Nueva Tahití, todas
sanas y aptas, doscientas doce cabezas de ganado humano de
primerísima calidad. O, en cualquier caso, lo suficientemente buena.
Uno negativo: el informe de Isla Dump sobre el fracaso de las cosechas,
la erosión incesante, el diluvio. La imagen de las doscientas doce
figuritas en fila, lozanas, tentadoras, atractivas, desapareció de la mente
de Davidson, y dejó paso a una visión donde la lluvia caía en cascadas
sobre los campos cultivados, golpeando la tierra hasta convertirla en
fango, diluyendo el fango en ríos rojizos que se deslizaban por entre las
rocas y desembocaban en un mar batido por la lluvia. La erosión había
comenzado antes que Davidson se marchara de la isla para encargarse
de la dirección del gobierno en Campamento Smith, y como estaba
dotado de una memoria visual prodigiosa, de esas que llaman eidéticas,
ahora lo revivía todo con demasiada claridad.
    Uno habría pensado que Kees tenía razón, que en definitiva era
necesario dejar muchos árboles en los terrenos que proyectaban
destinar a la agricultura. Pero Davidson no podía entender por qué se
tenía que desperdiciar tanto espacio para árboles en un cultivo de soja,
si se trabajaba la tierra de una forma verdaderamente científica. En
Ohio no era así: si uno quería cereales sembraba cereales, y nadie
malgastaba terreno en árboles y otras tonterías. Aunque por otro lado
la Tierra era un planeta domado, y Nueva Tahití no lo era.
Pero para eso estaba él allí para domarlo. Y si ahora Isla Dump no
era nada más que un montón de rocas y barrancos pues bien, se la
borraba del mapa… se empezaba de nuevo en otra isla y se hacían mejor
las cosas. No siempre nos vas a derrotar, planeta maldito dejado de la
mano de Dios. Nosotros somos Hombres. Pronto sabrás lo que
significa esto, pensó Davidson, y sonrió en la oscuridad de la cabaña,
pues a Davidson le gustaban los desafíos. Al pensar en los Hombres,
recordó las Mujeres, y una vez más desfilaron por su mente las
doscientas doce figuritas insinuantes, risueñas, bulliciosas.
    —¡Ben! —bramó, sentándose en la cama y balanceando los pies
desnudos por encima del suelo también desnudo—. ¡Agua caliente
prepara Rápido-volando!
    El bramido acabó de despertarle a plena satisfacción.
    Se desperezó, se rascó el pecho, se puso los pantalones cortos y salió
de la cabaña, a la luz del sol, con gestos rápidos y precisos. Era un
hombre corpulento de músculos recios, y disfrutaba de su cuerpo bien
entrenado. Ben, su creechi, tenía el agua a punto y humeante sobre el
fuego, como de costumbre, y estaba allí, acurrucado, mirando las
musarañas, como de costumbre. Los creechis nunca dormían, no hacían
nada más que estarse allí y mirar y mirar.
    —Desayuno. ¡Rápido-volando! —dijo Davidson, mientras recogía
la navaja de encima de la mesa de madera, donde la había dejado el
creechi, junto con una toalla y un espejo.
    Sería un día ajetreado para Davidson. Había decidido, de repente,
volar hasta Centralville para ver con sus propios ojos a las nuevas
mujeres. No iban a durar mucho, doscientas doce para más de dos mil
hombres, y como las de la primera tanda, casi todas serían con
seguridad Novias Coloniales, solo unas veinte o treinta vendrían como
Personal de Esparcimiento; pero aquellas criaturitas eran verdaderas
hembras, insaciables, y esta vez Davidson estaba decidido a ser el
primero, al menos con una de ellas. Sonrió por el lado izquierdo,
mientras se afeitaba la tensa mejilla derecha con la herrumbrosa navaja.
    El viejo creechi iba y venía de un lado a otro y tardaba una hora en
traerle el desayuno desde la cocina.
    —¡Rápido-volando! —aulló Davidson, y Ben aceleró su
vagabundeo desarticulado convirtiéndolo en algo parecido a una
marcha.
    Ben medía alrededor de un metro de estatura y la pelambrera que le
cubría la espalda parecía más blanca que verde; era viejo, y duro de
mollera, incluso comparado con otros creechis, pero Davidson sabía
cómo manejarlo; él era capaz de domar a cualquiera de ellos, siempre y
cuando el esfuerzo valiera la pena. Pero no valía la pena. Que trajeran
aquí seres humanos en cantidad suficiente, que construyesen máquinas
y robots, que edificaran granjas y ciudades, y ya nadie necesitaría
recurrir a los creechis. Y sería lo justo, además, pues este mundo, Nueva
Tahití, estaba literalmente hecho para los hombres. Una vez limpio y
rehecho, una vez eliminados los bosques sombríos por interminables
campos de cereales, una vez erradicados el oscurantismo, el salvajismo y
la ignorancia, aquello sería un paraíso, un verdadero Edén. Un mundo
mejor que la cansada Tierra. Y sería su mundo, el mundo de Davidson.
Porque muy en el fondo, Don Davidson era eso: un domador de
mundos. Y no porque fuera hombre jactancioso, pero eso sí, conocía su
valor. Sabía lo que quería y, cómo conseguirlo. Y siempre lo lograba.
El desayuno llegó caliente al estómago del capitán Davidson. Ni
siquiera la aparición de Kees van Sten, gordo, blanco y preocupado, los
ojos desorbitados, como unas pelotas de golf de color azul, logró
estropearle el buen humor.
    —Don —dijo Kees sin molestarse en darle los buenos días—, los
leñadores han vuelto a cazar ciervos en los Desmontes. Hay dieciocho
pares de astas en la habitación del fondo de la Hostería.
    —Nadie consiguió jamás que no se cazara en los cotos, Kees.
—Tú puedes hacerlo. Por eso vivimos bajo la ley marcial, por eso el
Ejército gobierna esta colonia. Para que se cumplan las leyes.
¡Un ataque frontal de Gordo van Kees! Era casi divertido.
    —De acuerdo —dijo Davidson en un tono razonable—, yo podría.
Pero mira una cosa, yo estoy aquí para velar por los hombres; esa es mi
función, como tú dices. Y son los hombres lo que cuenta. No los
animales. Si un poco de caza furtiva les ayuda a soportar la vida en este
mundo dejado de la mano de Dios, yo estoy dispuesto a hacer la vista
gorda. En algo tienen que entretenerse.
    —Tienen juegos, deportes, aficiones, cine, copias televisadas de los
principales encuentros deportivos del siglo, licores, marihuana,
alucinógenos, y un grupo nuevo de mujeres en Centralville para quienes
no están contentos con las aburridas recomendaciones del Ejército: una
higiénica homosexualidad. Tus héroes fronterizos están malcriados y
corrompidos, y no hay ninguna necesidad de que exterminen una
especie nativa única para «entretenerse». Si tú no tomas medidas, tendré
que denunciar una grave infracción de los Protocolos Ecológicos en mi
informe al capitán Gosse.
    —Puedes hacerlo si lo consideras justo, Kees —dijo Davidson, que
nunca perdía la calma. Era casi patético ver la forma en que un euro
como Kees enrojecía hasta las orejas cada vez que perdía el dominio de
sí mismo—. A fin de cuentas es tu deber. No discutiré contigo. Central
estudiará el asunto y decidirá quién tiene razón. Mira, Kees, tú en
realidad quieres conservar este lugar tal como está. Como un Gran
Parque Nacional. Para recreo de la vista, para estudio. Formidable, tú
eres un especialista. Pero somos nosotros, los don nadie, los que
tenemos que hacer el trabajo. La Tierra necesita madera, la necesita
desesperadamente. Y nosotros hemos encontrado madera en Nueva
Tahití.
    »Pues bien, ahora somos leñadores. Mira, en lo que tú y yo
discrepamos es en que para ti la Tierra no es lo más importante. Para
mí, sí.
    Kees lo miró de soslayo con esos ojos que parecían pelotas de golf
de color azul.
    —¿De veras? ¿Así que lo que tú quieres es construir este mundo a
imagen y semejanza de la Tierra? ¿Un desierto de cemento?
    —Cuando yo digo Tierra, Kees, me refiero a la gente. A los
hombres. A ti te preocupan los ciervos y los árboles y las fibrillas, la
madera, fantástico, eso es asunto tuyo. Pero a mí me gusta ver las cosas
en perspectiva, de cabo a rabo, y el cabo, por el momento, somos
nosotros, los humanos. Ahora estamos aquí, y por lo tanto este mundo
funcionará a nuestra manera. Te guste o no, es una realidad que tienes
que asumir, porque así son las cosas. Escucha, Kees, iré un momento
hasta Central para echar un vistazo a las nuevas colonias. ¿Quieres
acompañarme?
    —No, gracias, capitán Davidson —dijo el especialista
encaminándose hacia la cabaña laboratorio. Estaba loco de remate el
viejo Kees; perturbado por esos condenados ciervos. Eran unos
animales formidables, era evidente. La excelente memoria de Davidson
le permitió recordar el primer ciervo que había visto aquí, en la Tierra
de Smith, una gran sombra roja dos metros de espalda, una corona de
espesos cuernos dorados, una bestia ligera, temeraria, la mejor presa de
caza que uno hubiera podido imaginar. Allá en la Tierra, ahora
utilizaban ciervos robots, hasta en las Rocosas y en los parques del
Himalaya, pues los de carne y hueso estaban poco menos que
extinguidos. Estas bestias, las de aquí, eran el sueño de cualquier
cazador. Y se las cazaría. Demonios, si hasta los creechis los cazaban,
con sus piojosos y pequeños arcos. A los ciervos había que cazarlos,
para eso estaban. Pero el viejo corazón herido de Kees no podía
soportarlo. Era un hombre decente, seguro, pero que vivía fuera de la
realidad, y de poco carácter. No entendía que uno tiene que ponerse del
lado de los ganadores, o perder. Y es el hombre el que gana, siempre. El
viejo conquistador.
    Davidson cruzó a grandes zancadas la colonia. La luz de la mañana
le daba en los ojos, y el olor dulzón de la madera aserrada y del humo
de leña flotaba en el aire tibio. El campamento de leñadores, como tal,
no era malo. En solo tres meses terrestres los hombres habían
transformado una gran zona de tierras vírgenes. Campamento Smith:
un par de grandes aparatos geodésicos de plástico corrugado, cuarenta
cabañas de madera construidas con mano de obra creechi, el aserradero,
el incinerador que arrastraba el humo azul por encima de los troncos y
de la madera cortada; y allá arriba, en las colinas, el campo de aviación y
los grandes hangares prefabricados para los helicópteros y las máquinas
pesadas. Eso era todo. Pero cuando llegaron no había nada. Árboles.
Una oscura maraña de árboles, espesa, intrincada, interminable; sin
ningún sentido. Un río perezoso invadido y ahogado por los árboles,
algunas madrigueras de creechis escondidas entre ellos, algunos ciervos
rojos, monos peludos, aves. Y árboles. Raíces, troncos, ramas, hojas
arriba y abajo que se le metían a uno en la cara y en los ojos, una
infinidad de hojas en una infinidad de árboles.
    Nueva Tahití era en su mayor parte agua, mares poco profundos y
templados, interrumpidos aquí y allá por arrecifes, islotes, archipiélagos
y los cinco continentes que se extendían en un arco de 2500 kilómetros
a lo largo del cuadrante del Noroeste. Y todos aquellos lunares y
verrugas de tierra estaban cubiertos de árboles. Océano: bosque. La
alternativa era obvia para Nueva Tahití. Agua y sol, u oscuridad y hojas.
Pero ahora estaban aquí los hombres, para acabar con la oscuridad y
convertir la maraña de árboles en tablones pulcramente aserrados, más
preciados que el oro en la Tierra. Literalmente, porque el oro se podía
encontrar en el agua de los mares y bajo el hielo de la Antártida, pero la
madera no, la madera solo la producían los árboles. Y en la Tierra era
un lujo realmente necesario. Así pues, los bosques de aquel planeta
extraño eran convertidos en madera. En tres meses, doscientos hombres
con sierras robot y maquinaria de transporte habían limpiado ya una
extensión de diez kilómetros en Tierra de Smith. Las cepas del
Desmonte más próximo al campamento eran ahora unos desechos
blanquecinos; tratados químicamente caerían en la tierra transformados
en cenizas fertilizadas, y en ese momento los colonos definitivos, los
agricultores, se instalarían en Tierra de Smith. No tendrían mucho que
hacer: plantar las semillas, y esperar a que germinasen.
    Eso ya había ocurrido una vez. Era una coincidencia rara; en
realidad, era la evidencia de que Nueva Tahití estaba destinada a ser
habitada por seres humanos. Todo lo que había aquí se había traído de
la Tierra alrededor de un millón de años atrás, y la evolución había
seguido pautas tan similares que uno reconocía inmediatamente cada
especie: pino, roble, nogal, castaño, abeto, acebo, manzano, fresno;
ciervo, ave, ratón, gato, ardilla, mono. Los humanoides de Hain Davenant aseguraban, naturalmente, que lo habían hecho ellos en la
misma época en que colonizaron la Tierra, pero si uno se tomaba en
serio a esos extraterrestres parecía que hubieran colonizado todos los
planetas de la Galaxia, y que por añadidura lo hubieran inventado todo,
desde el sexo hasta los clavos. Eran mucho más verosímiles las teorías
sobre la Atlántida; esta podía ser perfectamente una colonia atlante
desconocida. Pero la especie humana se había extinguido, y del
desarrollo del mono había nacido la especie que sustituiría a los
humanos: el creechi; un metro de altura y una pelambrera verde. Como
extraterrestres eran de lo más vulgar, pero como hombres eran un
engendro, un verdadero aborto de la naturaleza. Si hubiesen contado
con un millón de años más, quizá. Pero los conquistadores habían
llegado primero. Ahora la evolución avanzaba no al ritmo de una
mutación casual cada mil años, sino a la velocidad de las astronaves de
la Flota Terráquea.
    —¡Eh, capitán!
    En apenas un microsegundo, Davidson se volvió, pero fue suficiente
para sentirse inquieto. Algo pasaba en este maldito planeta, en este sol
dorado y en el cielo nublado, en esos vientos tranquilos que olían a
moho y a polen, algo que le hacía soñar a cualquiera.
    Sin darse cuenta, uno iba y venía, pensando en conquistadores y en
el destino, y terminaba moviéndose con la misma pereza y lentitud que
los creechis.
    —¡Buen día, Ok!
    Davidson saludó con vivacidad al capataz de los leñadores.
Negro y recio como una cuerda de metal, Oknanawi Nabo era
físicamente el polo opuesto de Kees, pero tenía la misma expresión
preocupada.
    —¿Tiene medio minuto?
    —Desde luego. ¿Qué te preocupa Ok?
    —Los pequeños bastardos.
    Los dos hombres se apoyaron de espaldas contra una cerca de
alambre y Davidson encendió el primer canuto del día. Los rayos del
sol cortaban el aire en medio del humo azulado del porro. Desde detrás
del campamento, en el bosque, una parcela de quinientos metros
todavía sin desbrozar, llegaban los leves e incesantes rumores, crujidos,
zumbidos, ronroneos y sonidos que se oyen por la mañana en los
bosques. Ese claro podía haber estado en Idaho en 1950. O en
Kentucky en 1830. O en la Galia en el año 50 antes de Cristo.
    —Ti-huit —llamó un pájaro a lo lejos.
    —Me gustaría quitármelos de encima, capitán.
    —¿A los creechis? ¿Qué quieres decir, Ok?
    —Dejarlos en libertad, nada más. Lo que producen en el aserradero
no es suficiente para poder alimentarlos. Y además los quebraderos de
cabeza que provocan. Sencillamente, no trabajan.
    —Claro que trabajan, si sabes cómo obligarles a hacerlo. Ellos
construyeron el campamento.
    El rostro de obsidiana de Oknanawi era impenetrable.
    —Bueno, usted tiene ese don, supongo. Yo no lo tengo. —Hizo una
pausa—. En ese curso de Historia Aplicada que seguí cuando me
preparaba para el Lejano Exterior, decían que la esclavitud nunca dio
resultado. Que era antieconómica.
    —De acuerdo, pero esto no es esclavitud, mi querido Ok. Los
esclavos son seres humanos. Cuando crías vacas, ¿llamas a eso
esclavitud? No. Y da resultado.
    Impasible, el capataz asintió con un movimiento de cabeza, pero
dijo:
    —Son demasiado pequeños. Quise matar de hambre a los más
huraños. Se quedan quietos y aguantan.
    —Son pequeños, de acuerdo, pero no te dejes engañar, Ok. Son
fuertes; tienen una resistencia asombrosa; y no son sensibles al dolor
como los humanos. Eso no lo tienes en cuenta, Ok. Crees que pegarle a
uno de ellos es como pegarle a un crío, o algo así.
»Créeme, para el dolor que sienten, es como si le pegaras a un robot.
Oye, tú te acostaste con algunas de sus hembras, tú sabes que parecen
no sentir absolutamente nada, ni placer, ni dolor, se quedan allí tendidas
como colchones y te aguantan cualquier cosa. Y todos son iguales.
Probablemente tienen nervios más primitivos que los humanos. Como
los peces. A propósito, te voy a contar una historia bastante
desagradable que me ocurrió.
    »Cuando yo estaba en la Central, antes de venir aquí, uno de los
machos domesticados me embistió. Ya sé que te habrán dicho que ellos
nunca pelean, pero a este se le subió la sangre a la cabeza, perdió la
chaveta; por suerte no estaba armado, porque si no me liquida. Casi
tuve que matarle a puñetazos para que me soltara. Pero insistió. Es
increíble la de puñetazos que le di, y en ningún momento sintió nada.
Como uno de esos escarabajos que tienes que pisar una y otra vez
porque no se da cuenta de que lo has triturado. Mira esto. —Davidson
agachó la cabeza casi pelada al cero para mostrar una zona nudosa y
tumefacta detrás de la oreja—. Por un pelo me salvé de una conmoción.
Y me lo hizo con un brazo roto y la cara metida en salsa de arándanos.
Me atacaba, me atacaba y volvía a atacarme. Así son las cosas, Ok, los
creechis son holgazanes, son torpes, son traicioneros, y no tienen dolor.
Tienes que ser duro con ellos y mantenerte impasible.
    —No merecen que uno se tome todo este trabajo, capitán. Malditos
bastardos minúsculos, verdes y ariscos, no quieren pelear, no quieren
trabajar, no quieren nada. Lo único que quieren es reventarme.
Las quejas del refunfuñón Oknanawi no podían ocultar su
obstinación. Ok no dejaba de castigar a los creechis porque fueran
mucho más pequeños, eso lo tenía bien claro, y también Davidson lo
sabía ahora, lo aceptó en seguida. Él sabía cómo manejar a sus hombres.
—Mira, Ok. Prueba esto. Llama a los cabecillas y diles que les vas a
meter un pinchazo de alucinógenos. Mescalina, ele ese, cualquiera, no
saben cuál es cuál, pero les aterroriza. No exageres y todo irá bien.
Puedo asegurártelo.
    —¿Por qué les tienen tanto miedo a los alucinógenos? —preguntó
con curiosidad el capataz.
    —¡Qué sé yo! ¿Por qué las mujeres les tienen miedo a los ratones?
¡No les pidas a las mujeres y a los creechis que tengan sentido común,
Ok! A propósito de mujeres, precisamente iba a Centralville esta
mañana. ¿Quieres que le ponga la mano encima por ti a alguna de las
chicas?
    —Es mejor que la tenga lejos hasta que yo salga de permiso —dijo
Ok con una sonrisa.
    Un grupo de creechis pasó transportando una larga viga de doce por
doce para la Sala de Reunión, que se estaba construyendo más abajo, en
la orilla del río. Unas figuras pequeñas, lentas, bamboleantes, que
arrastraban penosamente la enorme viga, como una hilera de hormigas
que arrastrase una oruga muerta, hoscos e ineptos. Oknanawi les
observó y dijo:
    —Capitán, de verdad me dan escalofríos.
    Eso era extraño, viniendo de un hombre rudo, tranquilo como Ok.
    —Bueno, en realidad, Ok, estoy de acuerdo contigo en que no vale
la pena tomarse tanto trabajo, o correr tantos riesgos. Si ese marica de
Lyubov no estuviera rondando por aquí, y si el coronel no se empeñase
tanto en atenerse al Código, creo que nosotros mismos podríamos
despejar las áreas que colonizamos, en vez de aplicar el acta de Mano de
Obra Voluntaria. Al fin y al cabo, tarde o temprano les van a liquidar, y
quizá cuanto antes lo hagan mejor. ¿Por qué no? Porque así son las
cosas. Las razas primitivas siempre han tenido que dar paso a las razas
civilizadas. La alternativa es la asimilación.
    »Pero ¿para qué demonios vamos a querer asimilar a un montón de
monos verdes? Y como tú dices, tienen la inteligencia mínima como
para que no podamos confiar en ellos.
    »Como esos monos enormes que había en el África. ¿Cómo se
llamaban?
    —¿Gorilas?
    —Eso mismo. De igual manera que en el África nos fue mejor sin
los gorilas, aquí nos irá mejor sin los creechis. Son un estorbo… Pero
Papaíto Ding-Dong dice que hay que utilizar la mano de obra creechi, y
nosotros la utilizamos. Por algún tiempo. ¿Entendido? Hasta la noche,
Ok.
    —Entendido, capitán.
    Davidson miró el helicóptero desde el Cuartel General de
Campamento Smith: un cubo de tablones de pino de cuatro metros de
lado, dos escritorios, un refrigerador de agua, el teniente Birno
reparando un radiotransmisor.
    —No dejes que se queme el campamento, Birno.
    —Tráigame una chica, Capitán. Rubia. Ochenta y cinco, cincuenta y
cinco, noventa.
    —Cristo ¿nada más?
    —Me gustan menuditas, no desbordantes, sabe.
Birno dibujó expresivamente el modelo preferido en el aire. Con
una sonrisa, Davidson siguió cuesta arriba hacia el hangar. Mientras
volaba sobre el campamento, le echó una ojeada: las viviendas de los
muchachos, los caminos esbozados apenas, los grandes claros de cepas
y rastrojos, todo empequeñeciéndose a medida que el aparato ganaba
altura; el verde de los bosques de la gran vid, que no habían talado aún,
y más allá de ese verde sombrío el verde pálido del mar inmenso y
ondulante. Ahora Campamento Smith parecía una mancha amarilla, un
lunar en el ancho tapiz verde.
    Dejó atrás el estrecho Smith y la boscosa y escarpada cordillera al
norte de Isla Central, y a eso del mediodía aterrizó en Centralville.
    Parecía toda una ciudad, al menos ahora, después de tres meses en los
bosques; aquí había calles y edificios de verdad; aquí estaban desde
hacía cuatro años, cuando se había fundado la Colonia. Uno no se daba
cuenta de lo que era en realidad —una población fronteriza, pequeña y
endeble— hasta que la miraba desde el sur a un kilómetro y veía
resplandecer por encima de los tocones y las callejuelas de hormigón
una torre dorada y solitaria, más alta que cualquier otra cosa de
Centralville. No era una nave grande, pero aquí parecía grande. En
verdad no era más que una cápsula de aterrizaje, un nódulo auxiliar, un
bote salvavidas de la astronave; la nave de ruta NAFAL, el Shackleton,
estaba en órbita, medio millón de kilómetros más arriba. La cápsula era
apenas una muestra, una huella digital de la grandiosidad, la potencia, la
precisión y el esplendor prodigioso de la tecnología astronáutica
terrestre.
    Davidson se quedó mirando la nave, y durante un segundo los ojos
se le llenaron de lágrimas. Y no se avergonzó. Aquella nave había
venido del hogar. Y de esta manera él era un buen patriota.
    Un momento después, mientras caminaba por las calles del
pueblecito fronterizo, con sus vastas perspectivas de casi nada en los
extremos, empezó a sonreír. Porque allí estaban las damas, seguro, y
uno se daba cuenta en seguida de que eran carne fresca.
    Casi todas iban vestidas con faldas estrechas y largas y unos zapatos
que parecían chanclos, de color rojo, púrpura, dorado, y camisas con
volantes dorados o plateados.
    Nada de pezones a la vista. Las modas habían cambiado; mala
suerte. Todas llevaban el cabello recogido muy alto, rociado
seguramente con ese empasto pringoso que ellas usaban. Pero solo a las
mujeres se les ocurría ponerse esas cosas en los cabellos, y por lo tanto
era provocativo. Davidson sonrió a una euraf pequeñita y oronda con
más cabello que cabeza; no obtuvo la sonrisa que esperaba pero sí un
meneo de nalgas que decía a las claras: sigue, sigue, sígueme. Sin
embargo, no la siguió. Todavía no. Fue al Cuartel General: piedra
reconstituida y chapa plástica estándar, 40 oficinas, 10 refrigeradores de
agua, un arsenal en el subsuelo, y conexión directa con el Comando
Central de la Administración Colonial de Nueva Tahití. Se cruzó con
un par de tripulantes de la cápsula, presentó en Selvicultura un pedido
de un nuevo descortezador semirobot, y concertó una cita con su
camarada de toda la vida Juju Sereng en el Luau Bar a las catorce cero
cero.
    Llegó al bar una hora antes para comer algo antes de empezar a
beber, Lyubov estaba allí en compañía de un par de tipos de la Flota,
eruditos de una u otra calaña, que habían bajado en la cápsula del
Shackleton; Davidson no apreciaba demasiado a la Armada, una
pandilla de rufianes engreídos, que dejaban en manos del Ejército los
trabajos sucios, pesados y peligrosos; pero galones eran galones, y de
todas maneras le divirtió ver a Lyubov yendo de juerga con gente de
uniforme. Estaba hablando, agitando las manos de un lado a otro, como
de costumbre. Davidson le palmeó el hombro al pasar y le dijo:
    —Hola, Raj, viejo. ¿Qué hay de nuevo?
    Siguió de largo sin esperar la mueca de odio, aunque le dolía
perdérsela. Era francamente divertida la forma en que Lyubov le
aborrecía. Un afeminado, probablemente, que envidiaba la virilidad de
los otros. De todos modos, Davidson no iba a tomarse la molestia de
odiar a Lyubov, no valía la pena.
    El Luau servía un bistec de venado de primera. ¿Qué dirían en la
vieja Tierra si vieran a un hombre engullirse un kilo de carne en una
sola comida? ¡Pobres infelices, condenados a beber jugo de soja! Al rato
llegó Juju acompañado —como Davidson confiaba y esperaba— por la
flor y nata de las nuevas damiselas: dos bellezas suculentas, no Novias
sino Personal de Esparcimiento. ¡Ah, la decrépita Administración
Colonial de vez en cuando hacía las cosas bien! Fue una larga y cálida
tarde.
    En el vuelo de regreso al campamento cruzó el Estrecho Smith al
nivel del sol, que flotaba por encima del mar en lo alto de un banco de
niebla dorada. En el asiento del piloto, Davidson canturreaba al compás
de los balanceos del helicóptero. Tierra de Smith apareció a la vista
envuelta en la bruma; había una humareda sobre el campamento, un
hollín oscuro como si hubiesen echado petróleo en el incinerador de
residuos. Era tan espeso que Davidson no podía ver los edificios. Hasta
que tocó tierra en el aeródromo no vio el avión carbonizado, los
despojos ennegrecidos de los helicópteros, el hangar quemado hasta los
cimientos.
    Volvió a despegar y voló sobre el campamento, a tan poca altura que
hubiera podido chocar con la chimenea cónica del incinerador, lo único
que quedaba en pie. Todo lo demás había desaparecido: el aserradero, el
horno, los depósitos de madera, el Cuartel General, las cabañas, las
barracas, el pabellón de los creechis, todo. Armazones ennegrecidos y
ruinas, todavía humeantes. Pero no había sido un incendio en el bosque.
El bosque estaba allí, siempre verde, a un paso de las ruinas.
Davidson regresó al aeródromo, posó el aparato, y bajó en busca de la
motocicleta, pero también ella era un despojo negro, junto a las ruinas
humeantes, pestilentes, del hangar y las máquinas. Bajó corriendo hacia
el campamento. De pronto, al pasar junto a lo que fuera la cabaña de
radiocomunicaciones, su cerebro volvió a funcionar. Sin dudar ni un
momento cambió de dirección y abandonó el camino, detrás de la
cabaña destripada. Allí se detuvo. Escuchó.
    No había nadie. Todo estaba en silencio. Las llamas se habían
extinguido hacía bastante rato; solo las grandes pilas de madera
humeaban aún, y había ascuas rojas bajo las cenizas y el carbón. Más
valiosos que el oro, habían sido esos rectangulares montones de ceniza.
Pero de los negros esqueletos de las barracas y cabañas no brotaba
humo; y había huesos medio calcinados entre las cenizas.
    Se escondió detrás de la cabaña de radio. Ahora tenía la mente más
activa y lúcida que nunca. Había dos posibilidades. Primera: un ataque
extraplanetario. Davidson vio la torre dorada en el muelle espacial de
Centralville. Pero si al Shackleton le hubiera dado por la piratería, ¿por
qué iba a empezar borrando del mapa un campamento pequeño, en
lugar de tomar Centralville? No, tenía que ser una invasión, seres de
otro planeta. Alguna raza desconocida, o quizá los cetianos o los
hainianos, que habían decidido ocupar las colonias terrestres. Davidson
nunca había confiado en esos malditos humanoides sabihondos. Sin
duda, habían arrojado una bomba de calor aquí y las fuerzas invasoras,
con aviones, carros voladores, bombas nucleares, bien podían estar
ocultas en una de las islas, o en un arrecife, o en cualquier paraje del
Cuadrante del Sudeste. Tenía que volver al helicóptero, dar la alarma y
luego tratar de echar un vistazo a los alrededores, hacer un
reconocimiento e informar sobre la situación al Cuartel General. Estaba
levantándose cuando oyó las voces.
    No eran voces humanas. Un parloteo ininteligible, agudo,
susurrante. Gente de otros mundos.
    Se estiró en el suelo, detrás del techo de plástico deformado por el
calor, parecido a unas alas de murciélago extendidas. Davidson se quedó
muy quieto y prestó atención.
    Cuatro creechis venían por el camino, a pocos metros de donde él se
encontraba. Eran creechis salvajes; excepto los flojos cinturones de
cuero de los que pendían cuchillos y bolsitos, iban totalmente
desnudos.
    Ninguno de ellos usaba los pantalones cortos y el collar de cuero
que se suministraba a los creechis domesticados. Los Voluntarios del
pabellón habían sido incinerados sin duda junto con los humanos.
Se detuvieron a corta distancia de su escondrijo, hablando en ese
lento parloteo, y Davidson contuvo el aliento. No quería que lo
descubriesen. ¿Qué diablos estaban haciendo aquí? Solo podían estar
actuando como espías e informadores de las fuerzas invasoras.
Uno de ellos habló señalando el sur, y cuando volvió la cabeza
Davidson le vio la cara.
    Y la reconoció. Los creechis parecían todos iguales, pero este era
diferente. No hacía un año que Davidson le había marcado toda la cara.
Era el loco furioso que le había atacado en Central, el homicida, el
niñito mimado de Lyubov. ¿Qué diantres estaba haciendo aquí?
La mente de Davidson funcionó rápidamente, cambió de onda. Se
incorporó repentinamente, alto, tranquilo, fusil en mano.
    —¡Quietos, creechis! ¡Alto ahí! ¡Ni un paso más! ¡No os mováis!
    La voz de Davidson restalló como un latigazo. Las cuatro criaturas
verdes quedaron inmóviles. La de la cara estropeada le miró a través de
los escombros negros con unos ojos inmensos, inexpresivos, sin
ninguna luz.
    —Contestad ahora. Este incendio, ¿quién lo provocó?
    No hubo respuesta.
    —Contestad ahora mismo: ¡Rápido-volando! Si no contestáis,
quemo primero a uno, luego a otro, luego a otro, ¿entendido? Este
incendio, ¿quién lo provocó?
    —Nosotros quemamos el campamento, capitán Davidson —dijo el
de Central, con una voz baja y extraña que a Davidson le pareció casi
humana—. Todos los humanos están muertos.
    —¿Vosotros lo quemasteis? ¿Qué quieres decir?
    Por alguna razón no podía recordar el nombre de Caracortada.
    —Había aquí doscientos humanos. Y noventa de mi gente, todos
esclavos. Novecientos de mi pueblo salieron de los bosques. Primero
matamos a los humanos en el sitio del bosque donde cortaban los
árboles; luego matamos a los que quedaban aquí, mientras ardían las
casas. Pensé que también usted habría muerto. Me alegro de verle,
capitán Davidson.
    Era una locura, y por supuesto una mentira. No podían haberlos
matado a todos, a Ok, a Birno, a Van Sten, y a todos los demás,
doscientos hombres alguno tendría que haberse salvado. Los creechis
no tenían armas, solo arcos y flechas. Y de todas maneras, era imposible
que lo hubiesen hecho. Los creechis no peleaban, no mataban, no
hacían la guerra. Eran una especie intermedia no agresiva, siempre
víctimas. No se defendían.
    Nunca masacrarían a doscientos hombres de un solo golpe. Era una
locura. El silencio, el vago y nauseabundo olor a quemado en la larga y
cálida luz del anochecer, el verde pálido de las caras y esos ojos que le
miraban sin pestañear, todo era nada, un sueño absurdo, una pesadilla.
    —¿Quién hizo esto por vosotros?
    —Novecientos de mi gente —dijo Caracortada con esa maldita voz
que casi parecía humana.
    —No, eso no. ¿Quién más? ¿Quién dio las órdenes? ¿Quién dijo
que lo hicierais?
    —Mi mujer.
    Hasta ese momento Davidson no había notado la tensión contenida
pero clara en la actitud de la criatura; sin embargo, cuando se le fue
encima, el salto fue tan solapado y felino que Davidson, tomado por
sorpresa, erró el tiro: le quemó el brazo o el hombro, no pudo meterle
la bala entre los ojos tal como había pensado. Y ahora le tenía encima, y
le atacaba con tanta furia que herido y todo, y a pesar de ser la mitad de
grande y tener la mitad de peso de Davidson, consiguió hacerle perder
el equilibrio y derribarle. Davidson había confiado en su fusil y no
había previsto el ataque. Aquellos brazos eran delgados pero fuertes, y
la pelambrera era áspera al tacto. Mientras Davidson luchaba con uñas y
dientes para liberarse, la criatura cantaba.
    Ahora Davidson estaba tirado en el suelo boca arriba, inmovilizado,
desarmado. Cuatro caras verdosas le miraban sin parpadear.
    Caracortada seguía tarareando algo apenas audible, pero muy parecido
a una melodía. Los otros tres escuchaban, sonriendo y mostrando los
dientes. Davidson nunca había visto sonreír a un creechi. Nunca había
mirado desde abajo la cara de un creechi. Siempre desde arriba. Desde
su altura. Trató de no forcejear, pues por el momento toda resistencia
era inútil. Aunque pequeños, le superaban en número, y ahora
Caracortada tenía el fusil. Había que esperar. Pero sentía un malestar,
una náusea que le crispaba y le sacudía el cuerpo de arriba abajo. Las
manos diminutas le sujetaban contra el suelo sin esfuerzo, las caras
verdes se movían y sonreían encima de él.
    Caracortada terminó de cantar. Se arrodilló sobre el pecho de
Davidson, un cuchillo en una mano, el fusil de Davidson en la otra.
    —Usted no sabe cantar, capitán Davidson ¿verdad que no? Muy
bien, entonces, puede correr hasta el helicóptero, y huir, y avisar al
coronel en Central que este sitio ha sido incendiado y que los humanos
han muerto.
    Sangre, de un rojo tan impresionante como el de la sangre humana,
empapaba la pelambrera del brazo derecho del creechi. La zarpa verde
blandía el cuchillo. La cara afilada, entrecruzada de cicatrices le miraba
desde muy cerca, y Davidson veía ahora la luz extraña que ardía en lo
profundo de aquellos ojos negros como el carbón. La voz era siempre
suave y tranquila.
    Le soltaron.
    Davidson se puso de pie con cautela, todavía atontado por el golpe
que había recibido al caer. Ahora los creechis se habían apartado,
conscientes de que los brazos de Davidson eran dos veces más largos
que los suyos; pero Caracortada no era el único que estaba armado;
había otro fusil apuntándole a las tripas. Y era Ben el que lo empuñaba.
Ben, su propio creechi, el bastardo de mierda, gris y sarnoso, con la cara
de estúpido de siempre, pero empuñando un fusil.
    No es fácil volverle la espalda a dos fusiles que le están apuntando a
uno, pero Davidson echó a andar hacia el campo.
    Detrás de él alguien dijo en voz alta y chillona una palabra creechi.
Otra voz dijo:
    —¡Rápido-volando!
    Y hubo un rumor extraño, como un gorjeo de pájaros que quizá era
la risa de los creechis. Sonó un disparo y la bala pasó zumbando por el
camino, a un paso de Davidson. Cristo, eso no era justo, ellos tenían los
fusiles. Echó a correr. Corriendo podía ganarle a cualquier creechi. Y
ellos no sabían disparar un fusil.
    —Corra —dijo a sus espaldas la voz tranquila y lejana.
    Ese era Caracortada. Selver, así se llamaba. Sam, le decían, hasta que
Lyubov impidió a Davidson que se vengara del nativo, y le convirtió en
un niño mimado; después de eso todo el mundo le llamaba Selver.
Cristo, qué era todo aquello, una pesadilla. Corrió.
    Sentía el golpeteo de la sangre en los oídos. Corrió, corrió en el
atardecer humeante y dorado. Había un cuerpo junto al camino;
Davidson no le había visto al venir, no estaba quemado, parecía un gran
globo blanco que acaba de desinflarse, y los ojos saltones y azules
estaban abiertos y le miraban fijamente. A él, a Davidson, no se
atreverían a matarle. No habían vuelto a disparar. Era imposible. No
podían matarle. Allí estaba el helicóptero, brillante y seguro. Se
precipitó sobre el asiento y levantó el vuelo antes que los creechis
intentaran algo nuevo. Las manos le temblaban, no demasiado; nervios,
nada más. No podían matarle. Rodeó la colina y luego volvió, veloz y a
poca altura, tratando de ver a los cuatro creechis. Pero nada se movía
entre los montones de escombros del campamento.
    Esa mañana había existido un campamento en aquel lugar.
Doscientos hombres. Y había cuatro creechis allí, pocos minutos antes.
Él no había soñado todo eso. No podían haber desaparecido así como
así. Tenían que estar allí, escondidos. Movió la llave que ponía al
descubierto la ametralladora en la nariz del helicóptero, y barrió el
suelo quemado, ametralló el verde follaje del bosque, bombardeó los
huesos calcinados y los cuerpos fríos de los hombres, los restos de las
máquinas y las cepas blanquecinas y putrefactas, una y otra vez hasta
que se le acabaron las municiones. Los espasmos de la ametralladora
cesaron bruscamente.
    Ahora tenía las manos firmes, el cuerpo aplacado, y sabía que no era
la víctima de un mal sueño. Enfiló el aparato hacia el estrecho, para ir a
dar la noticia en Centralville.
    Mientras volaba sintió que los músculos del rostro se le distendían,
que recuperaba la calma habitual. No podían culparle del desastre,
porque ni siquiera había estado allí. Tal vez advirtieron que los creechis
habían esperado a que él no estuviera para dar el golpe, sabiendo que si
él hubiera podido organizar la defensa habrían fracasado. Y algo bueno
iba a resultar de todo esto. Harían lo que hubieran tenido que hacer
desde el principio, limpiar el planeta de una vez por todas para que lo
ocuparan los humanos. Ni el mismo Lyubov podía impedirles ya que
terminasen con los creechis, cuando supieran que quien había
encabezado la masacre era el niño mimado de Lyubov. Ahora, por un
tiempo, había que concentrarse en la tarea de exterminar las ratas; y
podía ser, podía ser que le confiasen a él ese pequeño trabajo. En este
momento hubiera podido sonreír. Pero se contuvo.
    Allá abajo el mar era gris a la luz débil, y ante él se extendían las
colinas de la isla, los bosques enmarañados de muchos arroyos, de
muchas hojas, envueltos en la penumbra del atardecer.



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